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» Clarin
Fecha: 31/01/2026 14:53
Las vocaciones, como las certezas o la inspiración, tienen formas extrañas de aparecer. A Matías Bruzoni, lo que más le divertía a los 10 años era acompañar a sus cuatro hermanos menores al pediatra. Cuando veía a los médicos, con sus guardapolvos blancos y siempre dispuestos a ayudar, sentía admiración y curiosidad. De a poquito me fui interesando por ese mundo y en el colegio me empezaron a gustar las ciencias más que otras materias como Literatura o Historia. Y si alguien se lastimaba en la escuela, yo era el primero en acercarme, recuerda hoy, de paso por la Argentina. Video Quién es Matías Bruzoni, el argentino que fue designado jefe de Cirugía Pediátrica en Texas A los 49 años, vive en los Estados Unidos y es Jefe de Cirugía del Texas Childrens Hospital, en Austin, un puesto reservado para profesionales de élite. Hasta allí llegó con su esposa, tres hijos y un largo camino de especialización, donde esa curiosidad que lo invadió de chico en los consultorios de un hospital de San Isidro fue clave para crecer y progresar. En familia. Matías Bruzoni junto a su esposa Vicky e hijos: Tomás, Sofía y el pequeño Marcos. Foto: Album familiar. De visita en la casa de sus padres en Pilar, le cuenta a Viva cómo hizo para convertirse en un cirujano pediátrico de renombre y cómo vislumbra el futuro de la Medicina en los quirófanos. Algo que él ya está experimentando. -¿Cuándo decidiste que lo tuyo sería la Medicina? -Cuando fui por primera vez a un quirófano, invitado por mi mentor, el cirujano Juan Carlos Parodi. Yo tenía 16 o 17 años y él me propuso ver un cirugía cardíaca en el Instituto Cardiovascular de Buenos Aires (ICBA). No sabía cómo iba a reaccionar, si me iba a desmayar al ver sangre, si me iba a sentir mal. Pero me fue muy bien. Me enamoré de todo: de los preparativos, del lugar, del procedimiento, de los cirujanos, de sus asistentes. De todo lo que significa una cirugía, de esa enorme posibilidad de mejorar o directamente salvar una vida. -¿Durante la carrera ya querías ir a otro país para perfeccionarte? - Sí. El sueño en esa época era estudiar y entrenarme acá, ir a aprender un poco más en los Estados Unidos y después volver a la Argentina. Siempre sentí que en ese proyecto me apoyaba toda la familia. Papá, que trabajó muchos años en Ford como director de Marketing y Sales; y mamá, abogada, siempre me alentaban. Y cuando viajábamos a los Estados Unidos, se preocupaban por llevarme a conocer las universidades de las ciudades que visitábamos. Me motivaban mucho. Soñaban conmigo. Compraban libros médicos en inglés. Yo había ido al San Marcos, que es un colegio bilingüe, cursé mañana y tarde, pero el inglés médico no es lo mismo, así que empecé a estudiarlo más. -Estabas muy enfocado. -Me fui preparando. Me preocupé por averiguar sobre los exámenes de reválida, sentía que iba acumulando un patrimonio de conocimiento y que, cuando llegara el momento, estaría listo para viajar y seguir estudiando. Al terminar la facultad, en la UBA, tuve la suerte de ingresar a la residencia de cirugía en el Hospital Británico, que era un lugar muy competitivo -lo sigue siendo- y sólo aceptaba el ingreso de dos residentes por año. Hice los cuatro años de cirugía general y a los 27 me aparecieron dos grandes oportunidades: quedarme allí como jefe de residentes o hacer un fellowship en trasplante en los Estados Unidos. Fellowship es lo que viene después de la residencia, es como una instancia más de especialización. Era un entrenamiento para hacer trasplante de órganos sólidos: riñón, hígado, páncreas, también para trasplante de intestino, que no es un órgano sólido de por sí pero es un órgano abdominal vital. Fue una decisión difícil, porque si me quedaba acá de jefe de residentes iba a apostar mucho a mi carrera en la Argentina. Si me iba a hacer un fellowship a Estados