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  • Se negaba a ser la mujer en la cocina y se convirtió en la mayor referente de las amas de casa argentinas: la vida de Doña Petrona

    Buenos Aires » Infobae

    Fecha: 10/02/2026 01:40

    No todas las revoluciones son estallidos. Ni resultado de minuciosos y elaborados planes. No todas son premeditadas, masticadas hasta que una alfombra acolchada por detalles contemplados y posibles obstáculos con posibles soluciones brindan la seguridad para lanzarse. Hay revoluciones que nacen silenciosas. Que no se anticipan. Se arrebatan bruscamente como una pieza de carne expuesta a un fuego fuerte. Y, simplemente, suceden. Así, la del primer best seller de cocina argentino. Así, la de su autora. Más vendido que el Martín Fierro, más que la exquisita obra de Borges, en la historia literaria nacional en segundo lugar solo detrás de La Biblia lo más buscado, lo más comprado, fueron las suculentas peras a la emperatriz, la tradicional yema quemada, la tierna tarta de manzanas de Doña Petrona, que perfumaría comedores por décadas con ese tibio olor a hogar. El que señoreaba en mi casa era un volumen ancho todos lo son, cubierto por un papel florido, de colores, que protegía las tapas originales ya gastadas y resaltaba como una piedra preciosa en la biblioteca familiar. Quizás por eso me convocaba cuando niña. Y por su papel amarillento pero satinado, que realzaba los tonos de esa fotos tentadoras que no dejaba de mirar: tortas de cumpleaños de diferentes motivos, postres frutales, mesas hermosamente servidas, hermosamente emperifolladas. Era una edición del 74. Se lo habían regalado a mi madre era casi una tradición para su despedida de soltera. ¿Salado? Claro que había. Solo que las fotos de los postres seducían más. El libro publicado por primera vez en 1934, traducido a ocho idiomas y con un récord de ventas que alcanza los tres millones de ejemplares en todo el mundo, el que trascendió el plano de la gastronomía y se convirtió en documento histórico, del que se nutrieron y lo siguen haciendo los chefs más excelsos del país, tiene más de mil recetas. Además de recomendaciones para las amas de casa a quienes dicta cómo vestir la mesa según las diferentes ocasiones y cuántas personas y de qué edades se sienten a ella. A partir de ese libro, siguiendo el consejo de alguno de los auspiciantes que la acompañaban y la habían llevado a los incipientes medios de comunicación de la época, y contra su voluntad, porque con treinta y seis años se negaba a que los usos y costumbres la hicieran sentir vieja, Petrona C. de Gandulfo se convirtió, de una vez y para siempre, en Doña Petrona. De ninguna manera. Yo no soy doña. Soy una persona joven. Desde su casa de Olivos, Marcela Massut, nieta de la cocinera, cuenta la reacción de su abuela cuando pensaba cómo titular el libro y alguien que la asesoraba le dijo que tenía que llamarlo El Libro de Doña Petrona. Le dio vueltas y vueltas. Le quería poner, por ejemplo, El arte de cocinar. Por Petrona C. de Gandulfo. El tipo le dijo: No, porque todo el mundo sabe que sos Petrona. Y le tuvo que poner doña a pesar de que no quería porque la hacía vieja. A partir de ahí la empezaron a llamar Doña Petrona. A partir de ahí advertiría su propia revolución. *** Petrona Carrizo nació en La Banda, Santiago del Estero, en el invierno de 1898. Con certeza era 29 de junio, del año existen algunas dudas: 98, 96. Lo irrefutable es que se avecinaba el fin del siglo cuando ella llegaba para marcar el siguiente. Por supuesto, entonces nadie lo sabía. No había como. Anteúltima de siete hijos. Su madre, Clementina, insistía en que aprendiera a cocinar para llegar a los hombres por donde las mujeres en esos amaneceres repetían como doctrina divina: por el estómago. Un postre de hojaldre fue el comienzo. Petrona, que ni era de Gandulfo ni era doña, huyó. Ni a escobazos