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  • Un nuevo y desconocido mundo nacerá al finalizar la guerra en Ucrania: el fin irreversible de cinco siglos de dominación occidental (Parte 2)

    Concordia » Diario Junio

    Fecha: 08/02/2026 12:40

    Un nuevo y desconocido mundo nacerá al finalizar la guerra en Ucrania: el fin irreversible de cinco siglos de dominación occidental (Parte 2) En esta segunda parte, el análisis sostiene que la guerra en Ucrania actúa como catalizador de un cambio estructural del orden mundial. A partir del debilitamiento del dólar, la erosión de la hegemonía estadounidense y el avance de un sistema multipolar encabezado por China y Rusia. El conflicto trasciende el plano militar y redefine los equilibrios económicos, energéticos y diplomáticos globales. Retomando el hilo de la primera parte de este artículo, tenemos que consignar que Henry Kissinger construyó en 1973 una alianza con Arabia Saudita por la cual los Emiratos Árabes comerciaban su petróleo solo en dólares, a cambio de la protección militar de EE. UU., hecho que se mantuvo por décadas porque los yanquis no tenían respaldo para hacer frente a la economía de guerra en la que estaban involucrados: el militarismo global a través de la OTAN y las incursiones en Irak y Afganistán. Pero aquí viene el detalle que mantiene en vilo al Pentágono, porque China no necesitó disparar un solo tiro para lograr esa revolución económica, dejando de lado a EE. UU. para comercializar sus compras de petróleo por otras monedas de los países proveedores. Y los países árabes se preguntaron por qué deberían seguir subsidiando a los EE. UU. en su déficit comercial, cuando pueden vender su petróleo a otros países, incluido China, que es su mayor cliente, sin intermediarios financieros occidentales. Y Donald Trump, astuto, entiende bien eso. Por eso su obsesión no es Ucrania, sino China. Por lo cual amenazó con aranceles del 100 % y controles de exportación masivos, porque sabe que cada día que pasa el poder de EE. UU. sufre una erosión irreversible. Y aquí viene la paradoja suprema de la estrategia trumpiana: mientras más presiona a China, más acelera la integración de China con Rusia. Cada sanción occidental (sin legitimidad jurídica internacional) empuja más a profundizar la alianza entre sus dos enemigos. Y cada escalada militar justifica la expansión del BRICS Plus. Los estrategas chinos han entendido perfectamente el dilema de EE. UU., que no puede permitirse una guerra nuclear con Rusia porque implicaría un riesgo nuclear inaceptable. Tampoco puede ganar una guerra comercial prolongada con China, porque la economía de este país es demasiado grande. Tampoco puede mantener a la Unión Europea, porque los costos energéticos están destruyendo a la economía europea. Y esto lo hizo posible EE. UU. destruyendo los gasoductos Nord Stream, que proveían gas barato desde Rusia. Si tienen algo que les sobra, es la paciencia: esperan. Cada mes que pasa, China crece más que EE. UU. Cada trimestre que pasa, más países se integran a las instituciones financieras chinas. El drama personal de Trump es que llegó al poder prometiendo Make America Great Again, pero heredó un imperio en declive terminal cuya ventana de oportunidad para revertir esa decadencia se cerró hace una década, y los métodos que propuso fueron amenazantes y compulsivos, sin tener en cuenta la superación extraordinaria que no supieron ver los visionarios del Pentágono. La supremacía de EE. UU. dependía de tres pilares: superioridad tecnológica; control de las rutas comerciales globales; y hegemonía del dólar. Los tres pilares están en franca decadencia simultáneamente. Los campos de batalla más allá de las trincheras: en Ucrania se está definiendo en cuatro frentes que van más allá del campo de batalla tradicional. - El frente militar ya está definido. Rusia ha establecido una superioridad terrestre y aérea casi total. Sus capacidades de guerra electrónica han cegado los sistemas de la OTAN y la superioridad artillera rusa es de 10 a 1 en la mayoría de los sectores. Las contraofensivas ucranianas han fracasado estrepitosamente y las líneas del frente se han estabilizado donde Putin quiere. El frente energético ha sido devastador para Europa. El frente financiero está siendo el más revolucionario. El sistema SWIFT ya no es indispensable. Rusia, China, Irán, India