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» Clarin
Fecha: 10/02/2026 06:30
¿Por qué Powell y Carney se han vuelto protagonistas inesperados de este tiempo? Algo curioso viene ocurriendo en la política internacional de estos días. Mientras muchas figuras tradicionales se reacomodan, dudan o recalculan ante los atropellos de Trump, los límites más nítidos no provienen del corazón de la política, sino de un territorio más sobrio, casi ajeno al heroísmo. Jerome Powell, al frente de la Reserva Federal, y Mark Carney, hoy primer ministro de Canadá tras una larga formación como banquero central, han encarnado una forma de resistencia que ha logrado algo infrecuente: poner freno sin amplificar el ruido. Vale la pena preguntarse qué hay en estas figuras discretas incluso grises, para el ojo apurado que les permite actuar con firmeza en medio del desorden. Algo en su modo de ejercer la autoridad, en su vínculo con la visibilidad y con el tiempo, nos invita a volver la mirada hacia la trama institucional que los formó. Para comprenderlo, conviene abandonar, aunque sea por un momento, la imagen más habitual del poder que domina estos días. Esa que lo vincula con la exposición constante, la decisión inmediata, y que termina confundiendo autoridad con persona. No toda autoridad se afirma mostrándose. Algunas, incluso, se sostienen en lo contrario: en la aceptación deliberada del límite. El banquero central es una criatura singular dentro de esa fauna. Su autoridad nace de una lógica inversa, más exigente y menos visible: la de custodiar un orden que no le pertenece. Administra reglas que no inventó y que solo funcionan mientras nadie sienta la tentación de apropiárselas. Su fuerza no proviene de la adhesión que despierta, sino de la confianza que emana de un sistema que no depende de él. Ejerce su autoridad manteniéndose, precisamente, apartado de la voluntad inmediata. Esa distancia es la condición misma de su legitimidad. En este oficio, el de banquero central, la visibilidad excesiva rara vez es una buena señal. Cuando la institución ocupa el centro de la escena, o sus autoridades se convierten en protagonistas del debate público, suele estar ocurriendo una anomalía. El ideal silencioso de esta práctica consiste, justamente, en que nada ocurra. Que los mercados no entren en pánico, que las monedas no salten, que las expectativas no se fracturen. El éxito adopta la forma de una normalidad tan estable que apenas se advierte como logro. Solo se vuelve visible cuando se rompe. Su autoridad se apoya en una comprensión muy precisa del daño que produce la concentración. En el momento en que todas las decisiones convergen en una sola figura, el poder no se vuelve más eficaz, sino más frágil. La independencia está lejos de ser un capricho tecnocrático, es una condición de posibilidad del orden democrático. Tocqueville lo advirtió temprano: las sociedades igualitarias tienden a depositar en un centro único no solo las decisiones, sino también las expectativas, debilitando sin querer los contrapesos que las sostienen. La división de funciones aparece así como una forma de evitar que el poder se desborde sobre sí mismo. La conciencia del banquero central se afina, además, en su relación con el tiempo. No es el tiempo de la coyuntura ni de la ovación inmediata. Es un tiempo largo, lleno de rezagos y efectos diferidos, donde las decisiones maduran cuando quienes las tomaron ya no están. Se trabaja con pocas certezas, y se aprende a navegar la incertidumbre. También a tolerar la incomodidad de saber que las respuestas no serán instantáneas. Las democracias impacientes por naturaleza, y últimamente más aún viven esa distancia con irritación. Pero es en ese desfase donde se juega buena parte de la estabilidad que tanto valoramos. En el centro de todo aparece una ética de la responsabilidad cuidadosamente elaborada. Los bancos centrales operan sobre expectativas: ese entramado institucional invisible, como suele decir un gran político uruguayo. Expectativas que no se gobiernan por decreto ni por voluntad, sino con consistencia. Cada palabra cuenta. Cada gesto pesa. Cada ambigüedad puede amplificarse. En este mundo, prometer de más no es audacia, sino una forma sofisticada de negligencia. De ahí su lenguaje medido, a veces ingrato, siempre atento a una verdad exigente: que la estabilidad no se construye con gestos grandilocuentes, sino con una paciencia que rara vez encuentra recompensa. No actúa para ser recordado, sino para que no haga falta recordarlo. Tal vez por eso, en este presente convulso, estas figuras han adquirido un peso simbólico inesperado. No necesariamente porque aspiren a encarnar una alternativa política, sino porque funcionan como contraste. En una época que confunde autoridad con exhibición y decisión con velocidad, encarnan otra cosa: una forma de poder que se afirma aceptando límites, y una fuerza que se construye sin ocupar el centro. Quizá por eso incomodan. Al mostrar que todavía es posible ejercer poder sin estridencia, dejan flotando una duda más profunda que cualquier consigna: ¿Y si lo que hoy se presenta como poder no fuera más que el reflejo distorsionado de una época impaciente? Sobre la firma Newsletter Clarín
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