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Parana » AIM Digital
Fecha: 01/02/2026 12:26
En el primer cuarto del siglo XXI la civilización occidental enfrenta condiciones sociales similares en algunos puntos a las que dieron origen al fascismo y al nazismo hace alrededor de un siglo en Europa. Sin embargo, el desarrollo técnico avasallante que se ha producido desde entonces implica cambios sustanciales en la manera de encarar las soluciones a la crisis que se proponen desde las esferas dominantes. Hoy los grupos que tratan de sostener y aumentar sus privilegios parecen divididos entre la oligarquía financiera de las grandes corporaciones de tecnología "de punta" y el populismo conservador, encarnado en los Estados Unidos por Donald Trump. El resultado de una evolución que posiblemente ninguna fuerza pueda atajar puede ser el derrumbe de toda la civilización y si no hay solución pacífica, una guerra total. Si queda en el futuro alguien que experimente y recuerde, la civilización no se le presentará como a nosotros las murallas chinas, ni las pirámides milenarias ni las rutas en uso dos o tras milenios después. Somos basura Nuestra civilización pretende ser única después de creerse la mejor, pero lo que quede de ella será una concentración elevada de basura en los mares, depósitos de basura radiactiva, rastros de basura en lo alto de las montañas y en el lecho de los ríos. Posiblemente la posteridad no sepa conjeturar a qué se debió semejante abundancia. Desde el fin de la segunda guerra mundial, la obsolescencia planificada tuvo el fin de no detener el funcionamiento económico, aunque sea artificialmente, para mantener la tasa de ganancia que continuamente tiende a decrecer y aunque no fue su finalidad, para generar enormes cantidades de basura. La obsolescencia programada implica producir objetos de consumo de tal manera que después de un período calculado de antemano por el fabricante, se rompa a se vuelva obsoleto o inútil y haya que olvidarse de él, que inicia su existencia como basura. Por ejemplo, hay países que imponen fuertes impuestos a los autos usados, aunque tengan solo un año de uso, para inducir a los automovilistas a desecharlos y comprar coches nuevos. Si bien esta costumbre a la fuerza está declinando, su resultado fue en su momento cantidad de autos abandonados en calles y caminos, conducidos trabajosamente como chatarra a cementerios tristísimos, donde producen una contaminación grave antes de ser destruidos a veces no tan rápido como llegan otros a reemplazarlos. Otras veces el cálculo no implica la rotura del objeto sino su inutilidad porque ya no hay manera de usarlo, como ocurría por ejemplo con las tarjetas "inteligentes" de teléfonos o cámaras digitales, que un día los usuarios se resignaron a desechar porque había nuevas y las que ellos habían comprado no se podían usar, estaban rigurosamente obsoletas porque no se podían "meter" en ninguna parte. Las obsolescencia programada se ha convertido en una fuente normal de ingresos de los fabricantes, y en una necesidad de gasto que pocos usuarios cuantifican, a pesar de que es claro que los están robando. Muchas veces, se sienten felices al adquirir el nuevo producto que reemplaza al "viejo", que debe cargar sobre sí con todo lo que esa palabra connota en nuestra civilización. La cosa es que el producto en algún momento fallará para que el consumidor compre un reemplazo porque encontrará además que reparar el viejo es más caro que uno nuevo Es claramente una actitud fraudulenta que tiende a estimular la demanda en una sociedad donde todo se acelera artificialmente. Hay consumidores que advierten que el producto que compró tenía una parte del costo derivado del esfuerzo por hacer que dure poco. Es decir, no solo lo pagó sino con él pagó también el costo de la obsolescencia programada, doble estafa. Está dura la calle La obsolescencia programada se ideó entre 1920 y 1930, cuando la producción en masa empezó a forjar un mercado en que hizo necesario analizar al detalle cada producto para conseguir un éxito de ventas cada vez más difícil. Para producir objetos con muerte a plazo prefijado, los industriales deben considerar la competencia tecnológica porque si bien pueden expandir las ventas también pueden terminar en un fracaso rotundo con pérdida de toda la inversión, de modo que el cálculo debe ser muy ajustado. Uno de las prudentes medidas adoptadas ha sido transferir el gasto de investigación al Estado, o mejor, al pueblo que paga impuestos para sostener al Estado. La obsolescencia no tiene más objetivo que el lucro rápido y tan abundante como sea posible. Ante esta necesidad primordial, el cuidado de los recursos naturales no es tan importante, todo lo más hay que disimular mediante la propaganda algún interés por ellos aunque la verdad vaya por otro camino. Tirar sin mirar atrás Cada producto obsoleto contamina, lo que hace crecer un problema actual que es eliminar los desechos de la producción industrial, que se amontonan en lugares donde no se sabe qué hacer ni como desprenderse de ellos. El problema es grave en