me llevaban a la cocina, repetiría después en los reportajes que le harían por cientos cuando su nombre era sinónimo de gastronomía, resonaba fronteras afuera y era la mesías de las amas de casa: el teléfono de su oficina-taller y el de su domicilio aparecían en la guía y ella animaba a sus televidentes a que la llamaran y le enviaran cartas ante cualquier duda o problema con las preparaciones. ¿Cómo voy a abandonar a una recién casada a la que se le quema la comida o a una señora que tiene invitados y no le sale la receta?. Cuestión de códigos. Llegó a recibir 400 cartas por día. Armó una base de datos con los nombres, apellidos y direcciones de quienes le escribían: sumaban unos 600.000. De día y de noche van a tener mi respuesta, decía. Y la tenían. Quizás la escribía a máquina alguna persona de su equipo de secretarias y ayudantes, pero la tenían. Para eso todavía faltaba cuando se evaporaba como agua en el fuego frente a la insistencia de su madre de enseñarle a cocinar para atraer a los prototipos del sexo opuesto. De la misma forma se hizo humo cuando quiso casarla. La abuela se fue de la casa cuando tenía 15 años. Se fue a trabajar a la estancia de una familia muy adinerada ahí, en Santiago del Estero, que eran los Taboada, porque la madre la quería casar con un militar, un señor mayor, y no quería saber nada. Ella tenía la experiencia de sus hermanas más grandes, que estaban casadas por orden de la madre, y no quería casarse en absoluto. Ahí, en esa estancia, lo conoce a Gandulfo que era el administrador y viajaba desde Buenos Aires cada seis meses o cada tanto. Y se ve que ahí se pusieron de novios. Gandulfo era mucho, mucho mayor que mi abuela. Pero mucho mayor. Y ella, una vez que él no volvió, se agarró un bolsito y se vino a Buenos Aires a buscarlo a la pensión en la que vivía. Imaginate, una chica de 16, 17 años. Esa situación [rondando el año 1914, 1915] ya marcaba una personalidad clara. Y lo encontró. No sé cómo. Dónde lo buscó, no tengo ni idea. ¿Cómo buscaba una chica provinciana de 16 o 17 años a un hombre mucho pero mucho mayor en la Buenos Aires de principios del siglo XX? Marcela no conoce esos pormenores. Lo habrá buscado con la misma determinación con que convertía siete huevos en un flan. Con el resultado perseguido: lo encontró. Se encontraron. Ahí yo creo que volvieron a Santiago del Estero a buscar las cosas de mi abuela y ella se vino para Buenos Aires. Después se casaron acá y ella no volvió más. *** Probablemente, que se haya escapado a la gran ciudad tras un hombre mayor con el que no estaba casada no haya sido la noticia más grata para su madre. Su padre había muerto cuando chica, pero su madre, sus hermanos, ahí quedaron. Con la menor, Charo, conservó lazo. Tanto que tiempo después pasaría unas cuantas temporadas viviendo con ella en su casa de Olivos. Con la madre lo recuperaría. A esa madre, longeva como fue Petrona rondaba el centenario cuando murió también la llevaría a su casa. Pero para eso también faltaba. Se casó con Oscar Gandulfo en 1923, con quien adoptó a su hijo, Marcelo Francisco. En algunas biografías de Petrona aparece como Marcelo Francisco Gandulfo pero Oscar jamás le dio el apellido. En ese momento Gandulfo tenía un empleo en la empresa postal del Estado hoy Correo Argentino, entonces Correos y Telecomunicaciones, ya no administraba la estancia en Santiago del Estero y había comenzado con algunos problemas de salud. Como el dinero escaseaba y Petrona era de las que tomaban la sartén por el mango salió, una vez más, en busca de su destino. Nunca imaginó que lo iba a encontrar enfrente de su casa. O al menos, que ese sería el comienzo del camino que la devolvería a aquel lugar del que había huído: la cocina. Había un local que era de la empresa inglesa de gas [N. de la R: la Compañía Primitiva de Gas] que era la que lo explotaba en el país. Y como le empezaba a sobrar el gas