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  • Pilar Gamboa, la reina de la comedia: "La risa es mi antídoto para vivir"

    » Clarin

    Fecha: 07/02/2026 07:33

    Es una de las actrices del momento, dotada con un talento muy particular que le permite destacarse. Auténtica, congruente, se expresa sin filtros; no utiliza frases retóricas para edulcorar momentos ni quedar bien. Pilar Gamboa va de frente, pero cuidando al otro, con la mirada profunda pero cálida y, sobre todo, siempre risueña. Actualmente es una de las protagonistas, junto a Soledad Villamil y Julieta Díaz, de la obra Las hijas, sensible y emotiva, la primera que tiene a Adrián Suar como director de teatro, en el Paseo La Plaza. Además, este mes, saldrá de gira por Europa con una obra de Romina Paula. Es también una de las caras visibles de las exitosas series Envidiosa, Viudas Negras y División Palermo. Del teatro off, donde brilla con sus compañeras de Piel de Lava, al streaming más popular, sin escalas. Madre de Manu y Anita, sus pequeños hijos, Pilar se entrega sin red a este retrato íntimo donde recorre grandes temas como los nacimientos y las pérdidas, su temor a envejecer, sus dudas con respecto a la maternidad y la risa como recurso sanador. -¿Cómo estás? ¿Cómo te sentís? -Bastante relajada. Por ahí, si la nota se hubiese hecho en diciembre, te habría dicho muerta, agotada, pero tuve vacaciones. Vengo de la naturaleza, estuve medio hippieando en el verde. Igual, yo tengo como una vida feliz, ¿viste? Como, para mí, trabajar de lo que me gusta me apasiona, me prende fuego, hace que tenga un anteojo para ver la realidad con mucha felicidad. -¿Y soñabas con esa vida feliz? -Mirá, yo nunca fui muy soñadora a futuro. Soy más como del presente, nunca tuve grandes metas. Nunca me puse grandes zanahorias en el camino. Cuando descubrí la actuación, me pasó algo tan profundo, tan de la experimentación, del orden de lo vocacional, que no me planteé un futuro. Empecé a hacer, a trabajar en teatro, armé un grupo de trabajo, Piel de Lava, que ya lleva veintiún años con mis amigas de toda la vida. Fui siempre feliz de haber descubierto lo que me gusta hacer en la vida. Como que eso llenó tanto el vaso que nunca sentí la mitad vacía. Entonces, no es que después pensaba: Uh, ojalá me llame Suar, Almodóvar o no sé... Vengo de una familia trabajadora, clase media muy laburante: mi mamá era muy genia y obrera del trabajo. Y siempre en mi casa las cosas se conseguían con esfuerzo, con lo bueno y con lo malo de eso. Ella tenía una madre que había vivido la Guerra Civil Española, entonces el sacrificio era como transversal a la vida. Y a mí, por eso, después de años de terapia, el esfuerzo se me unió con el placer. A una pareja, le dije de tener un hijo y me respondió que no. Fue muy duro de escuchar. La maternidad: ¿deseo o mandato? -¿Había otras metas, deseos no necesariamente del mundo profesional? Por ejemplo: ser madre. -Sí, el bicho de la maternidad me picó muy tarde en la vida. Al principio no soñaba ser mamá. Hay algo que pasa en las mujeres, inevitablemente, que es que en algún momento te lo tenés que preguntar, porque es así el camino, y yo me lo pregunté. Fue los 35, con una pareja que ya tenía una hija. No era menor que mis amigas ya hubieran empezado a ser madres. Y entonces vino todo un trabajo sobre saber si es mi deseo o es un mandato. ¿Quiero o no quiero? Y en un momento dije: Bueno, puede llegar a ser una vida interesante tener un hijo, traer alguien al mundo. Y lo planteé y él me dijo que no. No quería tener hijos porque ya había sido padre, y yo tenía 35. Fue hace diez años. Y eso fue bastante duro de escuchar en el momento. Bueno, finalmente, por esa razón y por muchas otras, me terminé separando en un momento muy difícil de la vida, entre comillas. Momento útil para procrear de la mujer, como a los 36. -Te preguntaste algo como: ¿Y ahora qué sigue? -¿Y ahora? ¿A dónde? Y me angustié mucho en ese momento, tanto que... pensé: Bueno, pero... ¿por qué me angustio tanto? ¿Tanto es mi deseo de tener un hijo? Entonces, ahí empecé a separar un poco la paja del trigo. Cuando alguien te dice