el caso de los residuos de las centrales nucleares, que crecen como residuos de la producción de energía y se deben enterrar en sarcófagos de cemento donde mantendrán su actividad radiactiva miles de años. Este sí es un "regalo" que les dejaremos a las civilizaciones futuras. Otra idea es meter los residuos en un cohete y ponerlos en órbita. Una solución que habla por sí sola. La moda produce ganancias En realidad, la obsolescencia tradicional respondía a otro criterio, no comercial sino relacionado con la necesidad de cambio que sentimos todos. Era el "pasar de moda" de algunos productos, sobre todo prendas de vestir. Es notable como las culturas tradicionales tenían lo que hoy conocemos como "trajes típicos", que no eran refractarios a la moda, pero duraban lo bastante como para caracterizar a pueblos enteros durante siglos. Hoy la moda es una razón inapelable de obsolescencia, y el "no se usa más" o "ya fue" se aplica cada vez con mayor amplitud, incluso a personas, grupos, edades, estilos o modos de ser. Millones de toneladas La obsolescencia programada es gran productora de basura. En el mundo hay más de 8 000 000 000 de habitantes, cada uno produce en promedio un kilogramo de basura diaria, es decir, hay cada días 8 000 000 de toneladas de basura nueva, en buena para no biodegradable y contaminante. Desde que hay baterías de plomo para automóviles, hace unos 130 años, hay que considerar la contaminación que producen. En la actualidad, con un parque automotor creciente, se producen dos millones y medio de toneladas de metal pesado por día, casi todo para baterías, pero también para teléfonos, computadoras portátiles o para la industria. La sabiduría de los programadores de obsolescencia está documentada ampliamente en la literatura, por ejemplo la norteamericana, por tratarse del país que la sufrió antes y en mayor medida. Inventos a la basura En la película "El Hombre del Traje Blanco" el protagonista inventa una tela que no se gasta, no se rompe ni se ensucia. Tras acoger todos con alegría la novedad, sufre la persecución de los empleados de su empresa textil, que ven que su trabajo peligra por el "necio" invento del dueño. En medio de tantos inventos que revelan tanta inteligencia y creatividad, están ausentes algunos como esta tela. Justamente la consigna de la televisión norteamericana "comprar-tirar-comprar", que marcaba un ciclo que se reiniciaba cada vez más rápido, es contemporánea de la producción en serie y del invento de las compras a plazo, enorme reactivador del mercado. Hoy las ventas a plazo han hecho que lo que se venda en el fondo no sean autos ni heladeras, sino cuotas, intereses, gastos administrativos, un paquete financiero en que el producto industrial es pretexto. Es posible que el primer artefacto diseñado para durar cierto número de horas y no más sean los focos eléctricos de filamento. Y extrañamente, uno de los primeros que se produjeron, hace 120 años, sigue alumbrando la entrada de un cuartel de bomberos en Livermore, Estados Unidos. Los focos eléctricos de filamento sufrieron luego la programación con el objeto de que la gente comprara grandes cantidades, que está documentada en las actas de Phoebus, un pool de industrias eléctricas norteamericanas creado en 1924. Los focos duraron entonces 2500 horas y luego 1500 y más adelante 1000. El gobierno se desentendió de denuncias de usuarios que vieron que estaban frente a una maniobra para apoderarse de su dinero. Las denuncias abundan hoy sobre todo en la industria electrónica contra impresoras que dejan de funcionar tan pronto se limpian los cabezales cierto número de veces, que no está escrito en ninguna parte, o contra los IPods con baterías demasiado mezquinas que no duran ni siquiera el mínimo. Es decir, aparece el riesgo de ser desalojado del mercado por exceso de angurria. En Europa se recuerda todavía que el sobretodo del muerto pasaba al hijo, al nieto, al bisnieto, y se mantenía en condiciones de uso y a la moda. Eso es recuerdo hoy, cuando no hay herencia de este tipo, ni es posible usar la misma prenda siquiera dos años seguidos en algunos casos. La industria electrónica hace patentes estos procedimientos con la incompatibilidad del software. Tan pronto un software se vuelve incompatible es preciso dejarlo de lado porque es "arrojado por la borda" vivito y coleando. Por ejemplo hay computadoras que usan sistemas operativos que envíen mensajes que no pueden ser abiertos por máquinas de "generación" anterior. Se trata de una incompatibilidad deliberada, innecesaria salvo para los interesados en conseguir más y más ventas. Como dijo Vance Packard en 1957, cuando publicó "Las formas ocultas de la propaganda", el mundo de los negocios, el mundo del capital financiero, el mundo cuya voz es casi la única que se escucha a nivel planetario, trabaja sin cesar para convertirnos en desechos, a sus productos y también a nosotros, los usuarios, en individuos agobiados por deudas tomadas para mantener el paso y permanentemente descontentos. De la Redacción de AIM.
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