que antes se utilizaba para la iluminación de Buenos Aires hasta ese momento se iluminaba con farolas a gas pero empezaron a reemplazarlas con electricidad, comenzaron a pensar en hacer la extensión de una red domiciliaria. Obviamente esa red iba a las familias patricias y a las más ricas que estaban acá repasa Marcela. Entonces empiezan a ver que, para poner gas en las casas, tenían que venderle algo a las personas: estufas, por ejemplo, y cocinas, que en ese momento eran todas a carbón o a leña. Ahí desarrollan estas cocinas a gas y empiezan a buscar a ecónomas para enseñarles a usarlas: las preparaban para que ellas, a su vez, empezaran a dar clases sobre cómo cocinar en esas cocinas en el salón que tenía la empresa y en teatros u otros lugares donde se juntaran mujeres invitadas, como la Sociedad Cristiana y otras asociaciones de ese momento. Yo no sé ni siquiera si mi abuela sabía dónde se había anotado, porque buscaban señoras jóvenes para entrenarlas. Capaz que habrá pensado que iba a ir a trabajar a un escritorio. En el principio antes de las ollas, los tuppers y los cosméticos fue la cocina a gas. Inaugurando la dinámica de lo que luego sería conocido como venta directa y movería millones Petrona, junto al resto de las candidatas tomadas por la Compañía Primitiva de Gas entrenadas para la venta, se plantaba en el centro del escenario que le indicaran, ante ceños femeninos intrigados, y hacía demostraciones en las que no solo explicaba cómo utilizar el artefacto que vendría a revolucionar el modo de cocinar, si no que cocinaba en vivo. Las recetas con las que exhibía las bondades del gas eran las aprendidas con chefs de primer nivel, como los de Le Cordon Bleu la importantísima y francesísima red de enseñanza culinaria de renombre internacional puestos por la compañía. Ahí se hunden las raíces de sus recetas con 14 huevos y tres kilos de manteca: así lo aprendió. Y había algo innato. En las clases y demostraciones Petrona seducía, se desenvolvía con una naturalidad que venía con ella: era clara para explicar, carismática y sacaba del delantal soluciones a los inconvenientes que la sorprendían en escena sin productores y aún sin ayudante, lo mismo que podía sucederle a cualquier mujer en su casa. Petrona transmitía autenticidad. Vida real. De las ecónomas, las que más resaltaban eran mi abuela y su amiga la Inglesa, que era una señora bien flaquita, esas todas divinas, la cara de pecas. Una inglesa impecable. Y mi abuela que era una criolla. Tenía más de india que de inglesa. Ellas dos hicieron un buen equipo y fueron las que empezaron a representar a esta empresa del gas. Se ve que había buena química porque mi abuela toda la vida siguió con la amistad con esa mujer. Juntas eran las que daban clases en todos los teatros, en la Sociedad Cristiana, que tengo un montón de fotos con el escudo: un salón lleno de mujeres. Ellas tenían que demostrar que esta cocina nueva era mucho más limpia, más barata, y volvía todo mucho menos rudimentario que la otra. Yo digo que la abuela nació para vender estas cocinas modernas. Y ahí arrancó con todo el resto. *** Yo ya les había preparado la masa de hojaldre con la que vamos a preparar el Milhojas. Les había preparado un disco así Petrona muestra una película de masa redonda y clara que descansa sobre una placa cuadrada que lo estiré y lo puse sobre la chapa. La pantalla la muestra en blanco y negro. Con sus tres vueltas de perlas al cuello, el pelo esponjado, delantal que cubre solo la falda con apliques de flores, aros y mangas al codo que dejan libres los antebrazos para manipular alimentos e ingredientes cómodamente, sin correr riesgos de ensuciar la ropa. Habla a cámara, muestra, explica. Ahora lo tengo así, más o menos desde hace dos horas, le vamos a dar unas pinchaditas lo arremete, tenedor en mano y coloco en horno de temperatura bastante fuerte al principio. Colóquelo, Juanita. A