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» Clarin
Fecha: 12/02/2026 06:44
Cuando el presidente Milei sentenció en su último discurso en Davos que Maquiavelo ha muerto produjo una frase de impacto pero, para los estudiosos de la filosofía política y los analistas de la actualidad, no se trata más que eso. Desde que Nicolás Maquiavelo publicó El Príncipe hace más de cinco siglos (1513) se lo interpreta y debate como el verdadero creador de la filosofía y la teoría política, un concepto que no cambiará por una clase o un discurso. Maquiavelo, en aquella época, había sido despedido del gobierno de Florencia cuando los Médici recuperaron el poder con el apoyo de un nuevo Papa. Después de pasar la cárcel y las torturas por sospechas de conspirador, y de salvarse por poco de la pena de muerte, Maquiavelo quedó recluido en una finca de SantAndrea in Percussin. Desde allí le anunció a su amigo Franceso Vettori que había escrito un opúsculo. Lo llamó De principatibus (De los principados) y reflexionaba sobre qué es principado, de qué especie son, como se adquieren, como se conservan, porqué se pierden. Maquiavelo pasaría sus años siguientes esperando recuperar la influencia de sus tiempos de consejero y funcionario, pero no sucedió así. Me gustaría enseñarles el camino al infierno para que se mantengan apartados de él, le contó a un amigo en 1526. Murió al año siguiente. Y después sus obras figuraron en el Indice de libros prohibidos, con poderosa influencia de la Iglesia. Pero aquel infierno que mencionaba Maquiavelo se refería a cuestiones terrenales y mundanas, las que surgen de las malas decisiones políticas y las instituciones corruptas: veía que Florencia y otras ciudades-estado iban a perder los últimos atisbos de soberanía y libertades civiles, situación que se extendería por varios siglos. Las cuestiones centrales del libro giran todas en torno al poder. Es un manual de las técnicas de poder, y de cómo la acción política debe evaluarse en función de su capacidad para obtenerlo y mantenerlo, no de su ajuste a las cuestiones morales. Lo que importa es el éxito a la hora de buscar este objetivo, y aquel condiciona la naturaleza de los medios que sean necesarios para alcanzarlo. Nunca pronunció la difundida frase de El fin justifica los medios. Pero sostuvo que Un príncipe que quiera mantenerse como tal debe aprender a no ser necesariamente bueno, y usar esto o no según lo precise. Consideraba que vicio y virtud son categorías de la moral, no de la política. El tirano Hay varios pasajes cautivantes en la biografía de Leonardo Da Vinci que escribió Walter Isaacson. En uno de ellos, describe la relación del genio con su mecenas en Florencia, el sanguinario Cesar Borgia, y con Maquiavelo quien aconsejó su contratación para el gobierno florentino. Otro libro alusivo (El artista, el filósofo y el guerrero, de Paul Strathern) lo confirma, además de describir las relaciones entre estos tres personajes decisivos de su tiempo y de la posteridad. Pero sería Cesar Borgia, el hijo del Papa Alejandro VI (un valenciano llamado Rodrigo Borgia), el que iba a inspirar El Príncipe. Isaacson lo retrata así: Ludovico Sforza, el mecenas de Leonardo en Milán, se había ganado fama de cruel por actos que se suponía había cometido, como envenenar a su sobrino para apoderarse del título de duque. Sin embargo, Ludovico era un angelito en comparación con César Borgia, el nuevo mecenas de Leonardo. En todo lo que se considerara odioso, Borgia pasaba por ser el rey: asesinato, traición, incesto, libertinaje, violencia gratuita, traición y corrupción. Combinaba las ansias de poder de un tirano brutal con la sed de sangre de un psicópata () Lo único que lo redimió en parte ante la historia, y desde luego sin merecerlo fue que Maquiavelo lo presentara como un modelo de astucia en El príncipe y que apoyara su crueldad como una herramienta para ejercer el poder. Maquiavelo, como secretario de la Cancillería de Florencia, fue encomendado por sus jefes para que negociara en 1502 con Borgia, quien quería apoderarse de la ciudad como parte de su expansión por Italia. Así se conocieron, según Isaacson: Tan pronto como salió de Florencia, Maquiavelo recibió la noticia de que Borgia se encontraba en Urbino. Borgia había conquistado Urbino mediante