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» Clarin
Fecha: 10/02/2026 06:30
Una nación que merezca ese nombre se constituye con tradiciones, leyendas, héroes y próceres. No me consta que el presidente Milei haya sido escrupuloso a la hora de honrar a San Martín, proclamar las virtudes de su sable corvo y evocar el combate en la jornada patria celebrada el sábado 7 en San Lorenzo. Entiendo las exigencias del protocolo, las presencias de las señorías políticas y los despliegues militares, pero sospecho que San Martín, sus granaderos y el propio combate hubieran merecido otro reconocimiento, tal vez más sobrio, tal vez más reconciliado con la verdad histórica, tal vez más amable con el gobernador anfitrión a quien no se lo autorizó ni a decir Buenas tardes y tal vez con funcionarios oficiales que aprendan a disimular su impaciencia por regresar a Buenos Aires. Podemos consentir que fueron los nervios los responsables de que el Presidente se equivocara más o menos en cien años al momento de recordar el aniversario, pero resulta más difícil disculpar que a la hora de las oraciones religiosas no hayan invitado a un imán y a un rabino en homenaje al ecumenismo que tanto alentó Bergoglio. La escena de caballo que aprisiona la pierna de San Martín y la escenificación del instante en que el granadero Cabral salva la vida de su jefe, no la voy a comentar por motivos piadosos. Sí creo necesario recordar que no existe documentación o fuente oral o escrita que registre ese episodio que gracias al cancionero, las marchas militares y las láminas escolares ha adquirido más importancia emocional que el propio combate. Después está el bizarro conventillo que se organizó alrededor del sable corno, según el ingenioso juego de palabras del Presidente. Imposible saber cómo habría interpretado el General este sainete, aunque podemos permitirnos arriesgar que hubiera suspirado con resignación, ratificando su opinión íntima acerca del talento de algunos argentinos para improvisar mamarrachos desde la nada. También es probable que le habría sorprendido que se hiciera tanta alharaca por un sable que compró en Inglaterra y que en la gesta de San Lorenzo no usó. Hubiera manifestado su asombro cuando el Presidente habló de la lucha contra un estado tiránico, cuando los combatientes de aquel lejano 3 de febrero no luchaban contra España, mucho menos contra el rey y dudo de que lo hayan hecho contra Napoleón a quien, dicho sea de paso, San Martín admiraba su genio militar sin perder de vista que la oportuna invasión del corso a España creó las condiciones propicias para el inicio de los procesos emancipatorios en América. A todos nos consta que pertenece al universo de la leyenda o de las licencias poéticas, que el arrojo de Cabral salvó la libertad naciente de medio continente, o que la bandera argentina a San Lorenzo se dirigió triunfal. Sí en cambio parece ser rigurosamente cierto que el capitán realista Juan Antonio Zabala, pocos años después de su tropezón en las barrancas del Paraná se sumó al Ejército de los Andes organizado por su enemigo preferido, el general San Martín. El combate de San Lorenzo no aseguró la independencia de una Argentina que recién intentaba mascullar ese nombre y tampoco fue la proeza de un ejército nacional inexistente en tanto que para el logro de un estado aún faltaban más de sesenta años, pero fortaleció la posición política de San Martín en un Buenos Aires donde no eran pocos los que desconfiaban de sus habilidades militares e incluso se animaban a sumarlo a la condición de espía. La creación del regimiento de granaderos a caballo dio cuenta de su talento militar y la victoria en San Lorenzo ayudó a crear condiciones para que un año y medio después se instale en Mendoza para hacer realidad su estrategia liberadora. El sable que hoy tanto nos preocupa, San Martín lo donó a Juan Manuel de Rosas, como se registra en su testamento escrito en 1843, dos años antes de la Vuelta de Obligado. Lo demás es historia conocida. Cuando Rosas murió en 1877, el sable fue para su hija Manuelita y su esposo, quienes veinte años después y con los restos de San Martín en Buenos Aires desde 1880, lo donaron al Museo Histórico Nacional, donde descansó en paz hasta mediados de los años 60, cuando a ciertos aguerridos jóvenes de la juventud peronista se les ocurrió robarlo en dos ocasiones con la peregrina ilusión de que lo empuñara el general exiliado en Puerta de Hierro. En 1967, otro general, que además era dictador, se le ocurrió retirarlo del museo y trasladarlo a las oficinas del cuerpo de Granaderos, y cuarenta y pico de años después la señora Cristina consideró que el lugar del sable era el Museo Histórico Nacional, hasta este año, en el que abusando de la proverbial paciencia del sable, decidieron mudarlo otra vez. Hay en todas estas peripecias algo de ridículo, lejanas resonancias del gran bonete, detalles esperpénticos que serían inocentes si no estuvieran protagonizadas por las principales autoridades políticas de la nación. En lo que a mí concierne, advierto que no pretendo escandalizar a nadie despojando a ciertas leyendas patrias de su manto sagrado. En todo caso, y a modo de síntesis, prefiero arriesgar con opiniones que oscilan entre el dramatismo y un cierto toque de delirio. Algo así como lo que en su momento escribió Ricardo Piglia como punto de partida a bizarras excursiones teóricas: La historia argentina es el monólogo alucinado, interminable, del sargento Cabral en el momento de su muerte, transcrito por Roberto Arlt. Sobre la firma Newsletter Clarín
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