Juanita se le ven las manos, un cuarto de torso, el delantal. Obedece: agarra, coloca. Así, no, para el otro lado corrige Petrona. Con la receta que yo les había dado, 300 gramos de harina y 500 de manteca, le sale de este tamaño de disco, ocho a diez. En 1952 Canal 7, el canal todo, estaba de estreno. Quizás había olor a pintura en los pasillos, a madera recién ensamblada en la cocina en la que Petrona se convirtió en la primera persona en la historia del país en batir huevos, mezclar ingredientes, meter en el horno y sacar una torta del otro lado de la pantalla: ese invento recién llegado que convertía a los que la miraban en sus casas, los ojos clavados en ese gran mueble- caja bajo el hechizo de sus manos y la música de su acento santiagueño, en sus primeros televidentes. La TV era nueva. Petrona ya era Petrona. Ya era Doña Petrona, desde hacía dos décadas. La Compañía Primitiva de Gas en la que se lucía cocinando ante salas llenas de mujeres hizo una alianza con la revista El Hogar publicación que nació con el nombre de El Consejero del Hogar pero comenzó a cosechar verdadero éxito cuando empezó a dirigirse a las mujeres de la clase media argentina y a acariciar la vanidad de la clase alta dedicando parvas de párrafos a la vida de las familias patricias. A partir de ese acuerdo, en 1931, la empresa mudó las clases y demostraciones de cocina al auditorio de la revista. Petrona era dueña indiscutida de ese escenario. Tanto que comenzó a volcar las recetas y consejos de cocina en el medio gráfico. El Hogar fue un trampolín: desde ahí saltó a Caras y Caretas, a Para ti y, en los años 60 y 70, se destacaría en Mucho gusto. Al mismo tiempo que brillaba en los escenarios y su firma comenzaba a hacerse conocida, en 1933 le ofrecieron un nuevo modo de difundir sus preparaciones y recomendaciones para las señoras de la casa: la radio. Comenzó en radio Argentina donde tenía una participación diaria, luego pasó a radio Excelsior y a radio El Mundo. En ese medio amasó, estiró y moldeó aún más su fama. Mientras eso sucedía, el primer gobierno peronista impulsaba el gas domiciliario a través de la estatización de la Compañía Primitiva que pasaba a estar bajo el ala de Gas del Estado, donde Petrona siguió trabajando hasta 1950, cuando se dedicaría exclusivamente a sus recetas en los medios. Antes de un salto que aún no se imaginaba. Tengo todas las revistas El Hogar, desde el 1920 hasta el cuarenta y pico. Y algunos libretos que le daban con las recetas en la radio, porque ella estaba con un locutor cuenta Marcela. La habían llevado dos marcas, una de enlatados y otra de cubiertos, que eran sus auspiciantes en esos años. Empezó en el 30, hacía teatros y en algún momento la llevaron a la radio y de ahí a la tele. Yo creo que, más que la radio, tuvo la caradurez de estar en la televisión porque ahí sí que no pudo mirar a nadie. A nadie. Creo que se animó pensando que del otro lado de lo que ella vería, que era nada, estaba todo su público; y que hizo una clase como en el teatro o en esas salas. Ese fue un desafío porque no había nada grabado, todo iba en vivo, si se le rompía algo tenía que resolverlo ahí. Y así se metió en la televisión. Cuando salió, treinta años después, tenía 85 años. El primer programa en el que enseñó sus recetas se llamaba Variedades hogareñas, que después pasó a ser Jueves hogareños. Pero sus años de oro en la pantalla chica, en los que llegó a las casas con tv de todo el país, fueron los de la década del 60, cuando se sumó al ciclo Buenas tardes, mucho gusto. Desde las primeras emisiones aparecía junto a Juana Bordoy, conocida por todos los televidentes como Juanita, su incondicional asistente, la que completaba el dúo dinámico culinario nacional, en la pantalla y atrás de ella. Aquel programa iba todos los lunes, miércoles y viernes por la tarde. Estuvo al aire durante dos décadas. Abuela, ¿cómo te