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» Clarin
Fecha: 07/02/2026 08:56
Mi abuelo Pascual Antonio Liotti dejó su hogar en Cirò, en la provincia de Crotone, Calabria, con apenas veintiséis años. Había hecho el servicio militar en el regimiento de infantería de la Toscana. Llegó a las costas argentinas en 1953 a bordo del Andrea C, un transatlántico conocido en la historia por haber traído a cientos de inmigrantes. En Buenos Aires, Pascual tenía un hermano mayor, a quien recordamos con cariño como tío Antonio. Pascual y Antonio vivían en una pensión en Saavedra junto con otros paisanos. Trabajó en albañilería y en el ferrocarril Mitre. Y acá tenemos un detalle curioso de su vida. Mi abuelo trabajó como ascensorista en la Facultad de Medicina de la UBA. Se rodeaba de profesionales, pero él era un simple italiano que siempre le sacaba una sonrisa a la gente. Él jamás hubiera imaginado que, muchos años después, su nieta se recibiría de médica allí mismo. Mirá también No vengo de una familia de académicos ni de empresarios. Más bien todo lo contrario. Vengo de raíces resilientes. Vengo de los barcos que llegaron de Europa con los inmigrantes. No tenían dinero. Su único tesoro era el poder de sus sueños. Los movía el anhelo de hallar en esta tierra un lugar fecundo donde vivir sin hambre y sin guerra. Su juventud era su herramienta de trabajo. No conocían el idioma, algunos no habían terminado la primaria. Pero había dos cosas que conocían a la perfección: el sacrificio y la perseverancia. Hoy miro al cielo y doy las gracias. Jamás hubiese logrado alcanzar mis metas sin el ejemplo de mis padres y de mis abuelos inmigrantes. Para ellos debió haber sido impensado tener una nieta médica y escritora. Más, sin saberlo, mis abuelos me enseñaron el camino de los sueños. El romance siempre es parte de nuestra historia. Pascual conoció a mi abuela, Antonietta Josefina Fiore, en su pueblo natal. Le decían Quintina por ser la quinta de siete hermanos. Cuentan que Quintina y Pascual hablaban desde los balcones de sus casas. Él era siete años mayor que ella. Ambas familias eran agricultoras. Pascual envió una carta desde Argentina para pedir la mano de Quintina. Así se casaron por poder, aunque todo un océano se interponía entre ellos. Aunque hoy pueda parecer extraño, esta era una práctica usual en aquella época. Mi abuela llegó de Italia a los veintidós años. Dejó atrás a su familia y a sus amigos, apostando por un futuro que su país no podía darle. Algunos de sus hermanos habían estado prisioneros en África durante la Segunda Guerra Mundial. Con el paso del tiempo, mis abuelos pusieron un almacén y tuvieron dos hijos fruto de su feliz matrimonio: Franco y Ana. Mirá también Durante la Guerra de Malvinas, Pascual enviaba cartas a los soldados para darles apoyo. Como él también había sido soldado, sabía cómo transmitir coraje. Mi abuelo siempre decía que quería escribir un libro, tal vez narrando las aventuras de su vida. Él amaba contar cuentos e historias, propagaba la alegría como polen en el viento. Él era poesía, era el alma del hogar. Quizás la dura vida de Pascual no fomentó la lectura o la escritura, pero me alegra saber que yo logré hacerlo por él. Recuerdo las fiestas de fin de año en su casa. La comida casera, la felicidad de mis abuelos y sus bailes al compás de la música italiana. Hay cosas que no se olvidan, perduran en nuestra memoria. Tal vez el mayor recuerdo que tengo de ellos es su forma de ser, alegres y resilientes, a pesar de los problemas y las dificultades de la vida. Ellos siempre me regalaban libros. Ya de adultos, mis abuelos pudieron regresar a Italia a visitar a sus familias. Sin embargo, jamás quisieron volver. Porque Argentina era la tierra que amaban, la tierra que hizo brillar sus sueños. Nadie hacía mejores mates y asados que mis abuelos italianos. Mi abuelo José María Días Moura era oriundo de Forjães, Portugal. Eran once hermanos. Vivían del campo y la apicultura, sumidos en la pobreza. José cumplió quince años en el barco que lo trajo desde Europa. Pero al llegar a Buenos Aires surgió un inconveniente: la carta dirigida a su hermano, en la que anunciaba su viaje a la Argentina, nunca llegó a destino. Con tan solo quince años y hablando portugués, José fue intentado dialogar con las personas. Así consiguió llegar al horno de ladrillos del Colegio Militar de Palomar, donde trabajaba su hermano. Allí trabajó entre ladrillos desde su llegada. También manejó el tranvía, al que llamaban trolebús, y logró terminar la primaria en una nocturna. En su adultez, José consiguió tener su propio horno de ladrillos junto con dos de sus hermanos. Otro dato curioso de esta historia es que esos ladrillos participaron de la construcción del Hospital de Clínicas, centro emblemático para la salud argentina en donde cursé parte de mi carrera. El padre de José, mi bisabuelo Manuel Luis, tenía un talento muy particular. Sin tener estudios de ninguna clase, Manuel enderezaba huesos torcidos, curaba