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» TN
Fecha: 31/01/2026 14:53
Sabrina Bertón Belbruno tenía 17 años cuando la asesinaron el 14 de marzo de 2008 en Salta. Aquella tarde de viernes, salió de su casa para ir por primera vez a la cancha y en el camino, entre bombos, petardos y cánticos, un balazo le atravesó la cabeza. El tiro salió del arma de Aldana Alejandra Leiseca, una joven dos años mayor que ella a la que conocía de vista del barrio. Sabrina cayó en la calle, en medio de la multitud, y no volvió a levantarse. Murió en el acto. No pudo ni siquiera agonizar mi niña, lamentó su mamá, Roxana Belbruno, en diálogo con TN. Leé también: Un disparo mortal, una relación violenta y un asesino que sigue libre: el misterioso crimen de Marcela Rota Ese fue el punto de inflexión que dio inicio a una lucha que Roxana llevó adelante, casi en soledad, no solo por conseguir justicia, sino también para conocer la verdad de lo que ocurrió ese día. Fue un camino muy penoso. Todo apuntaba a que la causa prescribiera, sostuvo. El juicio llegó recién en 2015, con Leiseca sentada en el banquillo de los acusados. La condenaron a ocho años de prisión y ya está en libertad. Nunca declaró. Solo ocho años. El mínimo para semejante acto, en la vía pública, frente a varios testigos directos que decidieron callar, cuestionó la mamá de la víctima. A casi 18 años del crimen de Sabrina, la familia finalmente exhumará y cremará sus restos. Es una decisión igualmente triste, explicó Roxana en un comunicado que compartió en sus redes, como si todavía hiciera falta aclarar que el dolor no se archiva. El crimen de Sabrina Bertón Belbruno Aquel fatídico mes de marzo de 2008, Sabrina había empezado su último año del secundario en la escuela de Bellas Artes de Salta. Acababan de empezar las clases, era un viernes y volvió muy cansada a casa, pero me dijo que quería ir a ver el partido de Gimnasia y Tiro y Central Norte, recordó su mamá. El encuentro era un clásico del fútbol local y Roxana le dio permiso a su hija para ir con sus amigos rumbo al estadio. Era la primera vez que Sabrina iba a ir a una cancha, pero no llegó. Era temprano, en pleno centro. Yo la llevé cerca del Mercado Artesanal y le di plata para que volviera en remis, siguió el relato. La adolescente se encontró en ese lugar con un grupo de chicos del barrio e improvisaron una caravana que avanzó por avenida Belgrano, a apenas tres cuadras de la Catedral. En medio de esa caminata, Sabrina fue asesinada de un disparo en la cabeza. El juicio, el arma y una verdad incompleta De acuerdo con los testimonios que fueron incorporados a la causa, el grupo que acompañaba a Sabrina venía tirando petardos y el arma la llevaban las chicas porque a ellas no las requisaban. Aldana era la portadora, afirmó Roxana. Leé también: Volvía de un show de Babasónicos y la mataron: una esquirla, un asesino fantasma y la cadena de impunidad De esta manera, la autoría del disparo nunca estuvo en duda. El eje del debate consistía en aclarar si la joven tuvo o no intención de matar a la víctima. Pero, también desde un primer momento, la investigación quedó atrapada en una maraña judicial que la familia describe como errática, lenta y hostil. El caso fue caratulado primero como homicidio simple y a los 46 días cambió la calificación a homicidio culposo, una figura que Roxana jamás aceptó. Cada cambio de carátula era una nueva herida. Sentía que tenía que luchar contra el sistema. Sabrina, que tuvo que convertirse en una suerte de detective ella misma para encontrar las respuestas que la Justicia no le daba. A lo largo de los años, Roxana reconstruyó lo ocurrido casi en soledad. Guardó comentarios de redes sociales, siguió pistas anónimas, descubrió que el arma había sido utilizada al día siguiente del crimen de su hija en un robo a un taxista y que ambas causas estaban en manos del mismo juez. El juicio oral por el crimen de Sabrina recién comenzó en 2015. Fue entonces, en pleno debate, cuando Roxana se enteró de que el juez había mandado el arma a destruir al RENAR porque prescribió la segunda causa, la del asalto. La estrategia de la defensa fue demostrar que Leiseca caminaba con el arma envuelta en una campera