engaños, haciéndose pasar por aliado con el fin de atacarla después por sorpresa. Llega a un lugar antes de que nadie sepa que se ah ido del otro informó Maquiavelo en un despacho y es capaz de instalarse en la casa de otro antes de que nadie se dé cuenta. En cuanto se presentaron en Urbino, Soderieni y Maquiavelo fueron conducidos al palacio ducal. Borgia sabía hacer ostentación de poder. Se hallaba sentado en una habitación oscura, con su rostro barbudo resaltado por la luz de una solitaria vela. Insistió en que Florencia le mostrara respeto y apoyo. Una vez más, parece que se alcanzó un vago compromiso y Borgia no atacó. Al cabo de unos días, quizá como parte del acuerdo con Florencia que Maquiavelo había ayudado a negociar, Borgia, consiguió los servicios del artista e ingeniero más famoso de la ciudad: Leonardo da Vinci Y fue en los años posteriores hasta el día en que Borgia cayó en desgracia, volvieron los Médici y Maquiavelo fue despedido- en los que Leonardo produjo algunas de sus obras más importantes, tanto en el arte como en la ingeniería. A Leonardo, por ejemplo, le encargaron el diseño de la fortaleza de Imola: Durante tres meses del invierno de 1502-1503, al igual que en una película histórica de ficción, tres de los personajes más fascinantes del Renacimiento el brutal hijo de un Papa, ávido de poder, un astuto y amoral escritor y diplomático y un deslumbrante pintor que anhelaba ser ingeniero e encuentran en una pequeña ciudad fortificada y amurallada de cinco manzanas de ancho por ocho de largo. Mientras se hallaba en Imola con Maquiavelo y con César Borgia, Leonardo realizó lo que acaso constituye su mayor contribución al arte de la guerra. Se trata de un plano de Imola: una obra hermosa de estilo innovador y con finalidad militar, que combina con su inimitable estilo, arte y ciencia. Otros libros también nos ofrecen versiones noveladas de aquellos personajes. Entre los más recientes se encuentra Un verano con Maquiavelo, de Patrick Boucheron. Mucho antes, Somerset Maugham narra otro encuentro de Maquiavelo y Borgia en Hoy como ayer. Allí presenta algunos diálogos imaginarios y los consejos del príncipe: Siempre hay que tomar partido porque la neutralidad entraña muchos más riesgos que la guerra. Si pierden los tuyos, ganarás valor a ojos de tu aliado: la dificultad forja lazos indestructibles, y el día en que la rueda de la fortuna gire, tú estarás en el lado del vencedor. Por eso la neutralidad es siempre una locura. El hombre del Renacimiento Más allá de las lecturas, y relecturas, que desde entonces hicieron de Maquiavelo el referente obligado en su ciencia, también se lo considera un pensador decisivo del Renacimiento. Paul Johnson, uno de los eruditos sobre aquella época, explica que Maquiavelo no se mostró tan interesado en los ideales como aparentemente estaba Baldassare Castiglione otro de los grandes pensadores- sino por lo que sucedía realmente en un mundo brutal y despiadado. Decía a sus lectores: esto no es lo que los gobernantes deben hacer, pero es lo que hacen según he podido comprobar por propia experiencia, o lo que intentan hacer para burlar a sus enemigos internos y externos. Para el historiador, El Príncipe no es un libro diabólico diseñado para desanimar a los virtuosos y corromper a los ambiciosos, tal como sostuvieron sus adversarios de entonces y de ahora. Constituye un auténtico tratado de realpolitik, con cierta dosis de sabiduría resignada, y a la vez, es un libro patriótico, escrito desde el punto de vista un florentino orgulloso de serlo, que había visto cómo los ejércitos invasores habían acabado con los ideales republicanos y con las libertades de su ciudad, y que reconocía amargamente que si las grandes ciudades de Italia querían sobrevivir como estados independientes, tenían que ser gobernadas por hombres astutos y carentes de ilusiones, que hubieran aprendido la lección de la historia reciente. Castiglione tranquilizaba y Maquiavelo conmocionaba, pero ambos supieron dar una información muy valiosa. Y ningún otro tratado contribuyó tanto como los suyos a difundir por toda Europa los conocimientos de una Italia a la que tanto esfuerzo le había costado adquirirlos. Sobre la firma Newsletter Clarín Newsletter Clarín
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