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  • De la Guerra Fría al caos moderno: la evolución del orden global, según Gianfranco Pasquino

    » Clarin

    Fecha: 07/02/2026 13:04

    Siempre tuve muchas dudas sobre la existencia real de un orden internacional liberal en el período comprendido entre 1945, fundación de las Naciones Unidas, y 1989, caída del comunismo soviético y, según Fukuyama, fin de la historia. De hecho, la historia de la oposición entre las democracias liberales y los regímenes comunistas había terminado, tal y como él mismo escribió, con la victoria de las democracias liberales. También terminó, no el orden liberal internacional, sino, más propiamente, el equilibrio del terror nuclear entre Estados Unidos y la URSS. Estados Unidos se convirtió durante al menos una década en la superpotencia solitaria, según la interpretación inteligente y aguda de Samuel Huntington, mientras que en el fondo se anunciaba el choque de civilizaciones. Por lo tanto, el gran politólogo de Harvard no preveía la (re)aparición de ningún (nuevo) orden político. El precio del antiguo orden, que nunca fue liberal, había sido muy alto. Lo pagaron primero los coreanos, luego, con sus revueltas, los ciudadanos de Berlín Oriental (1953), Hungría (1956), Checoslovaquia (1968) y Polonia (1956, 1968, 1980), pero también los numerosos disidentes soviéticos, desde Andréi Sájarov hasta Aleksandr Solzhenitsyn. Lo pagaron muy caro los latinoamericanos aplastados por las dictaduras militares, los vietnamitas, a quienes ni siquiera el napalm pudo someter, y los sudafricanos del apartheid. Solo nosotros, los europeos occidentales, ciudadanos de regímenes democráticos (no, por tanto, los opositores al autoritarismo del generalísimo Francisco Franco y del profesor Antonio Salazar), podemos realmente lamentar los Treinta Gloriosos, es decir, los años de gran desarrollo económico y ausencia de conflictos armados. Todos los Estados que se han ido incorporando gradualmente a lo que hoy es la Unión Europea disfrutaron de una paz y una prosperidad sin precedentes. Mucho cambió en el mundo, pero, sobre todo, en los sistemas políticos más poderosos: en China, Rusia y Estados Unidos. Una vez alcanzada la estabilidad interna que un partido totalitario como el comunista chino puede garantizar, suprimiendo la oposición y castigando duramente a los opositores (Tiananmen, primero, en junio de 1989, y Hong Kong, después, desde hace ya algunos años, son las trágicas pruebas), China opera con agilidad y habilidad en un sistema internacional sin reglas. No parece estar interesada, ni oponerse, en principio, a un nuevo orden internacional. Su liderazgo es consciente de que ningún tipo de orden, aunque surgiera sin ella o incluso en su contra, podrá dar estabilidad al sistema internacional. Mientras tanto, silenciosa y aparentemente imparable, su expansión continúa gracias a la Ruta de la Seda. Con la agresión deliberadamente ostentosa a Ucrania, Vladimir Putin perseguía dos grandes objetivos: conquistar y someter a un país importante y democrático como tardía revancha por lo que se había perdido después de 1989/1991, y detener, si no revertir, el declive de Rusia, rescatando y relanzando el pasado imperialista. De manera secundaria, quiso enviar la señal de que no se puede construir un nuevo orden internacional sin reconocerle a Rusia un papel muy importante. Ya podemos constatar y afirmar no solo que Putin no parece capaz de alcanzar sus objetivos, sino que se convirtió en deudor de Trump, que le rindió homenaje en Alaska, y de Xi Jinping, sin cuya ayuda no podría continuar la agresión. Nunca más tendrá la fuerza para sentarse a la misma mesa que Trump y Xi, y se engaña si cree que el próximo orden político internacional será tripolar. Probablemente también le habría gustado al magnate de Mar-a-Lago, terrible simplificador con inclinaciones autoritarias, la aparición de un sistema tripolar con Rusia como contrapeso, al menos en parte, a China y para mantener ocupados a los exigentes y decadentes europeos que no sabrían defenderse y de los que querría un reembolso considerable por todos los gastos militares realizados por Estados Unidos en ochenta años. Mientras tanto, Trump sigue reafirmando su control sobre América Latina. Él decidirá la política de Venezuela. En cuanto a Cuba, se limita a esperar, luego los exiliados la recuperarán y la invadirán los turistas estadounidenses y sus pequeñas y grandes empresas: ¡Viva Coca Cola y la alta tecnología! Canadá debe tener mucho cuidado con lo que dice y hace, y México también debe comportarse mejor. En cuanto a Groenlandia, Trump dice que la necesita. La necesita pronto. Puede comprarla o simplemente ocuparla. Si su comportamiento, que no es solo el de un comerciante sin escrúpulos, sino sobre todo el de un imperialista sin frenos, ofende a Dinamarca y al resto de los europeos y hunde a la OTAN, peor para ellos. La inquietud del