que no, pareciera que tu deseo se acrecienta, se te vuelve como una especie de locura. Bueno, muchos años de terapia, de trabajar el tema y en un momento solté. Dije: El guionista de esta película que es mi vida sabrá si esto es para mí o no. -¿Y sentiste de verdad que lo habías soltado? -Lo solté, sí, pero tras muchos años de proceso. Si eso está escrito para mí, llegará. Y si no está escrito para mí, no. Y ahí apareció Ignacio (Sánchez Mestre, también actor), que es mi novio. Y cuando nos conocimos, enseguida estuvo la conversación de los hijos. Tuve a Manu a los 40 y a Anita -completamente paracaidista, yo-, a los 42. Terminó pasando, terminó siendo. -En realidad, hay como un proceso en tu vida que también tiene que ver que, en lo profesional, empezaste a vivir de lo que te gustaba un poco más madura, más allá de que amabas tu vocación -Sí, de hecho siempre tuve un montón de trabajos. Empecé a ganar dinero de la actuación a los 31, 32 años. Pero actuaba desde los 19. Ahí se me armó el milagro, recién a los treinta y pico. Nunca dejé de actuar, nunca dejé de hacer teatro. Tenía otros trabajos, pero iba a ensayar, hacía una obra. -Y tenías una vida feliz también, que es lo que decías en principio. -Muy feliz, muy feliz. De los veinte a los treinta, todo ese despertar, de mucha ebullición del teatro, post 2001, amigos que pasaban, autores, libros. (Piensa). Cuando yo le dije a mis padres que quería ser actriz, hubo alegría. Sí, pero estaba esto de que hay que tener el título universitario porque había mucha admiración hacia los profesionales. Recuerdo una conversación con mi mamá, donde le vi cara de preocupación. Cuando yo dejé un trabajo que tenía, dije: Ahora me salió una obra en el San Martín, voy a tener un sueldo, y me pedí una licencia. -Pero no sobraba la plata -No, no sobraba. Si me iba mal, no me podían pagar el alquiler del departamento. Creo que eso era lo que más la angustiaba a mi mamá. Y recuerdo con claridad que le dije que me va a ir bien. Mi mamá falleció hace tres años, pero finalmente pudo ver que empecé a vivir de la actuación por mucho tiempo. Y siempre recordaba: ¿Te acordás cuando me dijiste que te iba a ir bien? Y se emocionaba y lloraba. Porque, para mí, que me fuera bien no tiene que ver solo con la exposición. O sea, para mí lo de la exposición, lo público; es algo que viene como efecto colateral de la actividad que tenemos. Cuando se murió mi mamá, me sentí profundamente sola. Una especie de desamparo. Pilar Gamboa y la muerte de su madre -Mencionaste a tu mamá. Pensaba en esta obra que estás haciendo, Las hijas, donde ahí se cruza un poco todo: las madres, pero también los hermanos, ser hijos. ¿Se te mueve un poco todo lo vivido con ella? -Mi mamá se murió de un día para el otro. Fue una especie de muerte súbita. No la vi deteriorarse a mi vieja. Entonces, la imagen que yo tengo de ella es de vitalidad. Tenía 77 años, pero era una persona muy vital. Entonces, lo que sí se me mueve con la obra es lo que le pasa a uno con una madre. O sea, cuando se murió mi mamá, me sentí profundamente sola: ella era una mamá presente... (Medita). Mi papá vive, no sé qué se siente cuando se muere un padre, pero hay algo de una especie de desamparo cuando muere la madre, como la sensación de la orfandad. Yo creo, más allá del tipo de vínculo que tengas con tu mamá, que una capa tectónica se mueve cuando ella se va. Esa zona sí me moviliza con la obra, algo del vínculo materno. -¿Qué más te moviliza? -También me moviliza que, cuando se murió mi vieja, yo charlé mucho con mi hermana. Y nos dimos cuenta de que ella tuvo una madre y yo tuve otra. Y fue el mismo cuerpo el que nos crió y casi juntas, porque nos llevamos dos años, y aun así, cada una tuvo una diferente. Yo soy una madre con un hijo, y soy otra con mi hija. Esa premisa de la obra me parece conmovedora, emocionante, y también cuando llega el momento de la vida en que uno tiene que cuidar a sus padres. -Y cambia el vínculo con los hermanos cuando los padres empiezan a envejecer y son adultos mayores. Aunque no fue el caso con tu mamá, pero quizás lo sea ahora con tu papá. -Sí, con mi papá sí, re. Mi