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  • El traje del ministro, fábula del cambio de régimen

    » La Nacion

    Fecha: 07/02/2026 00:31

    El traje del ministro, fábula del cambio de régimen Existe un pasado al que la sociedad argentina no quiere volver y que explica la desorientación de parte de la dirigencia, que no termina de entender a Milei y que a veces no acierta siquiera en el discurso para contestarle - 7 minutos de lectura' Un desprevenido podría suponer que Luis Caputo cayó esta semana en una distracción cuando reveló, suelto de cuerpo y sin saber las reacciones que provocaría, que jamás había comprado ropa en la Argentina. Pero, horas después, en una entrevista con Luis Majul, Patricia Bullrich hizo exactamente lo mismo: mostró orgullosa y delante de las cámaras su saco adquirido en Estados Unidos. Lo más probable es que ninguno haya improvisado: el Gobierno instaló así una discusión con los textiles, un sector bastante más cercano al bolsillo del consumidor que el de los tubos con costura, el de Paolo Rocca, con quien había confrontado la semana pasada. Son contrapuntos que, sumados al lanzamiento de la oficina de anti fake news, parecen alineados para poner en práctica una estrategia que los asesores de comunicación llaman invasión de zona y que consiste en saturar la conversación pública. Nada muy novedoso en el mundo: fue, por ejemplo, el camino que llevó a Zohran Mamdani a la alcaldía de Nueva York. Es deliberado. Esta vez las elecciones están lejos, pero el Gobierno tiene por delante un horizonte bastante más arduo: un cambio de régimen económico. La transición desde un modelo cerrado, inflacionario, corporativo y con tasas de rentabilidad que van del 50 al 100% hacia uno más abierto, de utilidades más acotadas y basado en la competencia. Lo de Milei es una enorme apuesta. La Argentina está tan cerrada que los funcionarios más optimistas proyectan que, con suerte y si todo marcha, como dice Santiago Caputo, acorde al plan, alcanzar los niveles de libertad económica de Paraguay podría insumirle al país unas dos décadas. Difícil que el proceso esté exento de costos. Cierres, despidos. Entre fines de los 80 y principios de los 90, cuando se abrió comercialmente al mundo, Australia debió resignarse a que su tasa de desempleo se duplicara (del 6 a casi el 12%). Hoy está en el 4%. Ricardo Arriazu, un economista que coincide en líneas generales con el programa económico, advirtió el año pasado sobre la necesidad de atender a los heridos de los años que vienen porque, dijo, la destrucción siempre será más rápida que la creación. Milei parece tan convencido del rumbo que lo ubica por delante de cualquier dificultad, incluso las ocasionadas a quienes están de su lado. Hasta Marcos Galperin ha manifestado objeciones con empresas chinas. El 80% de los empresarios votamos a este gobierno y no sabemos lo que está pasando, se quejó esta semana Claudio Drescher, dueño de Jazmín Chebar y presidente de la Cámara Argentina de la Indumentaria. Y es probable que varios dueños de los laboratorios nacionales que protestan desde anteayer por el acuerdo firmado con Estados Unidos hayan hecho en su momento aportes a la campaña libertaria. La discusión con Paolo Rocca, hasta ahora el conflicto más visible, dejó en un lugar incómodo a toda la Unión Industrial Argentina, cuya cúpula prevé encontrarse la semana próxima con el ministro de Economía. Esta semana, cuando Jonatan Viale le preguntó a Caputo por qué Milei había bautizado a Rocca don Chatarrín, el de los tubos caros, el jefe del Palacio de Hacienda le restó importancia. No es personal: él da siempre la batalla cultural. Nunca es nada personal: puede parecer personal por los apodos, dijo. El Gobierno parece haber querido agregarle al asunto una recomendación para próximas licitaciones: no es aconsejable que en esos procesos existan segundas revisiones, como planteó Rocca en su segunda oferta, porque eso ahuyenta a los inversores. Al contrario de lo que ocurre en el establishment tradicional, nada de esto tensiona a los libertarios. Ellos lo ven al revés. Suponen que el mundo occidental está configurado