animaste? le preguntaba Marcela. Y, como hacía en el teatro. Arreglaba todas las cosas que se iban rompiendo porque en la casa también podía pasar eso. *** Indicaciones generales sobre el comedor, la mesa y su servicio. El comedor debe ser confortable y con buena luz, ventilado en verano y abrigado en invierno, pues hay que tener en cuenta que en la mayoría de los hogares es el lugar de reunión de la familia y donde se va a descansar de las tareas diarias en grata intimidad. Por lo tanto, hay que prestarle la debida atención, haciéndolo lo más agradable posible. Una buena ama de casa debe cuidar de que todo en la mesa sea limpieza, confort y elegancia aún en su sencillez. Antes de colocar el mantel hay que poner un paño para resguardar la mesa y también para evitar los ruidos desagradables que suelen hacer los platos y cubiertos al ser colocados sobre ella. Encima de este paño irá el mantel, que de preferencia será siempre blanco, pues da a la mesa aspecto de alegría y limpieza. Es conveniente colocar en el centro unas flores, pues al mismo tiempo que alegran el ambiente estimulan el apetito. Las recomendaciones que abren El Libro de Doña Petrona a modo de prólogo estas pertenecen a una edición de 1946, continúan. Hay indicaciones sobre cómo poner la mesa para diversas oportunidades divididas en Mesa paqueta, Para el almuerzo familiar, La mesa para el almuerzo de dos, Para gente joven. En cada una sugiere de qué manera disponer lo que para ella era el sitio más sagrado de la casa, con el que la mujer, ama y señora, que por supuesto no trabajaba y vivía para atender y consentir al marido y a los hijos, debía deslumbrar. En la parte de adelante del libro, mi abuela le dice a la señora de la casa qué comida le tenía que hacer a los chicos cuando volvían del colegio, y si volvía el marido a comer y si venía a cenar, y ella le tenía que preparar el desayuno, el almuerzo, la cena. O sea: la mujer estaba en la casa para eso. Antes no era normal que la mujer no estuviera cocinando en la casa; más allá de que mi abuela era el referente de lo que ella decía que hicieran pero no hacía. No era normal que las mujeres trabajaran, menos que las abuelas trabajaran. Y la mía trabajaba, y como loca. Los 30 avanzaban ya sin tanta timidez hacia el centro de la década cuando las mujeres que seguían a Petrona desde sus comienzos en los teatros y demostraciones de cocina a gas comenzaron a pedirle que escribiera un libro de recetas. Ese fue el otro gran hijo que ella siempre nombraba. Su primer libro. Porque, además, nadie se lo bancó, el libro era de ella y lo hizo completo hasta que falleció mi abuelo Atilio. Después, cuando entró mi papá en toda la parte administrativa, empezó a delegar la producción, pero toda la vida el libro se hizo en mi casa. Íbamos al que vendía papel, después a los talleres gráficos; íbamos a Izquierdo Migone, que era el estudio de fotografía, a hacer toda la parte de las imágenes. Y en 1934 estuvo lista la primera edición de esa obra que la coronó y la sacralizó Doña. El Libro de Doña Petrona era una enciclopedia gastronómica de más de 500 páginas. Que no solo compilaba recetas sino que guardaba secretos culinarios, consejos para la mujer moderna sobre la organización del hogar y para la mujer que trabajaba y cuidaba de su casa en simultáneo. La primera tirada tuvo 5.000 ejemplares que se vendieron en dos meses. La distribución y puntos de venta eran tan atípicos como su proceso de edición artesanal en el que no había una tirada igual a la otra, también a cargo de la propia autora. Uno de ellos era pues claro la casa de Petrona. En los años 50, estalló: la demanda impulsó tiradas de 50.000 ejemplares. El Libro de Doña Petrona, con sus ilustraciones a color, se convirtió en un regalo tradicional de bodas o despedidas de soltera, como en el caso de mi madre. Me acuerdo de haber ido con mi abuelo a Koch Polito, acá en la