papá tiene una discapacidad. Tenemos la dicha de que sigue viviendo en su casa y tiene la cabeza recontra bien. Pero bueno, sí, es un padre que está por cumplir 80 y tiene una discapacidad y es grande. (Hace un silencio). Esto a veces, me lo pienso; digo: Ay, cuando yo sea mayor, yo que tuve a mis hijos de grande -¿Y que pensás? -Que los tuve a los 40 y 42, así que voy a ser muy grande cuando ellos crezcan. El otro día, Manu me dice: Cuando yo tenga 20, ¿vos cuántos años vas a tener? (Se ríe). Y no querés escuchar el resultado. Pero a mí me pasó así en la vida. Son esos momentos en donde pienso que no quiero ser una carga para mis hijos. Cuando entro así en esas zonas de esos pensamientos, vuelvo al presente, porque la estoy pasando bien. -Te angustia envejecer -Me angustia, sí. La vejez me angustia... El paso del tiempo, sobre todo, la pérdida de movilidad. Ver que el cuerpo ya no te reacciona como antes. Todo eso es un poco angustiante de pensar a futuro. Y a la vez es lo inexorable, es lo que va a suceder. También creo que nuestra generación es superadora en relación a nuestros padres, que no hacían ejercicio, se alimentaban peor. Yo creo que vamos a llegar un poco mejor que nuestros viejos, ¿no? -¿Cómo sos como madre y cómo te gustaría que crecieran tus hijos? -Como madre, no sé, hago lo que puedo. Tengo buenas intenciones, ojalá que lo valoren (sonríe), pero quiero criar hijos empáticos. Yo tuve una infancia muy feliz y por eso pienso que es muy liberador el juego. Entonces, intento que mis hijos tengan una infancia así. Me siento a jugar con ellos, a veces más comprometida, otras menos, pero intento no darles el teléfono celular para que se entretengan. Tienen tres y cinco años. Apunto a que conversemos en los almuerzos. En las cenas no estoy por el trabajo, que es duro también, es un esfuerzo familiar bastante grande. (Hace un silencio). Me quedo más tranquila que ellos se están criando con una madre deseante. Después me debo estar mandando miles de cagadas, igual harán terapia si pueden (sonríe). -Mencionaste en varios pasajes los procesos terapéuticos que hiciste. ¿Cuáles creés que fueron los momentos en los que necesitaste de ese acompañamiento? -El proceso terapéutico me ayudó a los 28 años, que fue como un cimbronazo, que para la astrología es la primera vuelta de Saturno y es como crítico. No entré en una crisis muy profunda, pero me preguntaba si iba a vivir de la actuación. Tener trabajos que no te gustan es muy desgastante, sobre todo cuando ya sabés lo que te gusta. Yo trabajé muchos años en atención al público. En ese momento yo me podía pagar un alquiler, ahora ni siquiera los pibes pueden y se tienen que volver a la casa de sus padres, porque es dificilísimo vivir. -Ahí, en ese trabajo, ya no era la vida feliz. -Claro, lo que pasa es que después iba a ensayar, iba a hacer funciones y la felicidad me venía: salía con mis amigos a comer a una parrilla después de la función, usando los dos mangos que habíamos ganado y la alegría era a baldes. -Estabas contando de tus momentos claves en los que fuiste a buscar ayuda, a escucharte con algún profesional -(Piensa). Tenía un noviazgo largo y ya la relación se había empezado como a desgastar y pensaba en la separación. En general, los procesos terapéuticos me ayudaron al amor, a los vínculos de pareja, siempre. Ver si quería ser madre, si era mandato o deseo. -Seguramente, todo este proceso de duelo por tu mamá habrá sido de gran contención, ¿no? -Sí, recontra. La muerte de mi mamá, para mí, fue muy dura, muy dura. Sobre todo por lo inesperado. Bueno, la muerte siempre es dura. Tengo amigas a las que se le han muerto las madres de enfermedades largas y siempre es difícil. Pero bueno, esto fue así, muy shockeante. Y mi mamá falleció cuando Anita recién había nacido. Entonces, la muerte y la vida, juntas. Fue fuerte. Sigue siéndolo, eh. Por momentos. Por eso, al hacer la obra, también hay algo ahí que se me libera. Pienso en ella. Me da pena que no haya podido ver la obra que estoy haciendo. A veces la extraño en esas cosas. -¿Atravesaste situaciones de la vida por ahí difíciles, traumáticas, que ahora