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  • El falsario: la película italiana sobre el arte del engaño que es un éxito en Netflix

    » La Nacion

    Fecha: 03/02/2026 18:00

    El falsario: la película italiana sobre el arte del engaño que es un éxito en Netflix El falsario (Il falsario, Italia/2025). Dirección: Stefano Lodovichi. Guion: Sandro Petraglia, Lorenzo Bagnatori. Fotografía: Emanuele Pasquet. Edición: Roberto Di Tanna. Elenco: Pietro Castellitto, Giulia Michelini, Andrea Arcangeli, Pierluigi Gigante, Edoardo Pesce, Claudio Santamaria, Aurora Giovinazzo. Duración: 116 minutos. Disponible en: Netflix. Nuestra opinión: buena. Desde su primera escena, El falsario instala una pregunta incómoda que atraviesa todo el relato: ¿Hasta dónde está dispuesto a llegar alguien para convertirse en quien sueña ser? La película del italiano Stefano Lodovichi -también director de la serie de Netflix El juicio- se propone capturar la moral de la Italia de posguerra. Ambientada en la Roma de los años 70, la historia sigue a Toni (interpretado Pietro Castellitto, hijo del director romano Sergio Castellitto), un joven pintor provinciano que llega a la capital italiana con aspiraciones artísticas y una mezcla de hambre, talento difuso y oportunismo. Toni no es exactamente un genio, pero sí un observador voraz: aprende rápido, copia mejor y, sobre todo, entiende que en un sistema saturado de intermediarios, marchands, críticos y coleccionistas, la verdad importa menos que la verosimilitud. Aunque la versión oficial dice que toma como referencia principal a la historia de Antonio Toni Chichiarelli, un mafioso nacido en el sur de Italia que estuvo involucrado en el secuestro de Aldo Moro y terminó asesinado en Roma en 1984, el film se toma muchas licencias históricas y parece inspirarse libremente en varios casos reales de grandes falsificadores europeos del siglo XX -estafadores que lograron infiltrar obras apócrifas en museos, galerías y colecciones privadas-, pero sin atarse estrictamente a una biografía específica. Lodovichi propone un retrato psicológico del falsario como síntoma de época: alguien que no solo copia cuadros, sino que reproduce discursos, gestos y credenciales para acomodarse en un contexto de proliferación de negocios turbios. Su mirada remite por momentos a la magnífica comedia de Steven Spielberg protagonizada por Leonardo Di Caprio Atrápame si puedes y también a Il Divo, el mordaz retrato del polémico político italiano Giulio Andreotti de Paolo Sorrentino. El carismático protagonista de la historia -también un seductor serial- es más un sobreviviente que un estafador elegante, como puede lucir a primera vista. Cada falsificación en la que se involucra es, además de un delito, una forma de afirmación personal. En ese sentido, El falsario funciona también como una parábola sobre el prestigio como moneda de cambio: falsificar le sirve a Toni como estrategia de movilidad social. El guion acompaña ese recorrido vital con una estructura clásica, por momentos remanida, pero sin dudas eficaz. A medida que Toni asciende, también se hunde en una red de relaciones cada vez más opacas: galeristas dispuestos a mirar hacia otro lado, coleccionistas que prefieren no hacer preguntas e investigadores llegan siempre tarde. La Roma que muestra Lodovichi no es exactamente la de la postal turística, sino una ciudad algo más sombría, de talleres ocultos y oficinas donde el arte se mide en euros antes que en ideas. El rol de las mujeres en la trama es más bien opaco: las que tienen alguna relevancia en la historia responden a un ideal de belleza normativa y son funcionales al perfil y al universo del protagonista, incluyendo a Donata (Giulia Michelini), la relación más importante de Toni, que aparece con intermitencias y algo desdibujada, como si el personaje fuera apenas un borrador. El centro de gravedad es siempre Toni. Y hay que decir que Castellitto, de buen trabajo, lo compone con tacto y ductilidad, encarna sus ambigüedades. Es un personaje magnético, pero también profundamente vacío. Su talento para copiar no viene acompañado de una voz propia. Ese es, quizás, el núcleo trágico de la película, cuyo desenlace retoma el interrogante planteado al inicio. Sin entrar en el terreno del simple giro sorpresa, el film revela que el mayor engaño no está en los cuadros, sino en la identidad que Toni ha construido. En verdad, nunca dejó de ser ese joven que llega a Roma sin nada, salvo su capacidad de imitar. La impostura, que parecía un medio, se convierte en un fin en sí mismo. La película deja entonces un sabor amargo: el falsario no solo engaña al sistema, sino que termina atrapado en su propio personaje. El caso real y el trasfondo histórico El falsario no adapta un caso puntual ni es un biopic. Stefano Lodovichi reescribió la historia, de por sí difusa, del mafioso Toni Chichiarelli y también acomodó el relato de una serie de acontecimientos políticos y sociales de la Italia de los años 70 en función de la eficacia narrativa, más que del rigor histórico. Toni Chichiarelli fue una especie de fantasma -ha explicado el propio director-. Y lo desconocido siempre nos ha impulsado. Pensemos en la fuerza y el éxito del cine de terror: el género se nutre de lo inexplicable y de lo que se puede construir en la oscuridad. Le tememos a la oscuridad desde niños. Construimos un mundo en lo desconocido o en lo que imaginamos que podría estar debajo de la cama. Donde no estamos, hay algo. Y casi siempre ese algo nos atrae y nos asusta. La película también puede remitir a figuras como Elmyr de Hory -célebre falsificador húngaro cuyas obras llegaron a presentarse en museos- y a varios escándalos italianos vinculados al mercado negro del arte en las décadas de 1960 y 1970. En esos años, el crecimiento del mercado internacional, la falta de controles sistemáticos y la obsesión por ciertos nombres crearon un terreno fértil para la circulación de falsificaciones de altísimo nivel. Lodovichi utiliza ese contexto para subrayar una idea clave de su película: el sistema del arte, muchas veces, necesita creer en la autenticidad tanto como el falsificador necesita venderla. La estafa no es sólo individual, sino estructural. De esa lógica del arte a la que muchas veces domina al mundo de la política solo hay un paso. Otras noticias de Cine italiano Últimas Noticias Ahora para comentar debés tener Acceso Digital. Iniciar sesión o suscribite

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