Panamericana, que era un distribuidor de papel, a comprar porque en el año 50 en el país no había papel por las guerras o no sé qué había pasado dice Marcela. Y mi abuela no dejó de editar, hizo el libro con papel de diario. Desde la primera edición hasta la actualidad, la biblia gastronómica argentina tuvo 103 ediciones. En 2018 la editorial Planeta lanzó lo que llamó la edición definitiva (la número 103). Una suerte de remasterización del clásico para el que Laura Vilariño, una periodista especializada en gastronomía, leyó el libro de mayúscula a punto final y se lanzó a editar las recetas y los textos con referencias añejas o desprolijidades durante más de dos años. También repuso el contexto del material original. Yo creo que eso [la publicación del libro y lo que sucedió con él] fue como esta cosa de decir: Bueno, acá estoy yo; Esta soy yo. Y ahí todavía estaba con su marido, con Gandulfo, que fallece en el 40. Durante toda esa etapa de explosión, mi abuela estaba con su primer marido. Después ella compra un terreno acá, en Olivos, donde se hace su casa, y queda viuda. Y al año nomás conoce a Atilio Massut, su segundo marido. Estaba en una reunión social a la que la habían invitado, cuando lo vio: elegante, alto, joven. Un bailarín talentoso. Un placer del que ella no había podido disfrutar demasiado pese a su gusto por el baile por su marido patadura. Como ella llamaba a Gandulfo. Este modelo danzante y con gracia se llamaba Atilio Massut. Ella le pidió que le alcanzara algo para tomar. Probablemente whisky, brebaje del que bebía una medida diaria, on the rocks. Cuando él le acercó el vaso o quizás fue una copa, ella le vio las manos las manos eran impresionantemente hermosas, después vio todo el resto. Él la sacó a bailar, y ahí nomás se enamoró. Y ahí nomás empezó el resto de su vida. No le costó mucho. Y la verdad que eran superunidos. El amor que mi abuelo tenía por esa mujer que le llevaba 15 años, a la que él ya conoció Doña Petrona, porque en el 40 era Doña Petrona. Y se queda ocupando un lugar atrás de esa gran mujer, en el rol de acompañarla en todo lo que mi abuela había iniciado como su plan de vida. Este era el marido para mi abuela. La quiso y la respetó hasta el último día de su vida. En 1943 quedó viuda; en 1946 se casó con Atilio Massut. Aunque decidió seguir siendo Doña Petrona C. de Gandulfo: así había saltado a la fama, así se quedaría. Lo primero que hizo su segundo marido cuando se unieron legalmente fue darle a Marcelo, hijo adoptivo de Petrona y Gandulfo, su apellido. Marcelo les dio dos nietos: Marcela y Alejandro. Se disfrutarían todos sus años. *** Que detrás de la pantalla en blanco y negro se rompieran discos para el milhojas, hubiera problemas con los ingredientes y Petrona mostrara cómo resolverlo, probablemente también fue una de las fórmulas, una espontánea, para que toda ella labios y barniz de uñas rojo furioso, perlas al cuello, porte de reina fuera revolución. Lo único ficticio o incongruente era la distancia entre el discurso que pregonaba para sus lectoras, oyentes y televidentes y su propia vida: era la referente máxima de las amas de casa argentinas, a quienes les hablaba de la importancia de esperar al marido y a los hijos con una mesa impecable, con platos para deleitar y sorprender paladares ávidos y famélicos. Ese debía ser el objetivo de vida de su audiencia, reinas de sus propios reinos. Mas ella, al volante de su auto y de su vida, salía del suyo temprano y volvía compartiendo el cansancio con el sol. Cocinaba, por supuesto, puertas afuera. Del adentro, de malcriar marido y nietos, de lunes a viernes se ocupaba Juanita cuando no estaba en la tele con ella y una pequeña corte de empleados. Juana Bordoy, la Juanita que muchas hijas de esta patria fuimos de nuestras madres, el nombre en el que se encarnaba y todavía a la ayudante de cocina argentina por antonomasia, llegó a Buenos