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  • Frigerio y los dos peronismos. Entre el orden y la gestión

    Concordia » Lanotadigital

    Fecha: 03/02/2026 09:22

    La política entrerriana dejó de organizarse en escenas y empezó a narrarse en secuencias. Ya no importa la foto sino la trama. En ese desplazamiento, Rogelio Frigerio aparece como un organizador del tiempo político más que del espacio simbólico. Se sabe el vencedor claro de la última elección, y desde esa posición de fuerza gobierna sin ansiedad, sin épica, sin urgencias simbólicas. Alineado con Milei en el plano nacional orden fiscal, racionalidad administrativa, lógica de mercado, en la provincia despliega otra gramática: no confronta, no rompe, integra, administra, ensambla. Política como gestión del presente. Las reuniones con Gustavo Bordet y Mario Moine no son gestos protocolares: son signos políticos. Bordet representa el peronismo del equilibrio: acompañó las políticas distributivas moderadas de los gobiernos de Cristina y Alberto, sostuvo inclusión social y presencia estatal, pero sin proyecto de transformación estructural. Un peronismo institucional, prudente, más preocupado por la gobernabilidad que por la disputa del poder. Redistribución sin ruptura. Inclusión sin cambio de modelo. Administración del orden con lenguaje social, sin épica ni horizonte histórico. Moine, en cambio, encarna el peronismo neoliberal tecnocrático del ciclo menemista. Gestión gerencial, modernización discursiva, Estado administrador, mercado como organizador central. No desarrollo estructural sino eficiencia del modelo existente. No proyecto productivo sino optimización del sistema. No Estado como motor histórico, sino Estado como gestor técnico. Es la racionalidad de los 90 convertida en cultura política: estabilidad, funcionalidad, mercado, administración del orden como principio organizador. Frigerio no se integra a ninguno de esos peronismos: los absorbe funcionalmente. No los convierte en aliados ideológicos, sino en recursos de gobernabilidad. Capital simbólico, experiencia, legitimidad histórica, territorialidad. Lo mismo ocurre en la escena local: las buenas vibras con la intendenta Rosario Romero en Paraná no expresan convergencia política profunda, sino una lógica compartida de administración del territorio. No construye identidad: construye funcionamiento. No articula proyecto: articula actores. No produce sentido: produce orden. Así se cierra la escena de época. La política ya no se piensa como herramienta de cambio, sino como técnica de gestión. La promesa de futuro fue reemplazada por la promesa de orden. La épica por la planilla. El conflicto por la administración. Frigerio encarna esa mutación: no lidera una transformación, gestiona un sistema. No propone otro horizonte, administra el existente. Los actores políticos ya no delinean proyectos de cambio: delinean esquemas de funcionamiento. Ante este escenario, ¿qué nos cabe esperar? Una irrupción que patee el tablero, que le devuelva a la vida política su condición más propia: la capacidad de transformación. J. Noriega

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