desde hace tiempo en la lógica del libre mercado y que incluso Donald Trump falla a veces en su estrategia discursiva y proteccionista. Es un modelo que la gente eligió, plantean. ¿Es así en todo el mundo o solo en la Argentina? Los analistas no coinciden. El consultor Gabriel Slavinsky, por ejemplo, cree que el triunfo de Milei se debe en primer lugar al fracaso del peronismo. Sea lo uno o lo otro, existe indudablemente un pasado al que la sociedad argentina no quiere volver y que explica la desorientación de parte de la dirigencia, que no termina de entender a Milei y que a veces no acierta siquiera en el discurso para contestarle. ¿Sabrá Alberto Fernández que sus tuits contra el Gobierno son exactamente lo que la Casa Rosada espera de él? No habrá debate más atractivo para quienes, más allá de las declaraciones, están convencidos de que lo que viene es económicamente escabroso. En esos términos habría que entender también la discusión por la nueva canasta de precios del Indec. El disparador de la controversia no fue el índice de enero, que se conocerá el martes, sino lo que viene: la reducción de subsidios tarifarios que se retomará este mes. Al Gobierno lo inquieta no solo el impacto directo en los bolsillos, lo más obvio, sino un IPC que hace un año imaginaba en descenso más rápido. En la metodología que proponía Lavagna, la ponderación de los servicios subía de 30 a 40%. Y, aunque en el Palacio de Hacienda pudieran creer firmemente que un tarifazo no es inflacionario y que la recuperación en la demanda de dinero terminará tarde o temprano pulverizando la escalada de precios, perturba el impacto psicológico mensual del número. No la fiebre, el termómetro. ¿Cuánto incide en la paciencia de una sociedad presta a aceptar un cambio de régimen y sus consecuencias advertir que, mientras tanto, el IPC no termina de caer? Caputo dio un indicio de todo cuando, esta semana, anticipó que su idea era subir tarifas por arriba de la inflación todos los meses. Dispuesto a asumir ese costo político, el Gobierno se resistía a agregarle uno adicional: hacerlo más visible en el IPC. ¿Valía la pena poner en juego la credibilidad del Indec? Se verá en los próximos meses. El Palacio de Hacienda llegó además tarde al problema. Algunos de sus funcionarios, por ejemplo, desconocían que el organismo mide la factura neta que reciben los usuarios, no las tarifas en sí mismas, e ignoraban por lo tanto el efecto que tendría el cambio de canasta. La transición hacia otro modelo de país requiere además de reformas que, aunque a velocidad más lenta que la destrucción, produzcan la creación. La ley laboral, por ejemplo, que entra esta semana en el Congreso. No es sencillo porque los gobernadores no quieren perder recursos y hay artículos, como la reducción en el impuesto a las ganancias para empresas, que afectarán recursos coparticipables. En La Libertad Avanza insisten en no retroceder, pero tienen vocación de negociar. Hay un gesto que pasó inadvertido: Federico Sturzenegger, que trabajó en la reforma, fue convenientemente corrido de esas conversaciones y no está ni en las fotos. Y ya existen propuestas para hacer el borrador más digerible. Una de Patricia Bullrich, por ejemplo: que los cambios que representan caídas en la recaudación coparticipable tengan una aplicación gradual. Esa mesa política, que integran ella y Adorni, Santiago y Luis Caputo, Karina Milei, Martín Menem e Ignacio Devitt, viene por ahora bien dispuesta. Incluso hacia adentro. Dicen que Santiago Caputo y Karina Milei intentaron el miércoles evitar conflictos por la vía más fácil: ni se hablaron. Sin flexibilización laboral difícilmente haya creación de puestos de trabajo. Pero deberán sumarse otros factores y un contexto positivo. Manejar la transición será entonces conducir la crisis que esta supone. En términos de poder, por lo tanto, todo suma: pelearse con Rocca, refutar noticias en Twitter o debatir si un ministro debe comprar en la 5ª Avenida o en Nazca y Avellaneda. Últimas Noticias Ahora para comentar debés tener Acceso Digital. Iniciar sesión o suscribite

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