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» Clarin
Fecha: 07/02/2026 19:03
Durante el periodo especial que retorció a la isla por largo tiempo desde 1991, las ciudades de Cuba estaban a oscuras en las noches. Durante el día, la gente se arremolinaba en la calles moviéndose a pie a sus trabajos y los chicos, a las escuelas. No había posibilidad de ocupación remota en aquella épocas. Lo más sorprendente eran los autobuses. Unos voluminosos vehículos por entonces ya muy antiguos. Este cronista, de visita en esos años en La Habana, notó que les habían quitado los parabrisas. Delante, les colocaron arneses atados a los ejes delanteros y dispuesto una cuadrilla de caballos. Los conductores manejaban las riendas desde donde tenían el volante por el espacio vacío de los cristales delanteros. En un momento gritaban y los caballos comenzaban a trotar llevando la carga. Estacionaban en las plazas para recoger un número reducido de pasajeros debido al peso y se movían entre los pueblos cercanos. Había unos pocos vehículos autónomos en funcionamiento, presumiblemente de los servicios de seguridad o de las autoridades del régimen. Después se llenó todo de bicicletas que el régimen importó con urgencia desde China. Según por donde se caminara, aún más en las noches se oía el sonido ronco de unos pocos generadores instalados en los hospitales y las comisarías. Era la Cuba del total desamparo y la indigencia, con caballos en las calles, y leña en las casas para la cocina, pero con pocos alimentos. Esa escasez disparó enfermedades nuevas por falta de vitaminas. La dieta se redujo drásticamente; surgieron platos desesperados que incluyeron la cascaras de frutas cocinadas, como la del pomelo: el bistec de cáscara de toronja. El colapso soviético Cuando colapsó la Unión Soviética quedó clara la profundidad de la dependencia de la isla antillana de su padrino ruso, un amparo que nunca se previó que podría terminar. Al extremo que en Cuba no había siquiera una fábrica de sartenes u ollas, entre otros insumos básicos. Todo venia desde Moscú, incluso los maestros. La misma dependencia profunda, aunque en otro formato, que estableció con el régimen chavista, sin habilitar otras alternativas. Aquella enorme crisis de 1991, que en lo básico cortó el flujo petrolero a la isla, se agravó además con el recrudecimiento del embargo o bloqueo estadounidense. desde 1992. Washington apostaba como ahora a que la pesadilla económica haría sucumbir al régimen. Ciertamente las consecuencias fueron abismales. De la noche a la mañana el país perdió 80% de su comercio exterior y el 75% de sus importaciones. La economía se contrajo cerca de 40%. Un dato elocuente del precipicio económico se advierte con el daño en el PBI que en 1990 llegaba a US$ 32 mil millones. Dos años después, se redujo a menos de 20 mil millones. Riqueza magra que se esfumaba. La situación, con el impacto social que describimos, disparó uno de los más graves episodios de rebelión en la historia de la Revolución, recordado como el maleconazo. El 5 de agosto de 1994 la gente se amontonó en el malecón de La Habana siguiendo versiones de que había barcas que cruzaban hacia EE.UU. Como eso no sucedía, se disparó la protesta con un sonoro repudio al régimen, por primer vociferado como dictadura. La rebelión la contuvo personalmente Fidel Castro, pero fue el inicio de otro conocido fenómeno, el de los balseros con el primer capítulo de decenas de miles abandonando la isla con anuencia del régimen. Esa desesperación nunca se calmó. Cuba ya perdió un cuarto de su población, especialmente jóvenes, abandonados de toda esperanza de mejoras. Sobre la firma Newsletter Clarín
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