caries y atendía todos los partos. Era sin duda el médico del pueblo. Mas su sabiduría no venía de un título universitario, sino de un don innato. Mi amor hacia la medicina debe provenir de aquellos genes portugueses que no tuvieron la posibilidad de estudiar en una universidad pública. Cuando José tenía dieciocho años, trabajó también en una forrajería. Allí solía estar Carmen Lamazares, una niña de trece años que era la sobrina de la dueña. Muchos años más tarde, cuando Carmen rondaba los treinta, José se reencontró con ella en un bautismo. Carmen era argentina. Sus padres habían venido de Galicia, España. Vivía en Avenida de Mayo, frente al Palacio Barolo. En aquella época, solo estudiaban las personas más adineradas. Pero la madrina de Carmen había logrado inscribirla en un profesorado de inglés. Carmen trabajaba en Johnson y Johnson como traductora. José la esperaba con flores en la esquina de su trabajo. Con paciencia, José se ganó su corazón. Después de mucho sacrificio, José construyó la casa de sus sueños y se casó con Carmen. Años más tarde, cuando casi perdían las esperanzas de ser padres, llegó Ana. José siempre había tenido la intención de traer a sus padres de Portugal. Sin embargo, cuando tuvo el dinero suficiente para solventar el gasto, sus padres ya habían fallecido. Mi abuela Carmen fue una de las personas más influyentes en mi carrera literaria. No la veía como a una abuela, sino como a una hermana. Mi casa estaba repleta de los libros con los que ella había estudiado inglés. Eran novelas que yo no comprendía. Ella no recordaba de qué trataban las historias, pero sí recordaba los autores que más había amado. Así conocí de niña voces que marcaron mi escritura: Jane Austen, Charlotte Brontë, Arthur Conan Doyle y muchos más. Siempre hablábamos de literatura, de mi sueño de ser escritora. Durante las navidades de mi infancia, Carmen solía esconderse en el garaje de mi casa y tocar el timbre como si fuera Papá Noel. Jamás descubrí su truco, hasta que mi hermano y mis primos me lo revelaron. No era casualidad que siempre había algún libro en la bolsa de regalos que aparecía en el jardín. Compartí habitación con ella casi hasta que me casé. Yo estudiaba con cráneos y huesos en mi escritorio, a ella no le molestaban. De noche, solíamos jugar a las cartas por horas. Ella fue una de las primeras personas a la que le compartí mi sueño de ser escritora. Me aconsejó que estudiara una carrera, la que quisiera, pero que jamás olvidara mis sueños. También compartíamos momentos de lectura juntas. De grande, Carmen padeció maculopatía, por lo que ya no podía leer. A veces yo le leía alguno de sus libros favoritos, convirtiéndome en sus ojos. Vivió entre nosotros hasta los ciento tres años. Era la única abuela que me quedaba. Los demás habían fallecido jóvenes; no llegué a conocerlos a todos. Aunque no pude compartir con ella mis libros, sé que hoy me ilumina con su fuerza de voluntad gallega y ese ímpetu que la caracterizaba. Hoy mis abuelos viven en mí. Yo le doy vida a sus sueños. Soy la voz de su legado. El tiempo que pasé con mis abuelos es un tesoro lleno de aprendizajes. Me casé a los veinticuatro años. No fue todo sencillo. Pero, al igual que la historia de Pascual y Antonietta, el amor siempre vence. Si no fuera por mi esposo Juan, nunca hubiera autopublicado mi primer libro. Fue él quien contactó a la editorial Tinta Libre de Córdoba. Yo no me atrevía a vencer mis miedos. Y seguí escribiendo, guardando mis manuscritos en un cajón como mi bien más preciado. El libro salió en plena pandemia. Las ventas fueron mínimas. Y aún así seguí escribiendo. Más tarde participé de una convocatoria de Editorial Vestales. Así nacieron Un asesino entre nosotros, Todos Mienten y Alguien morirá esta noche. Años más tarde llegué a Penguin Random House con Instinto asesino y Alaska Salvaje. Mis abuelos me enseñaron a luchar, a no bajar los brazos, a darlo todo por un sueño. A pesar de haber sido rechazada infinidad de veces por distintas editoriales, hoy mis lectores me apodan la Agatha Christie argentina. En mi casa nunca sobraba el dinero. No hacíamos viajes lejanos, no teníamos un auto nuevo. Pero mis padres me mandaron a los mejores colegios, nos dieron un hogar de fe y cariño y una educación excelente. Jamás me negaron un libro. Fue mi mamá quien me regaló mi primera novela de Agatha Christie, mientras yo cursaba una enfermedad. De niña, cuando cumplía años, mi familia me llevaba a una librería para que eligiera el libro que quisiera. No hay médicos en mi familia, tampoco universitarios. Y, sin embargo, lo logré. Tampoco hay escritores, apenas lectores ocasionales. Y, sin embargo, lo logré. Lo logramos. ¿Cómo iba a convertirme en médica viniendo de una familia sencilla? ¿Cómo iba a convertirme en escritora sin contactos, sin miles de seguidores? Con dos palabras que me dejaron mis abuelos inmigrantes: sacrificio y perseverancia. Sobre la firma Newsletter Clarín
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