01/02/2026 16:00
01/02/2026 15:59
01/02/2026 15:59
01/02/2026 15:57
01/02/2026 15:57
01/02/2026 15:57
01/02/2026 15:56
01/02/2026 15:56
01/02/2026 15:49
01/02/2026 15:49
Gualeguay » Debate Pregon
Fecha: 01/02/2026 12:12
Emilse Bóver: Destino: el santuario de Machu Picchu (2ª Parte) En esta segunda etapa hacia el Machu Picchu se presentan nuevos desafíos que abren expectativas. ¿Seguimos el camino junto a Emilse y sus amigos? Sabíamos que el segundo día del recorrido era el más difícil. Salimos a las cinco de la mañana para llegar al mediodía al punto más alto (4.600 msnm), y ver la montaña Salkantay. Éramos cientos de personas: en grupos, con y sin guías, en parejas, solos, caminando y a caballo. Parecíamos una gran procesión que rápidamente se fue dispersando y algunos más lentos fueron quedando atrás. Esos algunos éramos nosotros siete. El camino era árido, con piedras, casi sin vegetación. Hacía mucho frío, pero era algo a favor porque nos obligaba a seguir caminando. Llegamos a la cima pasado el mediodía y no pudimos ver la montaña porque estaba nublado. Caía aguanieve. Nada de esto pudo opacar la satisfacción de estar ahí, de haber llegado, de haberlo logrado. - Ahora queda lo más fácil, dijimos, -bajar. Nunca habíamos estado más equivocados en nuestras vidas. El camino de descenso fue interminable. Con el correr de las horas fuimos ganando cansancio, hambre y, de a ratos, un poco de mal humor también. Comenzó a aumentar la temperatura y la vegetación dejó de ser tan agreste, empezó a aparecer el color verde. Pasamos algunos parajes de pocas casas, veíamos a lo lejos otros caminantes, pero la mayor parte del tiempo estuvimos solos. Fue una oportunidad para encontrarse y conversar con uno mismo y disfrutar del paisaje virgen y del silencio. Cuando, alrededor de las cuatro de la tarde, un lugareño nos avisó que aún nos faltaban tres horas para llegar a nuestro destino, hubo un punto de quiebre. No había otra alternativa que seguir caminando y nos iba a agarrar la noche. No había opción de tomar un taxi. Alguien lloró. El sendero se volvió más estrecho y la vegetación más densa. Ya no veíamos. Guardamos la poca batería que nos quedaba en los teléfonos para usarlos de linterna (tampoco nos servían para otra cosa porque no había señal y no teníamos el número de algún helicóptero para pedirle que nos fuera a rescatar). Tres de nosotros llegamos a Chaullay a las nueve de la noche y los otros cuatro a las diez. No era nuestro destino final, teníamos reservado un refugio en Collcapampa, pero al menos habíamos llegado a la civilización. La dueña del refugio nos fue a buscar en su camioneta. Esa noche pudimos bañarnos y comimos unos fideos con salsa que nos devolvieron el espíritu. Es en este tipo de viajes donde uno valora más las cosas básicas como bañarse, comer y dormir. Conocimos unas mendocinas durante la cena y tanto allí como en los otros refugios y caminatas, gente de todo el mundo. Ese intercambio es algo que disfruto de los viajes: escuchar de dónde vienen los otros, qué hacen y cómo es la vida en sus países. El tercer día amaneció soleado y despejado. Renovados, comenzamos nuestra caminata por un camino que se mostraba imponente, con vegetación selvática, montañas y arroyos. El clima despejado y el sendero plano duraron solo un ratito: empezó a llover y empezaron las subidas y los caminos angostos de cornisa, de esos que da miedo mirar al vacío. Para algunos ese día fue de los más difíciles, para mí fue el mejor. Caminamos ocho horas en total y llegamos temprano a Lucmabamba, el siguiente pueblito. Al día siguiente quedaban 20 kilómetros de caminata para llegar a Aguas Calientes. En la noche hubo una votación, y la mayoría decidió hacer la mitad de este recorrido en combi. Estábamos agotados pero felices. Ya llevábamos más de 40 kilómetros recorridos y estábamos más cerca de nuestro destino final: el santuario Machu Picchu. El viaje en combi era de un par de horas. Más allá de la velocidad y la falta de prudencia al manejar de los locales, parecía que sería un viaje sin sobresaltos hasta que llegamos a un punto donde la ruta estaba cortada por un derrumbe y había que cruzar un río. El precario sistema que habían ideado para cruzar a las personas consistía en un cajón de madera, con una polea sujeta a un cable de acero, que dos personas corrían a mano. Peligroso, inseguro, increíble, pero al final de cuentas, divertido. (continuará)
Ver noticia original