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» La Nacion
Fecha: 06/02/2026 00:30
Encontrá las guías de servicio con tips de los expertos sobre cómo actuar frente a problemas cotidianos: Adicciones, violencia, abuso, tecnología, depresión, suicidio, apuestas online, bullying, transtornos de la conducta alimentaria y más. Durante décadas, el bienestar laboral se discutió en términos de estabilidad y salario; ahora el desafío es lograr actitudes genuinas - 5 minutos de lectura' En muchas organizaciones actuales impera una consigna tácita que se repite como un mantra: todo está bien. Se habla de entusiasmo, de actitud positiva y de resiliencia; se promueve el optimismo como un valor corporativo supremo y se celebra a quienes no se quejan. Sin embargo, detrás de ese clima aparentemente saludable, algo empieza a resquebrajarse: las personas se sienten cansadas, desconectadas y, sobre todo, sin sentido. La positividad, cuando es genuina, es un recurso emocional valioso que sostiene y cuida la energía. El problema surge cuando deja de ser una opción y se transforma en una norma obligatoria. Allí aparece la positividad tóxica: una cultura que evita, minimiza o invalida el malestar en nombre de una felicidad permanente. En este escenario, sentir cansancio o duda se percibe como una falla individual y no como un dato del sistema. El problema deja de ser colectivo para volverse íntimo, silencioso y solitario. Hay un efecto especialmente corrosivo en esta tendencia: la invalidación emocional desorienta. Cuando un colaborador expresa esto no tiene sentido o estoy preocupado y recibe a cambio un enfocate en lo bueno, la persona empieza a dudar de su propio registro. No pasarse de rosca Ese es el punto de quiebre: se pierde la brújula. Paradójicamente, este exceso de positividad convive hoy con indicadores preocupantes: aumento del burnout, rotación constante y un cinismo organizacional silencioso. Vemos equipos que funcionan, pero no vibran; líderes que motivan con frases inspiradoras mientras evitan las conversaciones incómodas. Cuando la positividad se convierte en maquillaje para tapar la falta de seguridad psicológica, el propósito de la empresa se vuelve simple cartelería. Durante décadas, el bienestar laboral se discutió en términos de estabilidad y salario. Luego llegaron los beneficios y las oficinas amables, pero algo siguió sin cerrar. Hoy entendemos que el desgaste no es solo un asunto de manejar mejor las emociones, sino que está profundamente ligado al diseño del trabajo y a la cultura organizacional. Hablar de sentido no es un lujo filosófico ni una moda; es una necesidad humana básica. Las personas necesitan comprender el impacto real de lo que hacen y conectar su esfuerzo con valores coherentes. Si el sistema no valida la experiencia humana, el colaborador queda en una intemperie interna: Si no puedo ni decir lo que siento ¿para qué hago lo que hago?. El bienestar auténtico no surge de eliminar el malestar, sino de poder nombrarlo, trabajarlo y transformarlo. Para ello, las organizaciones necesitan ámbitos legítimos de reflexión que muchas veces no existen por falta de tiempo, de lenguaje o de permiso. Desde esta perspectiva, algunas instituciones vienen proponiendo un enfoque distinto: crear espacios donde el trabajo, la subjetividad y la experiencia concreta puedan dialogar sin slogans. Fundación Columbia trabaja abordando el mundo organizacional desde una mirada integral que articula pensamiento crítico y desarrollo humano. No se trata de ser positivos, sino de ser honestos. El objetivo es ayudar a las personas a comprender qué les pasa y por qué, traduciendo esa comprensión en herramientas concretas: Validar antes de reconocer la dificultad: Es fundamental dar entidad a lo que sucede antes de buscar la solución; por ejemplo, ante un proyecto retrasado, permitir que el equipo exprese su frustración por la sobrecarga antes de exigir un nuevo cronograma. Entrenamiento en gestión emocional: Brindar recursos técnicos como prácticas de mindfulness o talleres de bioenergética, que permitan a un líder notar su tensión corporal ante un conflicto y regularla para no reaccionar impulsivamente. Construcción de coherencia: Asegurar que el propósito ordene las decisiones cotidianas; por ejemplo, si el valor de la empresa es el cuidado, suspender una reunión fuera de hora para respetar el descanso real, demostrando que el bienestar es una práctica y no solo un discurso. En esa misma línea, pude ver este enfoque funcionar en un contexto de alta exigencia: un programa de entrenamiento que diseñamos junto con Alberto Attias consultor organizacional y coach ejecutivo en Fundación Columbia Empresas para cajeros y oficiales de negocios de un banco argentino. En lugar de maquillar la presión cotidiana con optimismo, comenzamos por el registro humano y corporal del trabajo: presencia, mindfulness, disposición corporal y cambio de observador. Recién después incorporamos herramientas comerciales concretas. El resultado fue claro: mayor claridad, seguridad y energía para sostener conversaciones reales, incluso las incómodas, junto con una mejora observable en la gestión comercial. Cuando el bienestar se entiende como capacidad de estar presentes y decir la verdad de lo que pasa y no como exigencia de ánimo, el desempeño no se impone: emerge. La salida a la positividad tóxica no es el pesimismo, sino la autenticidad. Tal vez el verdadero desafío de las empresas hoy no sea motivar más, sino escuchar mejor. No exigir entusiasmo, sino construir significado. Porque cuando el sentido aparece, la energía vuelve sola. Y cuando no, ninguna positividad alcanza. *El autor es consultor senior & coach ejecutivo en Fundación Columbia Empresas. Ahora para comentar debés tener Acceso Digital. Iniciar sesión o suscribite
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