y que el disparo fue accidental. Las pericias, en cambio, ofrecieron otra versión. Era un arma que requería una fuerza de 5 kilos y medio para gatillar. De ninguna manera podía ser involuntario. Además, se probó que el tiro fue directo: el arma fue disparada a menos de 50 centímetros y alineado su caño a la cabeza de mi hija, explicó Roxana a este medio. Finalmente, Leiseca fue condenada a ocho años de prisión por homicidio simple. Otros imputados recibieron penas por portación de arma y encubrimiento. Pero tampoco entonces llegó la paz. La condenaron y se fue a su casa. Por un error, aplicaron el Código Federal en lugar del Provincial. Recién seis meses después logré que la detuvieran. Hasta para eso tuve que luchar, remarcó Roxana. Por otro lado, nunca hubo un pedido de perdón. Jamás se acercó, ni ella ni su familia. Nunca abrió la boca. Ni siquiera para declararse inocente, apuntó la madre de la víctima. Así como Leiseca eligió el silencio, tampoco hablaron otros testigos clave. El novio de Sabrina, que caminaba detrás de ella cuando ocurrió el hecho, se negó a declarar en el juicio. Vio al padre de Aldana sentado entre el público y no habló. Lo intimidó, aseguró la mamá de la víctima. Y lamentó: Lo único que me interesaba era saber la verdad. Pero en los juicios no se persigue la verdad. Defender el derecho a no declarar de los acusados hace que las familias nos quedemos así: con esta angustia por no saber. La tortura del silencio Leiseca entró al penal en mayo de 2016, pero después de tanta batalla el encierro tampoco duró mucho. A los dos meses le dan permiso para salir a hacer deportes, reprochó Roxana, y agregó: También accedió antes de tiempo a beneficios como la libertad condicional y las salidas transitorias. Leé también: A 18 años del crimen de Rosana Galliano: la llamada que fue una trampa mortal y un asesino que sigue libre Ella no cumplió su condena para con la sociedad, sentenció la mamá de Sabrina, que también denunció que no se cumplió con la pena económica. A casi dos décadas del crimen, Roxana se sigue formulando la misma pregunta: ¿por qué? Puedo entender la estupidez humana. Los accidentes pasan. Pero no hay nada en su comportamiento que me lleve a pensar que no lo hizo con intención. Nadie me dijo qué pasó en esa caravana. Eso me tortura, afirmó. Su terapia para poder sobrellevar esa cruz, contó, fue exponer su historia: una radiografía de lo que atravesamos los simples ciudadanos. Y completó: Aprendí que no bastó nunca confiar en el accionar de los abogados ni en el criterio ciego de los jueces. Aprendí que hay errores por ineptitud, pero también malintencionados. Aprendí que muchos hechos que se producen en el contexto del fútbol cuentan con la injerencia y protección política". La risa eterna Sabrina era una adolescente como tantas otras. Alegre, querida, inquieta. Se destacaba en natación, hacía cerámica desde los 9 años, le gustaba bailar. Estaba en el último año, con mucha ilusión, cuenta su mamá. Esa misma semana les habían entregado las camperas de egresados, pero, por un problema en la confección, justo faltó la de Sabrina. Sus compañeros la pusieron después con ella en el cajón, recordó Roxana, con una entereza admirable. Hija de madre salteña y padre francés, Sabrina había conocido a su medio hermano apenas un año antes de morir. Verlo a ese chico es como conservar algo de mi hija. Una va recolectando pedacitos de recuerdos, expresó. Roxana ya no recuerda la voz de Sabrina, pero sí su risa. No me olvido de su alegría. En su corta vida se dedicó a cultivar amistades y fue muy querida. Eso me reconforta. Pasó por este mundo dejando una huella bonita. Tal vez por esto, la decisión de exhumar y cremar ahora los restos no clausura la historia, sino que la resignifica. La quería tener más cerca mío. Pasa el tiempo y el dolor no se va, van variando las necesidades de conexión, explicó. Es el gesto final de una familia que buscó respuestas donde solo encontró obstáculos. Hoy, con menos fuerzas pero la misma convicción, Roxana sigue esperando. No tengo vocación de víctima. Soy una luchadora. Espero no morirme sin saber algún día qué pasó, concluyó.
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