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» La Nacion
Fecha: 07/02/2026 02:14
El estreno de la serie Más que rivales en HBO Max se suma a una tendencia que cambia la forma en que el romance y la pasión se muestran en las plataformas de streaming - 11 minutos de lectura' En las inolvidables palabras del señor Darcy, el protagonista de la novela Orgullo y prejuicio de Jane Austen, o más bien de la línea de diálogo del personaje incluida en su adaptación cinematográfica de la estrenada en 2003, la serie Más que rivales que se estrenó el viernes en HBO Max, ha logrado embrujar el cuerpo y el alma de los espectadores en todo el mundo. Aunque el drama sobre el romance entre Shane Hollander (Hudson Williams) e Illya Rozanov (Connor Storrie), dos jugadores profesionales de hockey sobre hielo comparte con el señor Darcy ese anhelo que él siente por Elizabeth Bennet y ellos el uno por el otro, la serie de seis episodios existe en un universo narrativo casi opuesto a la comedia de modales de Austen y sus traslaciones a la pantalla. En el programa que lanzó tres episodios esta semana y la próxima estrenará los otros tres que componen su primera temporada -la segunda ya fue confirmada-, ese deseo se expresa en intensas escenas de sexo que forman parte integral de la trama basada en la novela romántica escrita por Rachel Reid. Lejos de la alta literatura y más cerca de la lectura culposa de los relatos eróticos de portadas con modelos aceitados, cuerpos musculosos y heroínas encorsetadas, la historia de amor y pasión gay se suma a una nueva era para la ficción en serie: la televisión ardiente. Outlander y Bridgerton, otras dos inmensamente exitosas adaptaciones literarias a la pantalla chica, sembraron con sus romances mayormente heterosexuales- aunque ambas incorporan amores homosexuales en sus tramas-, lo que Más que rivales ahora está cosechando. El trío, al que podría sumarse con ciertas diferencias de tono Como agua para chocolate, cuya segunda temporada se estrena el 15 de febrero en HBO Max, se inspiró en la palabra escrita para presentar al deseo y la satisfacción sexual como un estado ideal, sin culpas ni vergüenzas. Incluso en el universo de la regencia plasmado en Bridgerton en el que la virtud femenina es una de las más valiosas monedas de cambio con las que cuentan las señoritas en edad casadera, los encuentros ardorosos hacen avanzar la historia. En la cuarta temporada recién estrenada, Benedict (Luke Thompson), el libertino segundón de la familia, no esconde su atracción por Sophie (Yerin Ha), la nueva sirvienta de su casa. La combinación del misterio alrededor de la identidad de la protagonista y la emoción de lo prohibido elevaron a los primeros cuatro episodios de la nueva temporada de la serie de Netflix a la altura de la primera entrega de la saga basada en las novelas de Julia Quinn. Pero, sobre todo, ratificaron que, como con Outlander, cuya octava y última temporada se estrenará en los próximos meses, el punto de vista desde el que se narra la pasión sexual es el femenino. Algo que se expresa, entre otras cosas, en la notable cantidad de planos de los torneados cuerpos masculinos que aparecen en los episodios. Un cambio radical para la tradición televisiva que siempre contó y filmó el deseo desde la perspectiva masculina. Especialmente desde que las señales de cable premium y luego las plataformas liberaron a los guionistas y productores de las restricciones de la TV abierta en cuanto a desnudez y temas adultos, el cuerpo femenino fue exhibido como botín de guerra y muchas veces como objeto de humillaciones y violencia. Así aparecían en ficciones de la talla de Los Soprano, Game of Thrones, House of Cards, Mad Men y tantas otras que solo en contadas ocasiones retrataban a los personajes femeninos teniendo algo que decir sobre sus propios cuerpos. Cumbres borrascosas Del lado de la pantalla grande, el inminente estreno de una nueva versión de Cumbres borrascosas, dirigida por Emerald Fennell y protagonizada por Margot Robbie y Jacob Elordi, demuestra la influencia de la avanzada televisiva. Con un presupuesto y un elenco de estrellas