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Parana » Radio La Voz
Fecha: 03/02/2026 17:38
Hace más de 200 años, un 3 de febrero, la historia argentina dejó dos marcas que no dialogan por casualidad, sino por sentido histórico profundo. En 1813, en San Lorenzo, José de San Martín defendió la soberanía frente a los imperios que pretendían decidir por estas tierras. Allí se afirmaron las bases materiales y morales de una Nación posible. Y no es un dato menor: San Martín eligió no levantar jamás su sable contra sus hermanos, porque entendía que la libertad conquistada hacia afuera solo tenía sentido si podía sostenerse con unidad hacia adentro. Treinta y nueve años después, ese mismo 3 de febrero, Caseros (1852) expresó una de las discusiones más complejas de nuestra historia: la organización nacional, el federalismo, las tensiones internas entre proyectos que buscaban darle forma a la Argentina. Con Justo José de Urquiza, se abrió una etapa decisiva para pensar cómo articular a las provincias en un proyecto de intereses comunes, más allá de las contradicciones, los errores y las lecturas posteriores que señalaron alianzas, dependencias o disputas inconclusas. Caseros fue una pelea interna, sí. Pero también fue parte de un proceso más grande: el intento de convertir la soberanía conquistada en organización, reglas y futuro compartido. No para negar las diferencias, sino para superarlas en una Nación posible. En ese sentido, San Lorenzo y Caseros no se oponen: se continúan. ¿Es casualidad que ambas gestas compartan la misma fecha? O tal vez sea la historia la que nos recuerda que la soberanía sin unidad se debilita, y que la unidad sin proyecto común se vacía de sentido. En el siglo XXI, el mundo vuelve a discutir poder, intereses y dominación. Las guerras ya no son solo militares: también son económicas, tecnológicas y culturales. Frente a ese escenario, recuperar la experiencia de nuestros padres de la Patria no es nostalgia: es claridad estratégica para una Nación joven como la Argentina. Ellos nos enseñaron que la trascendencia no nace del sometimiento ni de la imposición, sino de la capacidad de un pueblo para organizarse, decidir y cooperar con dignidad. Que la soberanía no se delega. Que la Patria no es un recuerdo, sino una responsabilidad colectiva que se asume con el coraje de aceptar las diferencias como eje fundamental de nuestras fortalezas. La unidad nacional sigue siendo la condición indispensable para enfrentar, juntos, los desafíos del mundo que viene.
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