Aires desde La Plata con 18 años en busca de trabajo. Conoció a Petrona por medio del médico de cabecera de la familia. Ella la alojó en su casa de donde Juana se iría solo para morir en La Pampa, cerca de su hermano, unos años después de la muerte de Petrona. Mientras Petrona vivió, vivieron juntas. Ni se casó por estar ahí, en la casa de mi abuela. Una fidelidad irrepetible. Entre ellas se llevarían 25, 28 años. Y para nosotros era otra madre: era mucho más que una abuela. Yo viví en la casa de mi abuela hasta que construyeron la nuestra, a siete cuadras de la suya, los tres primeros años de mi vida. Ahí nació mi hermano, Alejandro, cuando yo tenía un año y medio. Y Juanita yo creo que nos disfrutó como si fuéramos sus hijos. Nosotros amábamos estar en la casa de mi abuela. Nos escapábamos de mi casa para ir a la suya. Cuando volvía del colegio y no tenía ganas de estar sola o con mi hermano, me iba y estaba Juanita. Entonces era pedirle permiso a ella, preguntarle si podíamos ir. Yo no le pedía permiso a mi abuela, no la iba a llamar a la oficina para preguntarle si podíamos ir a tomar la merienda, ni loca. Era Juaní la que siempre nos abrigaba en esos caprichos nuestros. Era otra madre, la amábamos de esa manera. Buñuelos de manzana, panqueques con dulce de leche. Las mejores meriendas, los mejores juegos, Marcela los recuerda en la casa de Petrona, que era también la de Juanita. Aparte vivíamos muy cerca. Cuando mi hermano y yo tuvimos el medio móvil de la bicicleta, en el año 60, 70, bajábamos la barranquita de Vicente López, llegábamos a la casa de mi abuela y sábado y domingo no nos podía sacar nadie de ahí adentro. Era la casa del fin de semana para nosotros. Asesorando a las soberanas de los reinos vecinos o lejanos o recónditos o todos juntos, de lunes a viernes, cuando llegaba el fin de semana la reina madre no se acostaba a descansar. Volvía al suyo para tomar el cetro, se ataba el delantal de volados cual atavío real y con palo de amasar en manos se ponía a trabajar e impartía órdenes para que todo estuviera listo para el gran banquete. Cada sábado, cada domingo, Petrona recibía en su casa a más de una docena de amigos que ella agasajaba con sus creaciones. Juanita y Marcela, que llegaba temprano por las mañanas, se ponían a disposición. Y empezaba el ritual. Cuando mi hermano y yo llegábamos a la casa de la abuela el sábado temprano, decía: Bueno, hoy hacemos empanadas; Hoy tenemos que limpiar tres kilos de frutilla o papas para hacer ñoquis. Esa parte del sábado a la mañana era la parte más feliz, porque después había que montar las mesas para toda esa gente. Cada fin de semana las demostraciones de cocina eran en su propia casa: Petrona oficiaba de anfitriona y recibía a diez o doce matrimonios amigos que pasaban ahí del mediodía a la noche. Cada fin de semana se abrían los armarios repletos de vajilla para invitados había para elegir según la mantelería y el menú que combinara, se sacaba cristalería, se peinaban alfombras, se disponía prolijo, incólume, el escenario principal, el de la comida que esperaba para agasajar a los invitados. Mi abuela siempre estaba feliz. Siempre el fin de semana estaba feliz y pasaba sábado con gente y domingo con gente. Jugaban a las cartas, almorzaban: mi abuelo con todos los varones al truco, mi abuela a la canasta. Entonces qué hacía: los postres del fin de semana los preparaba en la oficina y los llevaba. Pero después había que cocinar. Me decía: Andate al placar de arriba (porque ella tenía placares con vajilla más que placares de ropa) y elegí un juego para poner con tal mantel, que por ahí ellas ya lo tenían elegido. Entonces yo iba con Juanita y bajábamos las dos todos los platos, las tazas, los platitos, todo lo que había para completar esa mesa. Esos fines de semana eran inolvidables porque uno era siempre anfitrón con ella. No venían amigos a comer una pizza. Ningún