que exceden los relativamente modestos límites de las producciones del streaming, la directora parece haber tomado la imaginería de las novelas de romances encendidos que probaron su éxito con creces en la pantalla chica para darle nueva vida a la trágica historia de Cathy y Heathcliff. Tal vez una herejía para los lectores de la novela gótica de amour fou de Emily Brönte. Lo cierto es que el hecho de que gran parte de la trama de Bridgerton esta temporada gire en torno a la insatisfacción sexual de una de sus protagonistas y al renacer de la pasión de otra le debe mucho a Outlander, basada en las novelas de Diana Gabaldon, que desde el principio presentó a Claire, su heroína, como una mujer segura de sí misma y de lo que quiere fuera y dentro de la cama. Una forastera llegada del futuro que, al menos en términos de la narrativa televisiva, parece que ya llegó. Pasión de multitudes Desde que Más que rivales se estrenó a finales de noviembre primero a través de la plataforma Crave, un servicio de streaming del que nadie, fuera de Canadá, había escuchado hablar, y luego como adquisición de HBO Max en los Estados Unidos, la serie, sus personajes y los actores que los representan se transformaron en fenómenos de tal magnitud que impulsaron el estreno de la ficción a nivel global, la creación de innumerables posteos en redes, la relectura de la novela que inspiró al programa y hasta el interés de su público por el hockey sobre hielo. Y logró una hazaña que solo un puñado de éxitos del streaming consiguen: el visionado repetido de sus seis episodios. Una contundente confirmación de que, a pesar de que Más que rivales es un programa de TV tradicional en cuanto a su formato, seis episodios de poco menos de una hora de duración, su enorme atractivo excede su forma. Especialmente cuando se trata del público femenino que consume el romance prohibido entre Hollander, el tímido jugador de hockey canadiense y su rival ruso, Rozanov, con un fervor que movió fronteras y logró que casi de inmediato su influjo se expandiera por el mundo y que en poco más de dos meses los medios masivos tradicionales tomaran nota. Lo que parece ser una eternidad para la atmósfera de la cultura actual, pero que para la TV supone una velocidad de movimiento inusual. Entonces ¿qué es exactamente lo que fascina a los seguidores de la serie? ¿Y por qué, como parecería demostrar la gran cantidad de posteos en redes sociales de mujeres de diferentes edades reaccionando a las apasionadas escenas amorosas de Shane e Ilya, atrae a un público mayormente femenino? Las explicaciones son varias y abarcan fenómenos que de alguna manera superan los límites de la ficción. Para empezar, el programa que el diario The New York Times llamó la próxima frontera de la cultura gay, utiliza los elementos de la novela romántica clásica en un contexto que no lo es. Toda narración que intente contar una historia de amor con final feliz debe tener uno o más obstáculos que en principio impidan que los protagonistas puedan estar juntos y que, luego de mucho drama y sufrimiento, puedan superar. Por estos días, un relato romántico heterosexual ambientado en el mundo moderno debe hacer malabares para encontrar un impedimento que resulte más o menos creíble para su historia: las diferencias económicas, sociales o culturales ya no tienen el peso para desviar el curso del amor verdadero como lo tenían antaño. Una dificultad que afecta mayormente a las comedias románticas actuales, pero que también sufren los dramas, que tal vez por eso se refugian en el pasado o en la fantasía. Pero Más que rivales no necesita reinventar la rueda del impedimento: sus personajes centrales son dos talentosos deportistas profesionales que juegan para equipos rivales y cuyo romance, de descubrirse, podría tener consecuencias catastróficas para sus vidas públicas y privadas. No importa que a esta altura del siglo 21 la salida del clóset ya no cargue, en términos generales, con la certeza de la tragedia que implicaba en otros tiempos, en el caso de Shane e Illya, la expresión de sus deseos debe permanecer en secreto. Y esa cualidad de romance