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Fecha: 12/02/2026 06:01
Hombres y mujeres que escuchaban voces. Primero fueron ruidos. Esos sonidos difusos fueron convirtiéndose en palabras. Voces extrañas pero desapasionadas les hablaban. Hueco, vacío, golpe. Decían esas palabras con claridad. Las voces no dejaban de retumbar en sus cabezas. Alucinaciones auditivas. Fueron a un hospital psiquiátrico a atenderse. Los dejaron internados para tratarlos. Eran un ama de casa, un pintor, un estudiante, un pediatra, un psiquiatra y tres psicólogos. Los 8 fueron diagnosticados con una enfermedad mental -la mayoría: esquizofrenia- en diferentes hospitales de Estados Unidos entre 1969 y 1972. Leé también: Lavarse los pies con vinagre y sal: por qué lo recomiendan y cuándo conviene hacerlo Ninguno estaba loco. Habían inventado los síntomas. Eran parte de un proyecto que había sido diseñado por el psicólogo David Rosenhan, uno de los que dijo oír las voces. Cambiaron sus nombres y sus oficios, pero no mintieron con el resto de sus historias personales. Rosenhan quería probar una vieja idea que le rondaba hacía mucho tiempo. En los hospitales psiquiátricos se trabajaba con cierta desidia, no se escuchaba al paciente y era muy difícil revertir el diagnóstico inicial. La psiquiatría (y los agentes sanitarios que trabajaban en ella) había quedado anquilosada. La premisa de la operación era sencilla: internar gente sana en instituciones psiquiátricas, registrar ese paso y ver qué sucedía en cada caso. Esa intrusión como si se tratara de un grupo de agentes secretos infiltrados fue un revulsivo para la atención de la salud mental. En 1973, Rosenhan publicó el resultado de su experimento en la revista Science. El artículo fue muy comentado y también denostado. Pero tuvo un efecto arrollador sobre la disciplina; provocó un cambio enorme en la atención psiquiátrica. El artículo se tituló Sobre estar cuerdo en sitios de locos. El que vea una foto de David Rosenhan puede pensar que se trata de una especie de caricatura del psicólogo de los 70. Es como si hubiera sido creado por la IA como el arquetipo de la imagen del psicólogo, con cada uno de los lugares comunes que podemos suponer. Gesto serio, mirada profunda, anteojos, calva prominente, con pelos salvajes y revueltos a los costados, una pipa apretada contra el borde los labios, la mano fuera foco bien adelante bordeando la cazoleta de la pipa. Pero este psicólogo no se parecía a los demás, llegó para romper con lo establecido, para cambiar el sistema a través de un experimento en el que puso el cuerpo. Se hizo pasar por loco para que se comprendiera que al sistema le estaba faltando cordura. Lo que observó Rosenhan fue que dentro de la clínica psiquiátrica cualquier comportamiento, cualquier actitud, se vuelve sospechosa, se convierte automáticamente en una manifestación de la enfermedad a pesar de que ese mismo gesto en la casa, en la oficina o en un transporte público serían considerados normales, no llamarían la atención de nadie. El contexto es clave y, en esos tiempos, lo que se hiciera en un hospital psiquiátrico era una manifestación de locura, sin que admitiera prueba en contrario. El rótulo de loco cubría cada acción. Era bajo el único prisma que se podía mirar a los pacientes sin importar sus avances o retrocesos. Ningún movimiento era neutral o inocuo. Leé también: A 40 años de la explosión del Challenger: 7 tripulantes, 73 segundos y la peor tragedia del programa espacial A estos cuerdos camuflados de locos les recetaron, entre todos, más de mil pastillas. Todas innecesarias. Luego del ingreso, cada uno siguió las normas del lugar, obedeció lo que indicaban los médicos y enfermeros, habló con ellos y con los otros internos con total normalidad. Se cuidaron de tener actitudes ambiguas o que pudieran ser interpretadas como posibles brotes o síntomas de algún desarreglo mental. Tomaban nota de lo que hacían y de lo que escuchaban y observaban. Todos los participantes del experimento anotaban sus observaciones y experiencias en un diario. Al no tener mucho que hacer y al ser conscientes que estaban participando de un proyecto eran meticulosos y dedicados en sus registros. Para los especialistas que los atendían, sin saber qué decían esas páginas manuscritas, esa era