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» Clarin
Fecha: 03/02/2026 06:34
De maneras tan irresponsables como entusiastas, y desde hace un buen tiempo a esta parte, las dos últimas décadas al menos, nos interesamos mucho más por la realidad del futuro que por el futuro de la realidad. Este desplazamiento, aparentemente sutil, constituye en verdad un gravísimo error que amenaza con precipitarnos hacia un horizonte donde lo humano mismo se desvanece sin límite. Ciertamente la realidad del futuro nos obsesiona, y no solo en fechas recientes: queremos anticipar, predecir, controlar, prevenir, presagiar. Nos preguntamos cómo será el mundo en treinta años, qué tecnologías dominarán nuestra existencia o qué formas concretas adoptará la inteligencia artificial. Esta fascinación predictiva no es inocente. Como bien lo advirtió Baudrillard, hemos sustituido lo real por su simulacro, el territorio por el mapa. Nos preocupamos por imaginar futuros virtuales mientras abandonamos la tarea fundamental de preservar la realidad presente. Ya Lipovetsky había diagnosticado la era del vacío hace tanto tiempo que parece una eternidad, ese presentismo hedonista donde el futuro se reduce a la próxima satisfacción inmediata. Paradójicamente, nuestra obsesión por la realidad del futuro no contradice este presentismo, sino que lo profundiza. Consumimos imágenes de futuros posibles como quien consume cualquier otro producto: con avidez, sin consecuencia, sin responsabilidad, sin compromiso. También Zygmunt Bauman nos alertó sobre la liquidez de nuestro tiempo, esa modernidad donde todo lo sólido se desvanece en el aire. En esta fluidez generalizada, la realidad misma se licua, pierde densidad, consistencia, peso. Ya no habitamos el mundo, sino que navegamos por interfaces; ya no experimentamos la presencia, sino que procesamos información; ya no vivimos el tiempo, sino que lo administramos en calendarios digitales. La pregunta fundamental que olvidamos formular es precisamente esta: ¿tendrá futuro la realidad? ¿Permanecerá lo real como presencia viva entre nosotros o se disolverá definitivamente en el flujo incesante de simulacros? Byung-Chul Han ha penetrado con lucidez en el corazón de nuestra enfermedad. Vivimos la desaparición de lo Otro, la expulsión de lo distinto. Todo debe volverse transparente, calculable, optimizable, rentable, productivo, eficaz, eficiente. La realidad, con su opacidad irreductible, su resistencia material, su alteridad radical, estorba. Preferimos la virtualidad, donde todo puede ser diseñado según nuestros deseos, donde no hay fricción ni límite. El infierno de lo igual devora la riqueza ontológica del mundo. La realidad del futuro nos seduce porque alimenta nuestra fantasía de control total. Creemos que, si podemos predecir, podremos dominar. Pero esta ambición titánica nos hace olvidar la pregunta esencial: ¿qué será de la realidad misma? ¿Seguirá habiendo cuerpos que se tocan, tierra que se pisa, silencios que se habitan? El futuro de la realidad no depende de nuestras predicciones sino de nuestras decisiones presentes. Cada vez que preferimos la pantalla a la presencia, el dato a la experiencia, la simulación algorítmica a lo vivido, estamos decidiendo contra la realidad. Lo que está en juego no es cómo será el mañana sino si habrá todavía un mundo verdadero donde pueda haber un mañana y donde contemos con buenas razones para querer intensamente que lo haya. La realidad no es un dato garantizado y concedido de una vez y para siempre, sino una conquista continuamente frágil que debemos defender cada día. Errar en los fundamentos de esta preocupación no es un error cualquiera, un mero daño colateral, un error de cálculo: es perder precisamente aquello que nos constituye como personas, habitantes de un mundo compartido, moradores de lo real. Sobre la firma Newsletter Clarín
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