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  • El renacer del antisemitismo

    » Clarin

    Fecha: 10/02/2026 06:30

    El antisemitismo no desaparece: se transforma. Cambia de lenguaje, de soportes y de legitimaciones, pero conserva su núcleo: la construcción del judío como enemigo simbólico, como explicación de los miedos sociales. Hoy no siempre grita odio: muchas veces se presenta como revelación, denuncia o verdad oculta. La Argentina conoce bien ese recorrido. En 1919, durante la Semana Trágica, la violencia social derivó también en ataques contra comunidades judías. Décadas más tarde, sectores del nacionalismo autoritario y organizaciones como Tacuara tradujeron ese prejuicio en identidad política, intimidación y violencia. Los atentados contra la Embajada de Israel y la AMIA marcaron el punto más trágico de esa historia reciente. Pero el antisemitismo actual opera de otro modo. Ya no se organiza solo en grupos: circula en redes, en memes, en cadenas de WhatsApp, en discursos que se vuelven opinión. Viejos mitos reaparecen con formato nuevo: los Sabios de Sion como matriz del complot global, el fantasma de los israelíes en la Patagonia, la idea de un poder oculto que controla finanzas, medios y gobiernos. Nada de eso es nuevo; lo nuevo es su velocidad de difusión y su normalización. También se produce un desplazamiento peligroso: el pasaje de la crítica política al anti israelismo radical, y de allí al antisemitismo. Condenar las crueles matanzas de Hamas del 7 de octubre de 2023 y, al mismo tiempo, condenar la destrucción masiva de la Franja de Gaza que siguió no es una contradicción moral. Criticar políticas de un Estado es legítimo; convertir a los judíos en responsables colectivos, negar el derecho a Israel a existir o justificar la violencia contra civiles en nombre de una causa es otra cosa. Esa frontera se cruza cada vez con más facilidad. El nuevo antisemitismo se alimenta de una convergencia inédita: conspiracionismo digital, radicalismos ideológicos y residuos neonazis. Pero también se filtra en el discurso público legítimo, incluso en ámbitos mediáticos, cuando aparecen expresiones que generalizan, estigmatizan y construyen sospecha colectiva bajo la forma de opinión o comentario político. Lo más grave no es solo el crecimiento de los ataques o las denuncias, sino el clima cultural. Cuando el prejuicio se vuelve sentido común, deja de percibirse como violencia y pasa a presentarse como opinión. Combatir el antisemitismo no es una causa sectorial ni comunitaria. Es una defensa básica de la democracia. Porque cada vez que una sociedad acepta que un grupo puede ser señalado como culpable colectivo, se debilita el pacto cívico que protege a todos. Y cuando el odio se vuelve normal, ya no necesita fanáticos: le alcanza con indiferencia. Sobre la firma Newsletter Clarín

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