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» Clarin
Fecha: 01/02/2026 07:40
Hace días de la Operation Absolute Resolve, y yo pienso en Los siete samuráis (1954), de Akira Kurosawa. La mejor película de todas, dicen. Le pregunto a la IA y, concluida su inicial lisonjería, asegura que los samuráis que luchan por proteger a la pequeña aldea japonesa, en 1570, lo hacen en defensa de una forma mínima de vida: la del guerrero. No creen que defenderla sea una causa justa de por sí: saben que los campesinos tienen intereses propios, pero igual saben que están aterrados, ya que no pueden derrotar a los bandidos que se apropian de su cosecha. Es decir, la ética de la película nace de la necesidad compartida, no de una épica heroica. Este esquema moral no es ajeno a los venezolanos que anhelan liberarse de sus propios malhechores. De allí que se declaren agradecidos a Trump por la abducción del dictador; aunque, al mismo tiempo, saben que Estados Unidos busca un reposicionamiento geopolítico que, a juzgar por los hechos, comenzó en Caracas. Este objetivo trumpiano no impide que la maldad del chavismo continúe pavoneándose. Por eso nadie celebra fuera; todos sonríen puertas adentro. Tampoco defienden ninguna soberanía, porque ese artilugio ya no existe: fue abolido por la revolución y entregado a sus socios criminales. «Hemos nacido para sufrir, mansos, de rodillas», grita uno de los aldeanos de Kurosawa. Algún venezolano de a pie podría suscribir este terror y correr con estos campesinos a consultar a Gisaku, molinero y oráculo del pueblo, quien les dice que deben negociar con los bandidos porque son peores que los lobos, pero enfatiza que también hay que luchar: convocar samuráis hambrientos, sin señores ni amos. Añade, además, que no es momento de preocuparse por las barbas cuando están por arrancarles las cabezas. Temen tanto a los bandidos como a los samuráis. Temen a todos los que puedan ejercer violencia contra ellos, arrebatarles sus tierras y reducirlos al vasallaje. Es un miedo que no pasa. Durante años nadie los defendió. Desconfían. A Kurosawa le interesan las reacciones humanas frente a estas tensiones. Sabe que todos necesitan que la vida continúe en ciertas rutinas, pues así se siente la normalidad. Por eso, Shino, la doncella de la aldea, y Katsushiro, aprendiz de samurái, ceden al deseo como una afirmación elemental de lo viviente. Algo similar ocurre en aquel registro increíble que hace Kafka, el 2 de agosto de 1914: «Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde, Escuela de Natación». ¿Cuál es la normalidad de un venezolano que lleva veintiséis años de sometimiento? Sin duda, la adaptación permanente: la normalización de lo anormal. No hemos restaurado ni siquiera los sentimientos mínimos o la posibilidad de recuperarlos de aquello que fuera nuestra cotidianidad. Los presos políticos, baste por caso, salen a cuentagotas y no hay manera de contarlos, de pasar lista; todo es incertidumbre tras un cuarto de siglo de encarcelamientos arbitrarios. El ronin del norte no repara en algo tan elemental. Por el contrario, ha puesto por delante a los propios carceleros y, ahora, debemos digerir esta nueva anormalidad y simular cierta alegría por el favor recibido. Make America Great Again podría resultar desoladora. Recuerdo que Kambei Shimada dice, a final de Los siete samuráis: Hemos vuelto a perder, los ganadores son los campesinos. Me espanta pensar que la realidad venezolana acabe poniendo de revés esta triste observación.w Sobre la firma Newsletter Clarín
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