Unidos, apostaría a mi especialización allá, así que fueron días, semanas y meses muy difíciles. Matías Bruzoni en el quirófano, durante una cirugía en los Estados Unidos. Foto: Album familiar. -¿En lo personal cómo estabas? -Estaba por casarme con Vicky. A mí me importaba mucho la familia, la base, y quería construir todo con ella, que es psicopedagoga y trabaja con autismo. Lo hablamos mucho y finalmente decidimos irnos. Tuve que decir que no a la jefatura de Residencia y viajar a Omaha, en Nebraska, para hacer el fellowship en uno de los centros de trasplantes más grandes de los Estados Unidos. Un trabajo muy demandante: tenía que volar muchas veces por semana para hacer ablaciones y regresar con los órganos para implantar. Gané mucha experiencia. -¿Por qué elegiste después el camino de la cirugía infantil? -Porque me di cuenta de que disfrutaba de la interacción con los padres. Me gustaba el impacto que uno lograba sobre una familia porque, bueno, un hijo es todo. Los padres nos entregan a sus bebés para que los curemos y se los devolvamos sanos. Eso me empezó a movilizar mucho. Y en esa época también nacía mi primer hijo, Tomás. Conecté más con los padres. -¿Tuviste que hacer una nueva especialización? -Sí. Tuve que hacer una especie de marcha atrás porque, para ser cirujano infantil allá, primero hay que ser cirujano de adultos. Yo lo era, pero en la Argentina. Volví a hacer la residencia de cirugía de adultos. Y luego tuve el privilegio de entrar a la Universidad de Stanford, en California, como fellow de cirugía pediátrica. Eso demandaba dos años más, así que nos mudamos con nuestro hijo, que ya tenía 3 años. -Cambiaste de clima en todos los aspectos. -Sí, nos fuimos a Palo Alto, que tiene días con mucho sol de marzo a noviembre. Nada que ver con Nebraska. Y Stanford es una universidad muy linda, muy reconocida. Para ingresar se hace un matching program muy competitivo y fui el primer fellow de cirugía infantil que tuvo Stanford, lo cual todavía me cuesta creer. Eso fue en 2009 y estuve allí varios años en una práctica clínica y académica muy intensiva en cirugía de chicos. Terminé quedándome casi 15 años. Aprendí muchísimo y empecé a tener más posiciones de liderazgo y a armar programas. Llegué a ser profesor asociado en la Universidad y director del programa de fellowship: venían fellows y yo era responsable de entrenarlos, como habían hecho conmigo. Fue espectacular. Matías Bruzoni es cirujano y, en sus ratos libres, músico. Toca guitarra y piano y a veces se presenta con otros médicos que comparten la misma pasión. Foto: Album familiar. -¿Tu familia se adaptó fácilmente? -Hubo desafíos y siempre vamos a extrañar a nuestras familias, amigos y costumbres. Pero la verdad es que nos entusiasmamos con las nuevas experiencias, así que la posibilidad de volver a la Argentina fue desapareciendo de los planes. A California fuimos con Tomás, y allí nacieron Sofía y Marcos, que llegó cuando terminé el fellowship. Los tres crecieron en California. - Cuando estabas en Stanford también fuiste parte de dos cirugías muy importantes. -Hubo cirugías de siamesas, es verdad. Ese tipo de operaciones no son comunes. Es probable que uno transite su carrera de cirujano infantil y no tenga la oportunidad de toparse con esos casos. A mí me pasó dos veces. La primera, como cirujano asistente y la segunda como principal. Fueron dos milagros. En el primer procedimiento, las mellizas (se da por lo general en mujeres) estaban unidas por el tórax, por el abdomen y un poquito más abajo. En el segundo caso, por el abdomen y la pelvis, algo mucho más complicado. Las cirugías fueron largas, 22 o 23 horas cada una. Uno ve hoy a las chicas del primer caso y no se da cuenta de que alguna vez estuvieron unidas. En el segundo caso, tenían cuatro brazos y solo dos piernas funcionales, una de cada una. La tercera y cuarta estaban fusionadas en una: se sacrificó. A ellas también