quisieras borrar de tu memoria? -Justamente, la muerte de mi vieja, ésa es la que más quisiera borrar. -¿Borrar para olvidar? -No, para olvidar, no. Bueno, sí, borrar para olvidar. Me hubiese gustado no vivir esas 24 horas en mi vida. Pero a la vez, ¿quién no tiene 24 horas que le hubiese gustado no vivirlas? Y más con 45 años en el haber. Sobre todo, las primeras 24 horas de mi hija recién nacida y mi mamá muerta en la cama. O sea, fue terrible todo ese momento. Fue muy, muy, duro. Yo muy puérpera, no entendiendo nada, dando la teta y mi mamá tendida en la cama. Mi papá no entendiendo nada, sentado en el sillón, mi hermana llorando a los gritos. Todo ese día hubiese querido no vivirlo nunca. Pero, bueno, soy quien soy porque viví ese día. Si yo me puedo reír en un velatorio, ¿cómo no me voy a reír de algo absurdo? El efecto de la risa -¿Y tenés espiritualidad? ¿Conectás con algo que te pueda vincular con tu mamá más allá de lo terrenal? -No, no tengo tanta... Tengo muchas conversaciones con ella por dentro. -¿Creés en algo? ¿En alguien? -Me encantaría decirte que sí, pero no. Me pasa mucho cuando estoy en la naturaleza, que creo en una fuerza superior. Pero no sé si es Dios, ¿no? Sí creo como en una especie de cosa mucho más arriba que nosotros. Cuando estoy en contacto con la naturaleza me pasa. Después soy re atea también, ¿entendés? -¿Sos temperamental? -Sí, soy temperamental. Pero no tanto como los personajes que actúo. De hecho, me cuesta el conflicto, y en el trabajo, ni hablar. O sea, estar en un lugar donde la gente sabe que hay un conflicto, donde la gente se pelea, vivir eso me cuesta un huevo , me angustia. Y a nivel personal también me cuesta pelearme, enojarme. (Piensa). Me dicen: Vos tenés pinta de brava. Son los personajes que construyen a esos bravos, no soy yo así. -Y te reís mucho, ¿no? -Muchísimo. No la puedo pilotear si no me río. Siempre busco el chistecito, el humor. De hecho, hay veces que digo: Debo ser la única que está haciendo chistes para soportar esta situación. La risa es mi antídoto para vivir. Si yo me puedo reír en un velatorio, aunque esté llorando porque acabo de perder una persona amada, ¿cómo no me voy a reír de algo absurdo que veo? -Sería como disociar un poco para aflojar. -Sí, es como agarrarme de ahí para respirar y sobrevivir. Cuando uno se puede reír en la tragedia, es interesante. (Piensa). Cuando nadie afloja, yo ahí voy a estar para ponerle humor al síntoma. -Claro, tenés la habilidad de este recurso en un momento de tensión que nadie lo tiene o le sale. -Soy buena en eso. Me sale por mi propia incomodidad, por no soportar la tensión que hay. Tengo esa varita mágica. A veces, obvio, no me sale o me interesa que salga. -Contaste que con tus padres nunca sobró, pero tampoco faltó. ¿Viviste alguna carencia en tu vida, no solo económica? -Afectivas un montón. Siempre fui carente. Siempre quise que me quieran. Con los años lo fui trabajando. Esto de agradar. El único momento donde yo podía pensar que alguien decía algo feo de mí, me liquidaba. ¿Entendés? Ese tipo de carencia. Pero: ¿para qué quiero que me quieran? Ya es más una compulsión de ser querida que de... Eso con el tiempo lo recontra trabajé. Ahora siento que estoy mucho menos carente afectivamente. Y después, nunca sufrí carencia económica, nunca me sobró, pero nunca me faltó. O sea, como de clase media que no sobra y no falta. -En relación a esa carencia afectiva, ahora con tu popularidad¿Cómo te afecta la mirada ajena? -Mirá, yo recibo mucho cariño. No me ha pasado aún algo diferente, y ojalá no me pase, porque ahí te llamo y te lo digo. Pero lo que yo recibo por la calle, siempre es agradecimiento. Me dicen mucho: Gracias por la risa. Eso realmente me re emociona. -No estás pendiente del aplauso, en todo sentido. -No, no. Cuando llega, me da mucha alegría. Pero no pienso en eso. -Dentro de muchísimo, muchísimo tiempo, ¿Cómo te gustaría que te recordaran? -Como alguien alegre. Que digan algo así: ¡Qué alegría que tenía esa mujer!. Agradecimiento: Palacio Paz Hotel, locación de las fotos. Newsletter Clarín

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