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  • Lo que queda cuando se pierde un trabajo - Dos Florines

    Parana » 2 Florines

    Fecha: 10/02/2026 14:56

    Lo que queda cuando se pierde un trabajo 10/02/2026 Por Mariángeles Miconi Kapp. Abogada egresada de la Universidad Católica de Santiago del Estero Sede Rafaela, Santa Fe (UCSE) Cada cierto tiempo vuelven a instalarse debates sobre la industria, la apertura económica y los llamados costos laborales. Son discusiones que suelen darse en abstracto, como si se tratara apenas de números o variables técnicas. Pero para muchas familias entre ellas la mía esas decisiones tienen un impacto que atraviesa generaciones. Tenía seis o siete años cuando mi papá trabajaba en Paranatex, una empresa textil de Paraná. Una mañana cualquiera, al llegar a su trabajo, encontró las puertas cerradas. Sin aviso previo, ciento trabajadores quedaron afuera, bajo la lluvia, esperando explicaciones que nunca llegaron. Mi mamá se enteró en la verdulería, escuchando la radio, y llegó a casa llorando sin poder ocultar la angustia. Mis padres hicieron lo imposible para protegernos del peso de esa situación, pero hay cosas que un niño percibe aunque nadie las diga. Yo veía la preocupación reflejada en los gestos de mi papá, la incertidumbre que él intentaba disimular con una sonrisa cansada. Durante años encadenó trabajos precarios (los llamados contratos basura), no por falta de capacidad siempre fue responsable, dedicado y reconocido por su labor sino porque el mercado laboral de entonces ofrecía poco más que incertidumbre. Trabajó, en concesionarios, en una papelera, vendiendo celulares cuando nadie apreciaba su utilidad Recuerdo especialmente su voz durante las comidas, contando que un encargado lo había felicitado, que estaban conformes con su desempeño y en esas palabras yo escuchaba su esperanza, pero también su temor a que, una vez más, su contrato de seis meses no fuera renovado. Entre contratación y contratación, mientras esperaba algo estable, trabajaba con mi abuelo de albañil. Nos levantábamos a las seis de la mañana, viajábamos en un Fiat 600 hasta la casa de mi abuela, y desde allí comenzaba su jornada hasta el atardecer. Mi mamá y mi abuela sostuvieron la vida cotidiana de mi hermana y mía, haciendo la crisis invisible para que no la sintiéramos de cerca. Pero algunas sensaciones igual se fijan para siempre. Con el tiempo, mi papá consiguió un empleo estable: trabajó allí veinte años y recibió premios por su gestión. Pero lo vivido antes dejó huella, y también marcó mi propia historia. Aprendí desde muy chica lo que genera la pérdida repentina de un trabajo: la angustia, la incertidumbre, la necesidad de reinventarse para sostener una familia. Quizás por eso, cuando escucho análisis públicos en los que se habla de competitividad o flexibilización sin considerar el impacto humano, me resuena esa niña que fui: la que veía en silencio la preocupación en el rostro de su papá. Porque detrás de cada puesto de trabajo hay rostros, nombres, historias y responsabilidades. No se trata sólo de cifras: se trata de vidas. Las decisiones económicas pueden ser necesarias, pero no deberían olvidar jamás que el trabajo es la base emocional, social y material de un hogar. Y cuando se pierde, lo que queda no son estadísticas: son marcas que acompañan para siempre.

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