se las ve bien, ya esquiaron y andan en scooter con prótesis. Fueron cirugías muy difíciles y, al recordarlas, uno imagina cómo las vivieron sus padres... -¿Fueron las cirugías más importantes de tu carrera? -Son casos que me marcaron porque el nivel de gratificación es espectacular. Pero creo que también me marcó la cirugía de neonato, de bebitos pretérmino con muchísimos problemas y que después de cirugías terminan siendo adolescentes sanos, adultos sanos. Tocan muy fuerte porque son bebitos que nacen casi a las 23 semanas y tienen un 30 o 40 por ciento de probabilidad de morir. -¿Qué operás en esos casos? -Esas cirugías son para abordar malformaciones congénitas, por ejemplo cuando el esófago nace interrumpido. Son bebés que no pueden comer y eventualmente mueren. Hay que hacer cirugías de mucha precisión, uniendo el esófago, separándolo de la tráquea, de los pulmones, de lugares adonde no tiene que estar conectado. Otros bebés nacen también con muchas enfermedades del intestino, en donde puede perforarse. Hay que reconstruir, unir, cerrar, poner, sacar. En un momento también dirigía el programa de cirugía de cáncer y muchos de esos procedimientos los tengo en mis recuerdos porque son casos de vida y muerte. En cirugía pediátrica cada día es distinto y el nivel de impacto es variado. A medida que fui avanzando empecé a entender también lo que es cirugía fetal. Operar adentro de la madre. Matías Bruzoni eligió la cirugía pediátrica porque le gusta conectar emocionalmente con las familias. Foto: Ariel Grinberg. - ¿Eso también lo hacés? Sí, lo estoy empezando a hacer más ahora en mi nuevo puesto en el Texas Childrens Hospital, de Austin, donde soy Jefe de Cirugía y tuve la oportunidad de armar equipos desde cero, pero hice cirugías fetales en Stanford, donde trabajé con gente experta en el tema. -¿Por qué se decide hacer una cirugía fetal? Hay varios casos, se puede hacer, por ejemplo, en gemelos, cuando uno de ellos le roba mucho flujo sanguíneo al otro. Eventualmente se pueden morir los dos porque uno queda muy grande, y el otro muy chiquito. Entonces se hacen cirugías en las que con láser se queman muchas de las conexiones en la placenta para que un bebé no le saque tanto flujo al otro y después nacen como dos bebés sanos. También se indica en casos de espina bífida. Es una cirugía que sí vale la pena el riesgo porque estos bebés eventualmente no caminan, no controlan esfínteres, están en sillas de ruedas, tienen enfermedades muy severas, neurológicas. -¿Cómo se hace? -Cuando se detecta, se tiene en cuenta una ventana entre las semanas 24 y 26 de gestación. Lo que se hace es llevar a la madre al quirófano, se la pone a dormir con una anestesia que mantiene al útero relajado durante toda la cirugía. Luego se le hace una incisión a la madre y se exterioriza el útero, que a esa altura es como una pelota de básquet, ya está bien grande. A través del útero se ponen cánulas muy chiquititas, de unos 3 mm, y se opera con una técnica llamada fetoscopía. Se reduce la médula espinal, la parte final se vuelve a poner en su lugar, se le coloca por arriba un parche y se cierra el músculo y la piel. Luego se sacan las cánulas, se cierran los agujeritos, y se vuelve a poner el útero en la panza para que continúe el embarazo. Es un procedimiento que tiene una demanda mundial. No abundan los lugares donde se lo puede hacer. En la Argentina sé que se han hecho en el Hospital Austral, Italiano, Fernández y el Garrahan, entre otros. Cada vez que vengo aquí me reúno con cirujanos infantiles y hacemos ateneos o charlas. Estoy en contacto con muchos de la Fundación Hospitalaria: los invitamos a clases en los Estados Unidos, o damos clases acá, tenemos buena conexión porque no somos tantos los cirujanos pediátricos en el mundo. -¿Qué otros procedimientos nos van a sorprender en el futuro? - La cirugía robótica está avanzando en adultos y de a poquito se va adaptando