presidente estadounidense y el servilismo competitivo de sus colaboradores, que cortejan sus favores y ambicionan sus elogios, no descartan cambios, pero el camino del Make America Great Again está trazado y pavimentado. Pase lo que pase, el objetivo no será un orden liberal. Será una tripartición impuesta por las relaciones de poder: Estados Unidos, China y Rusia en lo que pueda. Una estabilización deseada por tres máximas autoridades septuagenarias que no intercambian ningún compromiso mutuo que no puedan o no quieran respetar. Todos los datos disponibles sobre derechos, libertades, comercio, distribución del poder y riqueza dicen en voz alta y clara que los más de 400 millones de ciudadanos de la Unión Europea viven en prosperidad, democracia y paz. Aprendieron las duras lecciones de la historia y, como diría Maquiavelo, con un poco de suerte y mucha virtud se convirtieron en auténticos privilegiados. Vivieron toda su vida protegidos por el gran escudo, casi gratuito, que ofrece la OTAN. Con muy pocas, pero notables excepciones (el francés Raymond Aron y el italiano Altiero Spinelli), los estudiosos y políticos europeos no se preocuparon por el regreso de la guerra a su continente, ni siquiera por la construcción y el mantenimiento del orden liberal internacional. La paz, parafraseando y criticando una tesis central del general prusiano Carl von Clausewitz (1780-1836), era (¡es!) la continuación de la política en los sistemas políticos democráticos y en las relaciones entre ellos. Con otro gran alemán, el filósofo ilustrado Immanuel Kant (1724-1804), podemos afirmar que si vis pacem, para democratiam (quien quiera la paz debe preparar la democracia). Las democracias no se hacen la guerra entre sí. Sus opiniones públicas lo impedirían. Faro del liberalismo constitucional, cuanto más se ampliaba, más aumentaba el alcance del haz de luz de la Unión Europea. El presidente francés François Mitterrand (1981-1995) ya deseaba que Europa se extendiera desde el Atlántico hasta los Urales. Me imagino el impacto, la preocupación y la irritación en las salas del Kremlin. Sin embargo, la Unión siguió ampliándose también en los Balcanes y entre los países candidatos a la adhesión se encuentran otros sistemas políticos excomunistas. Desde una perspectiva diferente, pero muy prometedora, se sitúa el acuerdo comercial de gran alcance alcanzado recientemente entre los países del Mercosur y la Unión Europea. Más problemático es el Plan Mattei propuesto por Giorgia Meloni para las relaciones de cooperación y los intercambios con muchos países africanos que, de otro modo, serían cortejados e influenciados por China. La ampliación no significa automáticamente una mayor capacidad política, sino más bien mayores dificultades para la toma de decisiones. También significa una mayor responsabilidad en la escena internacional mundial. Ninguna de estas operaciones se concibió con el objetivo explícito, que no sea la creación de un nuevo orden internacional, al menos la reducción del actual desorden bélico y beligerante. Pero, convenientemente orientados, con compromiso y esfuerzo, los acuerdos comerciales, podrían ir en la dirección correcta. Es una cuestión de liderazgo, político y cultural. Cuando falta este tipo de liderazgo, toma el relevo el liderazgo burocrático que, como sabemos, no está dispuesto a arriesgarse. Mejor conservar lo que hemos construido es también el pensamiento de muchos burócratas de alto rango del Partido Comunista Chino. En el caos actual, mientras Putin intenta aplastar a Ucrania y Trump devorar a Groenlandia, pocos se escandalizarán si China lanza su operación militar especial contra los chinos de Taiwán. En conclusión, normalmente soy contrario a las contraposiciones retóricas rígidas, pero en este caso siento la necesidad de ser muy claro. En el futuro, por un lado, veo un proceso muy difícil, que aún no comenzó concretamente, de construcción de un nuevo orden político internacional. Por otro lado, me parece más probable que se afiance un duopolio autoritario entre Estados Unidos y China, con algunos focos de resistencia dispersos. Uno de estos focos probablemente estará representado por la Unión Europea, siempre que no se vea debilitada y frenada por los soberanismos de derecha inclinados al compromiso, incluso a la baja. Mientras tanto, continuarán muchos conflictos armados y, al menos en parte, aprenderemos a vivir, de forma desigual y mal, en el desorden internacional. No es el futuro que deseo para los jóvenes. Gianfranco Pasquino es profesor emérito de Ciencias Políticas y miembro de la Academia Nacional de los Linces. Autor de numerosos libros, siente especial predilección por Entre la ciencia y la politica. Una autobiografia (2021), Bobbio e Sartori. Comprender y cambiar la política (2022) e In nome del popolo sovrano (2025). Traducción: Patricia Sar Sobre la firma Newsletter Clarín

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