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Fecha: 02/02/2026 10:10
La buena alimentación, la práctica de ejercicio y no beber alcohol son tres de las cosas que se consideran importantes para tener una vida saludable y longeva. Sin embargo, la edad no solo marca el paso del tiempo en el cuerpo, también reorganiza las rutinas más básicas, entre ellas, las comidas. Según un estudio realizado en el Reino Unido, con los años, las personas tienden a desayunar y cenar más tarde, acortando la ventana diaria de alimentación y este detalle tiene profundas conexiones con la salud física, la genética y la supervivencia. Los investigadores siguieron a 2.945 adultos mayores durante más de tres décadas, analizando cómo cambiaban sus horarios de comida a lo largo de la vida y lo hicieron gracias al Estudio Longitudinal de la Universidad de Manchester sobre Cognición en el Envejecimiento Normal y Saludable que recopiló datos desde 1983 hasta 2017. Los participantes, de entre 42 y 94 años al inicio, informaban regularmente a qué hora desayunaban, comían y cenaban, además de contestar encuestas sobre salud, sueño y hábitos de vida y el resultado fue un mapa detallado de cómo la vejez mueve las agujas del reloj de la alimentación. Con el tiempo, el desayuno y la cena se retrasaban, el punto medio de la ingesta se desplazaba a más tarde y la ventana total de alimentación se acortaba, mientras que el almuerzo se mantenía estable. El papel de la genética El estudio no solo midió relojes, también cruzó datos con la salud de los participantes. Así, se desprendió que quienes tenían más problemas físicos o psicológicos solían desayunar más tarde, pero también la fatiga, los problemas de salud bucal, la depresión y la ansiedad se asociaron con este retraso. En tanto, la presencia de varias enfermedades aumentaba aún más la probabilidad de aplazar la primera comida del día y esto sugiere que el horario de las comidas puede funcionar como un marcador indirecto del estado de salud. Además de la salud, la biología aporta su influencia y en un subgrupo de más de mil participantes se analizaron perfiles genéticos relacionados con el cronotipo -ser más diurno o más nocturno- y con la obesidad. Los genes asociados a un cronotipo vespertino se vincularon de forma consistente con comer más tarde, mientras que las personas con esta predisposición genética desayunaban, comían y cenaban algunos minutos después que el resto y además tenían una ventana diaria de alimentación más corta. En cambio, los genes relacionados con la obesidad no mostraron una asociación clara con la hora de las comidas, aunque sí con el tiempo total disponible para comer y estos hallazgos refuerzan la idea de que la inclinación a ser más madrugador o trasnochador no solo afecta al sueño, sino también a los ritmos de la alimentación. ¿Comer temprano o comer tarde? Al analizar las trayectorias de horarios, los investigadores identificaron dos grandes grupos: los que comen temprano y los que comen tarde. Los primeros mantenían un patrón de comidas adelantado, mientras que los segundos retrasaban progresivamente sus horarios a medida que envejecían. Lee también: Una nueva investigación confirmó que hablar varios idiomas estimula la longevidad Las diferencias no fueron meramente estadísticas, ya que, diez años después del inicio del seguimiento, la supervivencia era del 89,5% en el grupo temprano frente al 86,7% en el grupo tardío. Esa brecha, aunque modesta, apunta a un vínculo entre el horario de las comidas y la longevidad y el factor más determinante fue el desayuno. Cuanto más tarde se tomaba, mayor era el riesgo de mortalidad en los años siguientes, incluso ajustando por otros factores como el estilo de vida, el sueño o el estado socioeconómico. Los científicos señalaron que el desayuno tardío puede reflejar pérdida de apetito, depresión, fatiga o dificultades para preparar alimentos, todos ellos problemas frecuentes en la vejez, mientras que también podría estar relacionado con un desajuste entre los ritmos internos del cuerpo y los externos, lo que se conoce como desincronización circadiana. Además, retrasar la primera comida del día podría acortar la ventana de ingesta y reducir la calidad de la dieta, afectando a la energía y al metabolismo.
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