y Brasil comercian en sus monedas nacionales. El yuan ha ganado espacio como moneda de reserva en lugar del dólar y el oro ruso se negocia libremente en los mercados asiáticos. Lo importante es que la militarización del dólar se ha convertido en la principal motivación para la desdolarización global. Pero el frente quizá más importante es el diplomático, donde se está librando la verdadera batalla por el alma del sistema internacional, que es la confianza en determinado sistema. El 87 % de la población mundial, junto a todo el Sur Global, apoya a Rusia o es neutral. Y aquí llegamos al corazón del sistema trumpiano, que podría definir no solo su presidencia, sino el lugar de EE. UU. en la historia. Trump había llegado al poder con una narrativa seductora. Él es el negociador supremo, el hombre que puede resolver en 24 horas lo que las burocracias de Washington no han podido resolver en décadas. Pero Trump es un empresario inmobiliario, con ambiciones desmedidas, un narcisismo patológico y una arrogancia sin límites. Pero la realidad geopolítica es infinitamente más compleja que cualquier negocio inmobiliario de Manhattan. Putin no es un gerente que busca maximizar ganancias trimestrales. Es el líder de una civilización milenaria que ha decidido que el momento histórico ha llegado para revertir 30 años de humillación postsoviética. Occidente subestimó a Putin y a la Federación Rusa. Durante casi 20 años de trabajo e investigación sin renuncios, logró un nivel de superioridad estratégica que ya es parte de los manuales de las guerras no convencionales. La doctrina militar rusa, actualizada por Putin en 2024, establece claramente que cualquier ataque a la estructura nuclear estratégica será considerado como casus belli y responderá con armas nucleares. Esta es la carta suprema en la baraja de Putin: la capacidad de elevar a nivel nuclear cualquier conflicto local o proxy. El presidente ruso ha calculado que EE. UU., por poderoso que sea, no está dispuesto a arriesgar la destrucción de Nueva York o Washington por mantener una región de Ucrania, Odesa por ejemplo. Lo que la mayoría de los analistas o comentaristas de oportunidad no logran comprender es que la guerra en Ucrania es simplemente el catalizador de una transformación mucho más profunda: el fin irreversible de cinco siglos de dominación occidental. Desde 1492, Europa primero y EE. UU. después han dominado el sistema mundial a través de una combinación de superioridad tecnológica, control de las rutas comerciales y, cuando era necesario, una violencia masiva. Europa construyó su poder a través de la colonización de medio mundo, sobre todo el británico y el francés, apoderándose de los recursos naturales de los africanos y de los asiáticos. Luego de la Segunda Guerra Mundial, fue EE. UU. el que tomó las banderas de la piratería guerrera al emerger como única potencia intacta después de la guerra, lo que le permitió poner las condiciones y las instituciones de acuerdo con sus intereses. Pero hoy todo ha cambiado. Nada es para siempre. Este mundo que emerge inexorable no es el que planearon las élites globales de Washington, Londres o Bruselas. Es el mundo que se asoma cuando el 87 % de la humanidad decide que ya no aceptará obedecer al 13 % que controla las instituciones occidentales. La pregunta clave es: ¿puede EE. UU. aceptar la transición hacia un orden multipolar o intentará preservar su hegemonía a cualquier precio? ¿Lo dejará Israel, que ha mantenido una relación de complicidad disimulada merced al lobby israelí en el Congreso, que abandone la guerra absurda contra Irán? El mensaje que resuena desde Lagos hasta Yakarta, desde São Paulo hasta Sudáfrica y así por todo el nuevo mundo: todos se están dando cuenta de que el Emperador está desnudo y acorralado por las circunstancias externas e internas. Quizá pueda seguir imponiendo sanciones ilegítimas, pero ya no podrá decidir quién comercia con quién. Creo que en la nueva era se terminará el conservadurismo bizarro y el dogmatismo de las superioridades, como el racismo, la satanización del pensamiento crítico y otras perversiones de un fascismo larvado, aupado por movimientos de masas lobotomizadas que son la razón de la sinrazón que sostienen a los títeres políticos sodomizados en el servilismo y en la obsecuencia.

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