otra muestra de la enfermedad psiquiátrica. Escribir todo el día demostraba que estaban locos. La grafomanía como expresión psiquiátrica. El paciente muestra una conducta compulsiva hacia la escritura, anotó una profesional en su historia clínica. Otro de los inconvenientes que percibieron fue la poca atención que se les prestaba a los internos. Rosenhan consignó en su diario que el día que ingresó a la institución fue sentado en un rincón del salón principal y que un enfermero le preguntó si estaba bien y le avisó que en un rato le traían la cena. Pasó una hora y media hasta que llegó otro enfermero con la cena y recién cuatro horas después, casi a las once de la noche, lo llevaron hasta su habitación. El promedio de tiempo que alguien de la clínica estuvo con él en su larga internación fue de seis minutos diarios. Las condiciones de internación, descubrieron, distaban mucho de lo ideal. En muchas de esas instituciones la infraestructura era deficiente y estaba muy deteriorada. La atención personal también era muy mala, muy alejada de lo que debía ser el trato médico-paciente. El personal sanitario evitaba el contacto visual, no estaba pendiente del paciente, tardaba en satisfacer sus requerimientos y necesidades, había pocos enfermeros para muchos pacientes y menos médicos aún. No les respondían preguntas e inquietudes básicas, casi nunca eran escuchados. El tratamiento se imponía y nunca se explicaba. La privacidad era nula y sus derechos estaban borrados más allá de lo razonable en estas situaciones. Era como si los pacientes tuvieran otro status y no pudieran ser tratados como personas. El experimento mostró como nunca antes el trato deshumanizador que padecían los pacientes psiquiátricos. Por primera vez instaló un tema que se naturalizaba y del que no se hablaba. La otra gran cuestión era la de la negligencia y la del alejamiento de los estándares médicos: la distancia enorme que había en el día a día de esos hospitales de salud mental con el juramento hipocrático. Rosenhan calificó como degradante el trato recibido por él y los otros miembros del experimento. Hubo algunos que sí notaron la normalidad de estos pacientes apócrifos: los otros pacientes, los compañeros de internación. Fueron muchos -más de treinta según los registros- los que sospecharon. Algunos les dijeron: Vos estás sano, no tenés nada. No sé por qué estás acá. Al más joven de los participantes del experimento, un estudiante de 19 años, lograron ponerlo nervioso cuando un interno le dijo: Vos debés ser periodista o algo así. Por eso estás acá. O tal vez no estás usando para estudiar algo. Mientras tanto los médicos no sospecharon nada. El que menos estuvo internado pasó 8 días en la clínica; Rosenhan, casi como un castigo divino, fue el que más permaneció: 52 días; varias veces insistió con los médicos que ya se sentía bien, que las voces habían abandonado su cabeza pero el alta se seguía demorando. El promedio de estadía de los miembros del experimento Rosenhan fue de 19 días. Leé también: Lo que Donald Trump no dice sobre Groenlandia: historia, riquezas y el sueño de construir una Cúpula Dorada A ninguno, al darles el alta, lo consideraron curado. Reconocieron que habían experimentado una mejoría pero la esquizofrenia permanecía, al menos en estado latente. Tras la publicación del artículo con los resultados, la reacción de la comunidad médica fue furibunda. Se acusó a Rosenhan de manipulador, de fraude, de que había llegado a las conclusiones a través de ardides, de engañar a profesionales médicos y se sostuvo -no sin razón- que los errores de metodología eran demasiado evidentes. Lo increíble fue que el experimento y las conclusiones de Rosenhan tuvieron un tremendo impacto social, la repercusión fue gigantesca. La gente común se convenció de que los psiquiatras no podían distinguir entre un cuerdo y alguien con problemas severos de salud mental. La desconfianza en la disciplina se extendió. Y la comunidad de psiquiatras replanteó buena parte de sus protocolos. Pasados esos primeros momentos de negación, el experimento provocó un efecto revolucionario. Muchos hospitales cerraron, se reforzó el aspecto humano de la atención psiquiátrica, se revisó la manera de diagnosticar pacientes y se reforzaron los cuidados para preservar los derechos