prohibido ayuda a crear una tensión narrativa que se traduce en emociones titilantes para el espectador. Porque, antes que nada, la serie se trata de un cuento de hadas entre dos hombres que imagina un mundo mejor en el que el amor y el sexo resultan profundamente satisfactorios para los dos personajes que, más allá de las dificultades de comunicación que puedan tener, son compatibles primero físicamente y más tarde también emocionalmente. Si bien las escenas íntimas son bastante gráficas y adultas, la historia de amor entre el chico malo ruso y el buenazo canadiense tiene algo de adolescente, del descubrimiento de algo nuevo, de un mundo que ambos experimentan por primera vez. De hecho, la trama comienza cuando Shane e Illya se conocen en la adolescencia -según la novela tienen poco más de 17 años- y sienten una atracción que los arrasa a pesar del obvio riesgo que implica concretarla. Con algunas de las características de los libros pensados para jóvenes adultos, sobre todo en cuanto a la idealización del mundo adulto y el romance, la serie trasciende ese subgénero en el que el deseo y el sexo apenas se insinúan o están directamente fuera de cuadro. Esta historia muestra a hombres sexualmente accesibles, contrario a lo que solemos encontrar en las ficciones heterosexuales. Estos protagonistas expresan deseo, miedos y conflictos internos, conectando mucho con el anhelo de vínculos más intensos, emocionales y pasionales que muchas quisieran poder establecer con sus propias parejas. Más allá de la orientación sexual de sus personajes, lo que interesa es ese modelo de amor igualitario y emocionalmente más rico, ensayó a modo de explicación del fenómeno y su influjo sobre la audiencia femenina la psicóloga y sexóloga Silvia Sanz en un reportaje con el diario El País. Según dijo Rachel Reid, la autora de las novelas originales en una entrevista con The Hollywood Reporter, el tórrido interés de la platea femenina por la historia de amor gay tiene una razón algo más sombría: Muchas de mis lectoras prefieren que no haya una mujer en el libro debido a su propio pasado, generalmente oscuro, relacionado con el sexo con hombres. Prefieren sumergirse en una fantasía donde no hay nadie con quien puedan identificarse directamente. No quieren involucrarse en estas escenas de sexo. Simplemente se sienten más seguras así. Lo cierto es que más allá de las respuestas de la academia e incluso de la crítica cultural, resulta evidente que gran parte de la receta del suceso de Más que rivales, un proyecto de bajo presupuesto grabado en apenas 37 días, se basa en sus protagonistas. Convertidos en ídolos populares de la noche a la mañana gracias al programa, el hecho de que Williams y Storrie fueran desconocidos para el público general sumó un matiz fundamental para su éxito viral. La suspensión de la realidad y el abandono de cualquier pretensión de verosímil que una fantasía como esta le pide a sus espectadores funcionaron a la perfección gracias a que pudieron borrar las líneas entre los sentimientos que les generan los personajes y aquellos que trasladan a sus intérpretes. Los jóvenes actores fueron primero tabula rasa para que el público imprimiera en ellos las características de sus queribles personajes de la ficción y luego, cuando demostraron ser carismáticos a más no poder y no estar contaminados, por ahora, por la maquinaria de promoción de la industria audiovisual, de alguna manera redoblaron la apuesta. Los espectadores parecen adorar a Williams y Storrie tanto como aman a sus personajes del cuento: un amor en paralelo que se retroalimenta entre ambos pares y que también ya insinuó sus costados menos agradables en las redes sociales, veloces a la hora de entronizar y más rápidas aún para derribar a sus ídolos. Pero más allá de los rigores de la cultura parasocial, lo cierto es que, gracias al inesperado impulso de Más que rivales, todo parece indicar que la TV está lista para dejar de lado viejos y limitados modelos para abrazar el tipo de fantasías sexuales y románticas que embrujaron al público en cuerpo y alma. 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