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» Clarin
Fecha: 01/02/2026 07:39
Fuera de mi ámbito personalla familia, los amigos--no hay nada que desee más en el mundo que una victoria para Ucrania en su guerra con Rusia o, si no, que las conversaciones hoy en Abu Dabi entre delegaciones de ambos países conduzcan eventualmente a una paz que incluya para el pueblo ucraniano la esperanza de un futuro feliz. Pero me provocan más tristeza los soldados rusos que los ucranianos. Me provoca más tristeza Rusia que Ucrania. No existe en Rusia la esperanza de un futuro feliz, siquiera de un futuro digno, salvo que uno pertenezca a las mafias que manejan el poder. Pobre Rusia, cuyos soldados sufren más bajas hoy que en cualquier guerra desde 1945. En la lista de los países en los que menos hubiera querido nacer ahí está, no tan por encima de Irán, Corea del Norte o Sudán. Es verdad, ha producido grandes genios de la humanidad. Si solo tuviésemos la literatura y la música rusa, tendríamos suficiente, o casi. Pero como escribió el novelista polaco Joseph Conrad a comienzos del siglo XX, el espíritu de Rusia es el espíritu del cinismo. Lo sigue siendo. El cinismo de la mayoría de los habitantes, que no tienen más remedio que anteponer la supervivencia a los valores. Y el cinismo de los gobernantes, expresado en un hábito tan natural para ellos como respirar, la mentira, y en un impulso que llevan en la sangre, la crueldad. El ídolo de Vladímir Putin es Pedro el Grande, zar del final del siglo XVII y principios del XVIII que aspiraba a la modernidad europea. Pedro el Grande, que dio su nombre a San Petersburgo, la ciudad natal de Putin, mató a su hijo. Pero no como consecuencia de un arrebato de rabia, como había sido el caso del también filicida Iván el Terrible. No. Pedro el Grande ordenó matar a su hijo y lo vio morir tras cuatro horas de torturas. En cuanto a la modernidad, Rusia nunca llegó. Es hoy el único país de la órbita europea que no ha conocido la democracia, si excluimos la breve, aberrante y catastrófica época de Boris Yeltsin. La economía rusa es tercermundista, dependiente de la exportación de materias primas y -menuda humillación- es apreciablemente más pobre per cápita que las de países democráticos como Estonia o Polonia que antes sufrieron la asfixia sovíética. La misma asfixia que soportan los rusos hoy, aunque muchos de ellos ni se enteran, pobre gente, ya que es lo único que han conocido. Como un oso que nace y muere en una jaula. Con razón que los ucranianos resisten. Con razón que los vecinos de Rusia se arman hasta los dientes. Con razón que Putin y sus compinches nos odian a los europeos. Somos el espejo en el que ven su fracaso y su miseria moral. Vi dos cosas en mi televisor esta semana. Un documental filmado en el frente de guerra en Ucrania y el testimonio de un soldado ruso. El documental se llama 2000 metros hasta Andriivka. Cuenta, con cámaras montadas en los cascos de un pelotón de soldados ucranianos, el intento de retomar el pueblo de Andriivka. Es como ver Salvar al Soldado Ryan con la diferencia de que el coraje, el miedo, los heridos y los muertos son reales. El testimonio del soldado ruso lo vi en YouTube. Tenía 18 años y lo había grabado en su móvil, dirigiéndose a su madre. El chico, entre aterrado y resignado, explica que le acaban de dar la orden de participar en lo que sería una misión suicida. Le dice a su madre que si no recibe noticias suyas en dos días será que habrá muerto y que publique su testimonio en las redes. Ahí está. ¿Qué conclusiones sacar? Una, que no existen palabras para clasificar esta guerra que Putin se inventó. El absurdo, la futilidad, el sinsentido no llegan. Dos, que los soldados ucranianos saben que luchan por una causa noble: defienden no solo su tierra sino un sistema de valores, el mismo por el que se sacrificaron los soldados Ryan en la segunda guerra mundial. Tres, que los soldados rusos, como reconoce el chico de 18 años, luchan en primer lugar por el dinero que les paga el gobierno y que, a diferencia de los ucranianos, a sus superiores les importan tan poco sus vidas como a su comandate en jefe. Es decir, nada. La crueldad, siempre la crueldad. No olvidemos que cuando los aliados estaban a punto de tomar Berlín los soldados alemanes se desvivían por entregarse a los ejércitos americanos o británicos, no a los rusos, violadores en serie, ya que estamos, de mujeres alemanas. ¿Comprensible, si no perdonable? Es verdad que, excluyendo Alemania, la Unión Soviética sufrió al menos diez veces más bajas de soldados y de civiles que los países de Europa occidental, algo parecido a la desproporción que vemos hoy. La balanza se inclina espantosamente del lado ruso. Unos mil muertos o heridos al mes en el último año es el consenso conservador, con el grotesco factor agregado que desde la invasión a gran escala que este mes llega a su cuarto aniversario Rusia solo ha expandido su control de territorio ucraniano por apenas en uno por ciento. Por eso los rusos recurren a otra crueldad, la de lanzar misiles a las ciudades de Ucrania con el objetivo de destruir sus infraestructuras y, con ello, la moral de los civiles. Me decía esta semana un amigo que vive en una ciudad no lejos del frente que pasa 12 horas al día sin calefacción o agua en temperaturas de menos 18. Pero la moral, como la esperanza, tiembla pero no decae. Mejor aguantarlo todo durante unos meses, o unos años, que pasar el resto de la vida aplastados como los pobres rusos. En cuanto al llamado diálogo de paz hoy en Abu Dabi, el día en el que Putin desista de imponer tanto sufrimiento innecesario nada tendrá que ver con la compasión por los suyos, ni mucho menos por el enemigo, sino por el puro cinismo de temer que por falta de dinero, por el desastre al que su guerra ha reducido la economía de su país, perderá lo único que él valora, el bendito poder. Sobre la firma Newsletter Clarín Newsletter Clarín
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