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  • Caseros: cuando la Argentina empezó a escribirse con reglas

    Crespo » Paralelo 32

    Fecha: 03/02/2026 10:03

    No es solo una fecha militar. Es el momento en que el país empezó a pensarse como algo más que una suma de voluntades armadas. Es el instante en que la idea de Constitución dejó de ser una promesa y se convirtió en un texto jurado. El 3 de febrero de 1852 no fue solamente una batalla. Fue, sobre todo, un punto de inflexión. En los campos de Caseros se terminó un ciclo político largo, áspero y personalista, y comenzó otro que, con tropiezos y resistencias, buscó ordenar el país bajo leyes comunes. Justo José de Urquiza, gobernador de Entre Ríos y jefe del Ejército Grande, derrotó a Juan Manuel de Rosas y abrió una puerta que llevaba décadas cerrada: la de la organización nacional. Rosas había gobernado Buenos Aires con poder casi absoluto durante más de veinte años, acumulando facultades extraordinarias, disciplinando aliados y enemigos, y administrando una Confederación que existía más en el discurso que en la práctica. El país no tenía Constitución, ni instituciones nacionales estables, ni reglas claras para convivir entre provincias. Caseros fue el final de ese orden sostenido por la fuerza y el miedo, pero también por consensos silenciosos que habían preferido la obediencia al caos. Las más leídas Urquiza no se presentó como un caudillo vengador. Se presentó como un organizador. Su proclama previa, el célebre Pronunciamiento de 1851, no hablaba de revancha sino de leyes, comercio libre, relaciones exteriores normales y Constitución. Era un programa ambicioso para un país acostumbrado a obedecer personas más que normas. Quince meses después de Caseros, el 1º de mayo de 1853, ese programa empezó a tomar forma concreta: se juró por primera vez la Constitución Nacional en Santa Fe. No fue un acto automático ni pacífico. Buenos Aires, derrotada militarmente pero todavía poderosa, rechazó el texto y se mantuvo separada de la Confederación durante años. Aun así, la Constitución nació y, con ella, un marco institucional que todavía nos rige, con reformas y cicatrices, pero en pie. Urquiza fue el primer presidente constitucional de la Argentina. No el primero en mandar, sino el primero en hacerlo con límites escritos. Ese detalle, que hoy parece obvio, era entonces casi revolucionario. Gobernar aceptando que el poder tiene bordes no era una costumbre arraigada en el Río de la Plata. Uno de los datos menos recordados de ese tiempo es que Urquiza, ya presidente, tomó una decisión que revela mucho más de su concepción política que muchos discursos: dispuso que el Estado argentino proveyera recursos económicos a Juan Manuel de Rosas, exiliado en Inglaterra, para que pudiera vivir dignamente hasta su muerte. El hombre al que había derrotado en el campo de batalla no fue humillado ni abandonado a su suerte. El Estado naciente se hacía cargo incluso de su antiguo adversario. No era un gesto menor. En un país habituado a la eliminación simbólica o real del enemigo, Urquiza actuó con una lógica distinta: la del Estado por encima de las personas. Rosas ya no era el Restaurador ni el tirano para sus detractores; era un ciudadano argentino en el exilio, y el Estado debía responder por él. Ese acto silencioso dice tanto sobre el proyecto institucional como la propia Constitución. Hay otro dato poco difundido que ayuda a entender la complejidad de Caseros. El Ejército Grande que derrotó a Rosas no fue exclusivamente entrerriano. Estaba compuesto por tropas de varias provincias, por exiliados argentinos que habían combatido a Rosas desde Montevideo, y también por contingentes brasileños y uruguayos. Caseros no fue una guerra nacional en el sentido romántico del término, sino una coalición diversa con intereses a veces contradictorios. Urquiza supo conducir ese mosaico sin que el triunfo se deshilachara en disputas inmediatas. Tras la batalla, Buenos Aires no fue saqueada ni sometida a represalias masivas. De hecho, Urquiza evitó entrar triunfalmente en la ciudad como conquistador. Prefirió negociar, aun sabiendo que esas negociaciones serían largas y frustrantes. Pagó un precio político alto por esa moderación, pero sostuvo la idea de que la organización nacional no podía nacer de una venganza. Caseros también marcó el inicio de una discusión que todavía nos acompaña: la tensión entre Buenos Aires y el interior. La Constitución de 1853 buscó equilibrar ese vínculo, garantizar autonomías provinciales y, al mismo tiempo, crear un Estado nacional fuerte. No lo logró del todo, pero sentó las bases del debate. Muchas de nuestras discusiones actuales, con otros nombres y otras urgencias, nacen ahí. Urquiza no fue un héroe de bronce ni un demócrata moderno en el sentido actual. Fue un caudillo de su tiempo, con poder territorial, estancias, ejércitos propios y decisiones autoritarias cuando lo creyó necesario. Pero entendió algo esencial: que la Argentina no podía seguir dependiendo del carácter de un hombre, por más fuerte o carismático que fuera. Necesitaba reglas, instituciones y límites. Caseros, entonces, no es solo una fecha militar. Es el momento en que el país empezó a pensarse como algo más que una suma de voluntades armadas. Es el instante en que la idea de Constitución dejó de ser una promesa y se convirtió en un texto jurado. El bonus track de esta historia no está en los cañones ni en los uniformes, sino en ese gesto casi olvidado de sostener al enemigo vencido. Allí, en esa decisión administrativa y silenciosa, aparece una idea de Nación que todavía nos cuesta ejercer: la de un Estado que no castiga por odio ni gobierna por rencor, sino que intenta, aun con errores, ponerse por encima de las pasiones del momento. Tal vez por eso Caseros sigue siendo incómoda y necesaria. Porque no celebra una unanimidad, sino el comienzo de una convivencia difícil. Y porque nos recuerda que la Argentina, cuando decidió organizarse, lo hizo aceptando que nadie, ni siquiera los vencedores, estaba por encima de la ley.

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