de los pacientes. Unos años después la sistematización de los diagnósticos dio como fruto el DSM-III (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales), una versión más rigurosa con criterios más objetivos y detallados. A los dos años hubo otro cimbronazo. Se estrenó en los cines Atrapado Sin Salida, la película de mIlos Forman protagonizada por Jack Nicholson y basada en el libro Alguien Voló Sobre el Nido del Cuco de Ken Kesey. Tiempo después, un hospital psiquiátrico prestigioso desafío públicamente a Rosenhan a repetir el intento, de que tratara de infiltrar nuevamente gente de su equipo. Rosenhan aceptó el desafío. A los pocos meses el hospital anunció que había descubierto en el proceso de admisión a 41 pacientes falsos y los había rechazado, en el mismo lapso había ingresado a otras 193 personas. La respuesta de Rosenhan provocó estupor. Él no había enviado a ningún falso paciente a ese hospital ni a ningún otro luego de publicar su informe. La comunidad psiquiátrica seguía sin entender el verdadero problema. Había apuntado contra las deficiencias metodológicas y hacia la vocación de protagonista de Rosenhan pero no habían aceptado lo principal, lo que el estudio mostraba de forma evidente: el sistema tenía falencias científicas, éticas y humanas de extrema gravedad. Y debía cambiar. La degradación del paciente, la deshumanización en el trato y la atención en piloto automático debían modificarse con urgencia. Rosenhan se convirtió en una celebridad. Iba a programas de televisión, lo entrevistaban las revistas dominicales de los diarios, su cara se veía en las portadas en los kioscos de todo Estados Unidos. Una editorial le pagó un anticipo para que escribiera un libro narrando su experiencia, extendiendo lo que había escrito para Science. Fueron varios cientos de miles de dólares. Sin embargo, Rosenhan nunca escribió el libro. Un par de años atrás, Susanna Callahan, una joven periodista, se interesó en el Experimento e inició una profunda investigación. No fue mero interés profesional. Era una experiencia que la atravesaba. Unos años antes la habían internado en un psiquiátrico con el diagnóstico de esquizofrenia. Pero luego se descubrió que Callahan padecía una extraña enfermedad autoinmune que hacía que tuviera síntomas que se confundieran con aquella dolencia psiquiátrica. Al salir del hospital alguien le comentó sobre el Experimento Rosenhan y ella decidió investigar más a fondo. El resultado de su pesquisa la sorprendió. Al principio quedó deslumbrada por el artículo original y por Rosenhan; alguien muy seguro de sí mismo, encantador en cada entrevista, locuaz y con un discurso muy sólido y convincente. Ella se sentía representada con la manera en que el psicólogo describía a los pacientes psiquiátricos. Ella había sentido ese mismo destrato. Leé también: Buscaba un medicamento para el corazón y creó el LSD: el error de un científico que cambió a una generación El primer ruido en su investigación fue cuando pudo acceder a los apuntes y capítulos inconclusos de su libro inédito. Había inconsistencias, contradicciones, definiciones difíciles de sostener. Le fue casi imposible contactarse con los participantes del experimento. Nadie quiso hablar. Lo que apareció en los papeles fue que hubo un noveno participante que no figura en el informe final. Callahan se entrevistó con él y el recuerdo que tenía de su experiencia era muy diferente. Para él la internación había sido una experiencia reparadora, lo sacó de una depresión profunda que había tenido y lo estabilizó. Suponía que había quedado fuera del artículo porque sus conclusiones colisionaban con el mensaje que Rosenhan quería dar. Otra cosa que descubrió la periodista -que publicó un libro al respecto The Great pretender (El Gran Simulador)- fue que Rosenhan al internarse describió otros síntomas como que su cabeza captaba las estaciones de radio sin necesidad de un aparato, que podía escuchar lo que pensaba la gente y que había tenido impulsos suicidas. Esta nueva información hace que la conducta del médico tratante y los recaudos que tomó no parezcan equivocados. Con su experimento ingenioso aunque débil de protocolos, Rosenhan logró un cambio revolucionario en la atención psiquiátrica.
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