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Buenos Aires » Infobae
Fecha: 02/02/2026 01:05
El posteo apareció una mañana en LinkedIn, entre búsquedas laborales, anuncios corporativos y reflexiones sobre liderazgo. No tenía estadísticas ni consignas aspiracionales. Tenía un nombre propio, un vínculo personal y un video breve. Euge tiene 80 años y es de las personas más activas que conozco, escribió Micaela Klau, licenciada en Psicología especializada en capacitación, desarrollo y selección de personal. Me enorgullece que sea no solo mi compañera de trabajo, sino también mi amiga. La publicación llevaba un subtítulo: Personas que inspiran. El video dura un minuto y medio. Eugenia mira a cámara y habla sin consignas prefabricadas, con la calma de quien no necesita convencer a nadie. Para mí, el trabajo significa, por sobre todo, dignidad. Trabajar es aprender, crecer y volcar las experiencias de uno. En el video también habla de los cambios en el mundo laboral: El trabajo tuvo un cambio muy, muy grande, especialmente en la parte tecnológica. Nosotros tuvimos que aprender, y gracias a eso podemos seguir trabajando y colaborando en todas las tareas, explica, usando el plural para incluir a otras personas mayores que, como ella, tuvieron que adaptarse. Cuando le preguntan qué la motiva a ir a trabajar, dice: Estar activa. Activar todas las cosas que tenemos los adultos mayores: la memoria, los sentidos, la practicidad. Es venir, sentirme bien y poder colaborar con la gente. Ayudar, por sobre todo. El cierre es una recomendación para quienes buscan empleo: Buscar trabajo ya es un trabajo. Hay que intentarlo constantemente, no decaer, porque llega un momento en que se consigue lo que uno quiere. El impacto fue inmediato. En pocas horas, el posteo se llenó de comentarios. Ex compañeros, colegas, personas que habían compartido espacios laborales con Eugenia o que habían pasado por el Servicio de Empleo AMIA dejaron mensajes breves, afectuosos, reiterativos en un punto: admiración. Es un ejemplo, genia total, la mejor, un orgullo, una inspiración. Klau respondió uno por uno, devolviendo el afecto. El posteo siguió circulando. La protagonista de esa historia es Eugenia Tabak, tiene 80 años y desde hace más de 23 trabaja todos los días como voluntaria en la recepción del Servicio de Empleo AMIA (SEA). No es un rol simbólico: recibe personas, orienta, acompaña, deriva, escucha. Es, muchas veces, el primer contacto de quienes llegan en búsqueda de trabajo. A partir de la repercusión del posteo, entrevistamos a Eugenia para conocer en profundidad su historia, su recorrido y las razones por las que, a los 80 años, sigue eligiendo salir de su casa cuatro veces por semana para trabajar. Yo entré al voluntariado en el 2002, en plena crisis, recuerda. Docente de formación, había trabajado como maestra en una escuela primaria hasta que decidió dedicarse a la crianza de sus hijos. Cuando los chicos crecieron, sentí que necesitaba hacer algo para mí. Hice cursos, estudié idiomas, siempre cosas vinculadas a lo humanístico, cuenta. En ese contexto se acercó a AMIA. Trabajo no había, pero sí una propuesta concreta: colaborar como voluntaria. Nunca había hecho voluntariado. Me dijeron que era para ayudar a personas que venían a buscar trabajo y que probablemente estaban en situaciones difíciles. Les dije que iba a probar. El primer día fue una experiencia intensa. El segundo, decisivo. Había una fila que daba vuelta la cuadra. Gente que venía a completar formularios del Plan Jefas y Jefes. Algunas personas no sabían escribir. Ahí entendí la dimensión de lo que estaba pasando, recuerda. Lo que iba a ser una colaboración ocasional se transformó en un compromiso sostenido. Cuando ese programa terminó, le propusieron quedarse en el Servicio de Empleo. Aceptó. Me dijeron: ¿te querés quedar y ayudarnos?. Y me quedé. Me capacitaron, aprendí todo desde cero. Desde entonces, Eugenia fue testigo directa de la transformación del mercado laboral y de las herramientas para buscar empleo. Cuando entré, los currículums eran en papel. Se guardaban en biblioratos. Cuando aparecía una búsqueda, había que acordarse y salir a buscar carpeta por carpeta, describe. Con la digitalización, el trabajo cambió por completo. Después vino la computación, los sistemas, las bases de datos. Y nos capacitamos todos. Yo preguntaba siempre. Si no sabía algo, no hacía nada por mi cuenta. Hoy, el SEA trabaja con plataformas digitales y herramientas que Eugenia maneja con naturalidad. La inteligencia artificial me asombra, no sé bien qué va a pasar con eso, admite. Pero aclara que el aprendizaje permanente fue la clave para poder seguir. Si uno quiere seguir, tiene que aprender. No queda otra. En el día a día, recibe personas de todas las edades. Viene gente joven, que se postula por la web y espera. Y viene gente grande, que muchas veces llega sabiendo que las posibilidades son pocas, dice. A todos les repite la misma idea: insistir, capacitarse, no abandonar la búsqueda. Buscar trabajo es un trabajo. Y mientras tanto, hay que hacer cursos, aprender cosas nuevas. AMIA ofrece muchas capacitaciones gratuitas y la gente las puede aprovechar. Durante la pandemia, el equipo del Servicio de Empleo continuó trabajando de manera virtual. Nos conectábamos por Zoom, compartíamos las búsquedas, seguíamos acompañando a la gente. Fue una época muy difícil, pero se sostuvo el trabajo, recuerda. Para ella, fue otro ejemplo de adaptación, tanto tecnológica como humana. Eugenia es hoy la única voluntaria del área y trabaja con un equipo mayoritariamente joven. Me siento muy cómoda. Es un clima humano que no tiene palabras. Yo soy la abuela de todos, dice, sin solemnidad. Va al servicio de empleo de lunes a jueves y mantiene una rutina activa, aun estando jubilada. Vive en Buenos Aires desde siempre. Pasó por Almagro y actualmente reside en Abasto. Está casada, tiene tres hijos y siete nietos todos varones y espera la llegada de una nieta. La alegría es máxima, dice. Cuando habla del voluntariado, vuelve a una idea que atraviesa toda su historia. Ayudar al otro es ayudarme a mí. La gente que viene a buscar trabajo necesita contención. Yo hago lo que puedo, y cuando no puedo, pido ayuda. Para ella, ese intercambio es lo que le da sentido a su rutina. La visibilidad que tuvo el posteo en LinkedIn la sorprendió. Los comentarios fueron muy gratificantes. Gente que había trabajado conmigo hace muchos años me escribió. A esta edad, una se gratifica con cosas pequeñas, dice. No lo vive como un reconocimiento personal, sino como una confirmación de que eligió bien. A los 80 años, Eugenia sigue sosteniendo la misma convicción que expresó frente a cámara: trabajar no es solo una ocupación. Es una forma de dignidad, de aprendizaje y de vínculo con los otros. Nunca bajar los brazos, repite. Y lo hace, todos los días.
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