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  • Reforma laboral y pedagogía del sacrificio

    Concordia » Lanotadigital

    Fecha: 06/02/2026 07:29

    La defensa de la ley de reforma laboral sonaba en la radio del auto como un murmullo conocido. El periodista hablaba con tono sereno, explicativo, casi tranquilizador. Decía que no se trataba de quitar derechos, sino de actualizarlos; que el mundo del trabajo había cambiado; que la rigidez ya no era una opción posible. El conductor del Uber que me llevaba asentía mientras avanzaba entre semáforos. No discutía, no intervenía. Acompañaba. Ese asentimiento breve, casi automático, decía más que la argumentación completa: mostraba hasta qué punto ciertos razonamientos ya habían sido aprendidos antes de ser discutidos. La escena es menor, pero condensada. El tratamiento de la reforma laboral en el Congreso de la Nación, en febrero de 2026, no ocurre en un clima de confrontación abierta ni de entusiasmo reformista. Ocurre en un clima de aceptación cansada, trabajada en el tiempo. La ley no genera adhesión fervorosa, pero tampoco rechazo extendido. Se la escucha, se la entiende, se la deja pasar. La convicción no es ideológica: es práctica, moldeada por años de precariedad y adaptación forzada. Aun así, esa aceptación convive con un malestar difuso que todavía no encuentra forma política estable, pero que tampoco desaparece. El discurso que acompaña la reforma insiste en una idea central: el trabajo no puede seguir siendo un espacio protegido en un mundo flexible. La estabilidad aparece narrada como privilegio; la protección, como anacronismo. Esa lógica ya forma parte de la experiencia cotidiana de quienes trabajan. Jornadas largas, ingresos inciertos, esfuerzo sin garantías, disponibilidad permanente. La ley no introduce una novedad: pone en regla algo que ya se vive como normal. En ese gesto, redefine el sufrimiento como condición aceptable y la adaptación como virtud socialmente valorada. Ahí se vuelve visible el núcleo del conflicto. La reforma laboral no se limita a reorganizar contratos o modalidades de empleo. Interviene sobre la relación subjetiva y colectiva con el sufrimiento que provoca el trabajo. El desgaste no se denuncia; se administra. El malestar no se politiza; se interioriza. Sin embargo, esa interiorización nunca es completa. En el cansancio persistente, en la comparación con otros tiempos, en la queja compartida, sobreviven formas elementales de resistencia. No como programa, sino como experiencia que empieza a correrse del aislamiento y a pensarse en común. Mirada en el largo plazo, esta lógica no es nueva. Cada ciclo de reforma laboral se apoyó en relatos que pedían sacrificios en nombre de un equilibrio mayor, y cada uno fue interrumpido, total o parcialmente, por procesos de organización, lucha y reaprendizaje colectivo. La pedagogía liberadora no surge como consigna ni como promesa abstracta, sino como práctica: cuando el sufrimiento deja de vivirse como destino individual y empieza a leerse como problema político. Cuando bajé del auto, el periodista seguía hablando. El conductor ya no asentía. En ese silencio, antes que en el recinto, se jugaba la disputa entre la pedagogía del sacrificio y la posibilidad de volver a pensar el trabajo como derecho, conflicto y dignidad compartida. J. Noriega

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