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» Clarin
Fecha: 08/02/2026 09:49
Son escasas las ocasiones en las que una obra consigue deslumbrar con la potencia del espectáculo y, al mismo tiempo, sumergirnos en las profundidades de la condición humana. Resulta aún más extraordinario cuando esa rareza ocurre en simultáneo, en la página y en la pantalla. Es el caso de Hamnet, la versión cinematográfica de la directora china Chloé Zhao sobre la celebrada novela de la irlandesa Maggie OFarrell, que acaba de recibir dos premios Golden Globes, a mejor película dramática y mejor actriz. Las dos obras parten de un hecho real: una pareja en Stratford tiene tres hijos; el varón, Hamnet, muere a los 11 años. Cuatro años más tarde, su padre escribe una pieza titulada Hamlet. El nombre de ese hombre se reserva hasta el final, solo que se sabe desde el inicio que se trata de William Shakespeare. El resto es imaginación pura; y justo por eso, la historia revela los lazos invisibles que anudan la experiencia vital con el misterio del arte. Video Más allá de la trayectoria de Zhao en el cine de autor, con éxitos como The Rider, o bien el drama social de Nomadland (por el que ganó el Oscar en 2021), este proyecto implicaba un verdadero desafío; por un lado, parecía casi imposible trasladar al lenguaje audiovisual la profundidad y la sutilezas de la escritura de la autora irlandesa; por otro, si lo conseguía, corría el riesgo de sacrificar su identidad como directora. Sin embargo, la escena inicial de la película alcanza a mostrar la dimensión de su logro: una mujer duerme en el hueco de un árbol. Lleva un vestido rojo, tiene pelo negro y forma parte de los espirales del tronco. A su alrededor el bosque respira en una sinfonía de verdes. Al abrir los ojos y mirar el cielo, Agnes la protagonista parece comprender algo que para el resto es invisible. Esa visión nos adentra en un universo desconocido: la intimidad, la vida familiar y emocional del Bardo. Si ese comienzo es impactante, apenas anticipa los trazos de una estética que da forma a cada secuencia. Entre ellas se destaca, en particular, el retrato de la pareja: un vínculo pasional, de una intensidad y desenfreno que inevitablemente llevan a pensar en el romanticismo de Romeo y Julieta. De hecho, el enfrentamiento de las familias y algunos detalles juegan directamente con esa tragedia. Como sea, a través del matrimonio la trama explora temas que van de la maternidad y el deseo a la vocación como motor de la existencia; una fuerza que se presenta poderosa cuando el espíritu encuentra su dirección verdadera. Hay que decir que el ejercicio de imaginación de O'Farrell es inmenso; existen pocos registros documentales en los que apoyarse. Es decir, se sabe poco sobre la vida personal de William Shakespeare: se casó con Agnes Hathaway; él tenía 18, ella 26 y estaba embarazada de su primera hija, Susanne. Luego tuvieron a los mellizos, Judith y Hamnet. El varón muere a los 11 años. Pues bien, la autora irlandesa tomó el silencio que habitaba entre esos sucesos y así imaginó la transformación que pudo haber operado la tragedia en la vida familiar. Se trata, por supuesto, de una historia sobre el duelo y sus procesos. Con una singularidad: la autora encontró los hilos que podrían dar otro sentido al dolor y enlazó la muerte temprana del hijo con el proceso creativo del padre. Pero, más allá de la presencia del Bardo, la verdadera columna vertebral es Agnes. Resulta una de esos personajes entrañables, dueña de una libertad de autodeterminación que trasciende cualquier época. Ella está dotada de un mundo interior capaz de sostenerla más allá de las costumbres, los prejuicios y las aspiraciones sociales. La novela la muestra en dos planos narrativos, en el presente está ya casada y tiene a sus hijos; y en el pasado vive el romance con Will. Con diversos registros, la irlandesa reconstruye la vida cotidiana de las mujeres, las formas de subsistir de la época, la llegada de la peste desde Alejandría hasta el pueblo. Además dota a Agnes de un conocimiento de la naturaleza y las hierbas, por momentos sobrenatural, que se proyecta como un modo alternativo de vida cotidiano. Así es como no la limita a desempeñar los roles tradicionales de madre, ama de casa y esposa, sino que imagina para ella un lugar más trascendente como sanadora de su comunidad. Por el contrario, la película opta por una dimensión más terrenal, más doméstica, aunque conserva su mirada profética. Agnes puede ver lo que nadie más, y eso le permite sostener a Will y abrirle camino a su vocación. La encarnación de Agnes que hace la actriz Jessie Buckley flamante ganadora del Globo de Oro a Mejor Actriz y antes del Critics Choice constituye una hazaña de actuación. De principio a fin, su vestuario es casi idéntico, aparece con manchas de barro, con los dedos sucios y despeinada, en un contrapunto perfecto con la luminosidad de su mirada y la gama de gestos y expresiones capaces de transmitir un abanico de emociones que dominan las imágenes. Si la escritura de O'Farrell es sensorial y apela a varios registros para ahondar en la condición humana, Zhao traduce la esencia de la novela a una suerte de poesía visual. Entre otras cosas, es capaz de hallar en elementos simples, como el hueco de un árbol o un juego de espadas, objetos simbólicos que esconden un valor trascendental. Así se da entre ambas versiones un ida y vuelta, ya que la lectura de la novela multiplica la experiencia audiovisual, y viceversa. La prosa de O'Farrell llena de sentidos nuevos la sutileza de las imágenes. Incluso algunas escenas que podrían parecer intrascendentes como un teatro de sombras que observa Will adquiere una interpretación esencial con la lectura. Se nota, además, un sentido más sutil que se desliza detrás de las escenas. Algo del orden de lo sublime se trama de manera silenciosa a lo largo de la película y recién en la secuencia final encuentra una de esas emociones que solo el arte es capaz de provocar: el modo en que el dolor más atroz se transfigura en belleza. Quizá por eso los últimos treinta minutos se sienten en el cuerpo como una revelación, tanto que, al terminar, se vuelve difícil levantarse de la butaca. PC Sobre la firma Newsletter Clarín
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