a pacientes cada vez más chicos, porque los robots son muy grandes y usan cánulas muy gruesas, como mi dedo. Y si uno tiene un bebé de 3 kilos, una de esas cánulas no deja mucho espacio para operar, entonces en este momento se están armando empresas de robots más pequeños y modulares. -¿Vos pensás que su uso va a ser más generalizado? - Sí. Ya está siendo cada vez más generalizado en los Estados Unidos, en los adultos, y un poco en chicos de 2 o 3 años. Y lo va a ser cada vez más. En niños ya se pueden operar cosas de hígado, o de reflujo, en donde uno tiene que reconstruir el estómago y previene ese reflujo, que es un enfermedad muy común en chicos. Además, se pueden hacer reconstrucciones, donde se vuelven a unir partes del intestino, o de la vía biliar con más precisión. Se está avanzando, pero el porcentaje es aún muy muy bajo en niños. - ¿Qué es lo que le falta a la Robótica para adaptarse totalmente a un quirófano? -Bueno, el robot no tiene lo que llamamos el sentido de propiocepción, o feedback. Si yo toco una superficie y siento que es dura, puedo tocarla más fuerte si quiero y si es blanda, sé que tengo que tener más delicadeza. El robot es visual, entonces tiene que ver algo e imaginar su textura. Por ejemplo, si uno está suturando, está dando un punto, eso es algo delicado. Es como cuando uno se ata los cordones, los ajustás y sentís la presión. El robot, no: puede seguir tirando y romper. Por eso el cirujano es vital. Ahora están equipándolos con un software para que tengan propiocepción, para dotarlo de un feedback sensorial. Donde uno tironeaba, uno podía romper una sutura, lastimar un órgano, ahora todos los softwares nuevos están viniendo con ese avance. Nosotros, desde nuestro lugar en la cirugía pediátrica, informamos a todas las industrias involucradas cómo hacerlo mejor para chicos. Eso es el futuro también. -Pero el robot cirujano siempre necesitará un humano, como hoy lo precisa el robot Da Vinci, ¿o no? -Mediante la Inteligencia Artificial, el Da Vinci puede seguir aprendiendo. Obviamente, el trabajo que hace un cirujano es muy difícil de reemplazarlo por IA. Pero, justamente, se hizo un estudio combinado, hace unos meses, entre las universidades Johns Hopkins y Stanford. Se operaron a chanchos: se les sacó la vesícula con el robot Da Vinci operando en forma autónoma. El robot Da Vinci, en acción, durante un procedimiento monitoreado por un cirujano humano. Foto: AP. -¿No había un cirujano humano? No había un cirujano guiándolo. Había gente mirando. Se programó al Da Vinci para hacer movimientos a repetición. Sacar la vesícula del chancho es un procedimiento muy simple, no es como extraer la del humano. Lo que hay que hacer para sacar la vesícula es cortar un conducto y retirarla. Entonces es una tarea más bien simple en el chancho. El robot logró hacerlo solo, poniendo los clips, cortando. Fue un avance muy grande. Así que hay que ver qué se viene y ver dónde termina todo esto. -Mencionaste la IA, ¿hasta dónde podría llegar en lo que hacés? -Bueno, todo puede avanzar, siempre teniendo en cuenta nuestro primer mandamiento en el quirófano: no lastimar, no hacer que las cosas empeoren. La IA me sigue sorprendiendo en cuanto a la información que provee, los análisis. Yen educación. Uno puede poner un video de una cirugía y la IA analiza los movimientos que se hicieron. El sistema te puede decir dónde el cirujano fue eficiente, dónde ineficiente, dónde fue brusco, dónde le faltó delicadeza. También se pueden colocar sensores y recabar datos sobre cómo aliviar el trabajo de los cirujanos. Nosotros hacemos cirugías muy largas, se puede lastimar el hombro porque se fatiga. La ergonomía es vital, estamos con el cuello siempre para abajo también causando dolor de espalda. La IA puede ayudarnos a hacer cirugías largas sin tanto agotamiento. No deja de sorprenderme. Mirá también
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