delivery era admisible en la casa de Doña Petrona. Cada fin de semana, el reino de los batidores y el flan de huevo se vestía de gala, relucía esplendor. [Los comensales] llegaban a las 12 y a esa hora empezaban con los canapés y el vermú. Después se comía, después el postre, después el café y después de todo el juego de cartas terminaban con la picada de la noche. Ella amaba disfrutar en su casa. Ahí sí que los pisos estaban bien gastados. *** Fue la primera argentina en cocinar en televisión. La primera cocinera mediática, seguida y admirada. La primera en escribir un libro de cocina que, además, es el más vendido hasta la fecha. No hablaba de política pero se dice que alguna vez le hizo una torta de cumpleaños a Perón. Cocino como se alimentó: con catorce huevos y kilos de manteca. Tomó una medida de whisky por día y murió con 96 años, sin colesterol. También supo renovarse y adaptarse a las épocas. Muchas de sus recetas eran costosas por la cantidad de materia prima que insumían, lo que las volvía excluyentes para buena parte de sus seguidoras en momentos de inflación o carestía de la vida, como se denominaba a la suba abrupta de precios en las décadas del 50 y el 60. En 1962 publicó Las recetas económicas de Doña Petrona, que llegó velozmente a las catorce ediciones. Y cuando la moda de la anorexia y el fitness, pero también de la preocupación por la salud, cayó como una sábana estirada sobre la conciencia colectiva, y el conteo de calorías frente a un plato suculento hacía sudar frío a las mujeres en la mesa, Petrona se unió a Alberto Cormillot y, en 1979, publicó Coma bien y adelgace. Inspiró a generaciones de cocineras y ecónomas, como Choly Berreteaga, Emy de Molina y Blanca Cotta. Se hicieron tesis de grado a partir de su vida. En 2017, por iniciativa de Marcela y Richard Saavedra, director de Goody Group empresa dedicada a la fabricación y venta de uniformes, mantelería y accesorios para la gastronomía se inauguró El Museo de Doña Petrona en el barrio de San Crisróbal. Ahí se exponían los utensilios, las ediciones de sus libros desde los años 30, los delantales, las cocinas y las mejores fotos de su vida y su carrera. En 2019, también con el impulso y el trabajo de Marcela y su familia, la editorial Planeta lanzó Doña Petrona inédita, una compilación con más de mil recetas que nunca se habían publicado en un libro. Halladas en cuadernos manuscritos, revistas, guiones de radio y TV, y hasta en recetarios que la cocinera preparó exclusivamente para marcas emblemáticas. En 2023, el pasaje del barrio de Olivos en el que vivía se ungió con su nombre por iniciativa de los vecinos. Las marcas de la vida de Doña Petrona y de su trabajo son una cantera inagotable. Los homenajes también. Para mí era mi abuela, más allá de que cuando yo decía quién era mi abuela del otro lado había una cara así: Marcela abre la boca y los ojos hasta sus límites. Pero para mí era mi abuela. Fue una persona superpresente con estos dos nietos insoportables de malcriados que éramos por ella. Nunca lo viví como la abuela famosa que tuve. Después de dejar la TV, a sus 85 años, siguió dando clases de cocina en su oficina - taller de la calle Billinghurst. Juanita estuvo con ella hasta el 6 de febrero de 1992, cuando Petrona murió de un ataque al corazón, hace 34 años. Atilio, 15 años menor, había muerto 13 años antes, en 1979. Juanita, dos décadas más chica, lo haría en 1995, solo tres años después. Desde entonces sus nietos, Marcela y Alejandro, y sus bisnietos, Tomás, Jazmín y Federico atravesados de diferentes formas por la cocina mantienen viva la memoria de esa abuela legendaria. Son guardianes de su legado. Uno que se alza pétreo como una figura de porcelana fría sobre una torta de bodas de cinco pisos, en un país que no olvida que si hoy se cocina con gas es, en gran parte, gracias a ella.

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