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Buenos Aires » Infobae
Fecha: 30/01/2026 02:11
Cualquiera que sepa escribir una crónica sabría por dónde comenzarla, cómo estructurarla, qué temas incluir y cuál sería el tono correcto. Pero, sobre todo, tendría claro que la crónica es un relato que se escribe posterior al suceso. Yo no soy escritor de crónicas y eso me da libertad. Sé que es una forma extraña de abordar una crónica sobre un voluntariado en Israel, pero no es caprichoso hacerlo así, tiene un propósito. Y aquí me voy a espoilear: finalmente se trata de libertad y propósito, y no importa cuándo se lea esto, siempre, para todo, será esa la conclusión. Es verdad que el todo es más que la suma de las partes, pero también que un botón puede ser muestra del espíritu de algo, más cuando ese pequeño objeto de mercería es algo tan transformador -como el trabajo de voluntario- en un lugar tan eterno -como Israel-. Podría decir, tan solo, que lo primero que vi al llegar a Israel fue a una mujer musulmana tapada de pies a cabeza, rezando tranquilamente tumbada en su sajjada (tapete de oración) en dirección a la Mecca en el aeropuerto Ben Gurión. Podría proponer, para cerrar esto como un microtexto, que se imaginen a un ortodoxo judío rezando con tzittzit y peyot (característicos flecos rituales y mechones de pelo largo a los costados), en dirección a Jerusalén, en algún espacio público de Gaza. No sería una crónica, ciertamente, pero sería un buen botón de muestra. En términos simbólicos, el viaje comenzó una tarde de octubre en la que recibí el mail de Taglit, la institución que organiza estos voluntariados, diciendo que me habían asignado al grupo 474. Pero el viaje viaje, el real, concreto, agotador y transformador, fue el 29 de diciembre. Ese primer día fueron tres. Soy consciente de que suelo sufrir de alegoría crónica, pero esta vez es literal: salimos treinta desconocidos el 29 de diciembre desde Ezeiza y, entre vuelos y escalas, recién el 31 a la noche dormimos en camas por primera vez. No aguantamos a las doce para brindar, diría, en un 75 por ciento por el cansancio y otro 25 porque ya habíamos celebrado nuestro propio año nuevo hace unos meses. Nos fuimos a dormir temprano, ya como una familia. Pensarán que es una exageración. Yo lo haría si estuviera del otro lado del texto. Pero no estoy tratando este relato con un crisol rosa. Menos que menos romantizo el concepto familia. Tampoco quiero venderles que lo extraordinario está tras cada esquina. La realidad es que hice una trampa, porque éramos ya una familia, incluso antes de ser treinta desconocidos. El tema es que cuando hay códigos que se comparten y no se pueden explicar, familia no es una palabra lejana. La magia es tímida, pero a veces sucede. Sobre todo, cuando hay códigos inexplicables y condiciones que la atraigan. Uno de esos contextos es el propósito. Otro es la libertad. El pueblo judío abunda en ambos. Decisiones, propósitos Para que este texto tenga al menos algo de crónica, quisiera hablar un poco de los voluntariados. El primero que hicimos fue en una granja donde se cosechan pimientos, tomates cherry y pepinos. Luego de las atrocidades del 7 de octubre del 23, miles de trabajadores que cruzaban desde Gaza a trabajar no pudieron ya hacerlo. Nos contaron cómo esos trabajos fueron entonces reemplazados por tailandeses, pero Irán los instó a irse y la tierra quedó nuevamente sin trabajar. La Tierra de leche y miel, esa en la que el pueblo judío se dedicó a sembrar durante milenios con tanta devoción, al punto de que la mayoría de nuestras fiestas religiosas tienen que ver con los ciclos de la tierra, no tenía manos que la labraran. La granja era de una señora que enviudó y no tenía manos que se ensucien, o se purifiquen, con esta tierra sagrada. Por varias horas hicimos tutores con hilos para que los pepinos puedan crecer derechos. Me pregunto en este punto sobre las manos de los judíos, de las que tanto se habla, de su propósito, pienso en esos tutores y me cruzan ideas sobre la crianza y su efecto sobre la rectitud, o la falta de ella en el crecimiento. No puedo no volver a pensar en la libertad y en el propósito. Pienso en los de Hamas. Pienso en un gazatí que llevaba sustento a su familia y no pudo ya volver a trabajar a Israel por lo que Hamas hizo. Pienso en una madre queriendo escapar ante los avisos del ejército de Israel que iban a atacar esa zona, privada por Hamas de hacerlo porque la necesitan como escudo. Pienso en un niño en Gaza, criado para matar a los judíos, enseñado a odiar como única herramienta, privado de la libertad de no hacerlo, de elegir otro propósito. Pienso en todo eso, no estoy opinando, porque es un dato tangible. El artículo 13 de la carta fundacional de Hamas, organización terrorista que gobierna en Gaza, dice que las iniciativas de las llamadas soluciones pacíficas y las conferencias internacionales para resolver el problema palestino contradicen el credo del Movimiento de Resistencia Islámico. Renunciar a una parte de Palestina (que ellos consideran todo Israel) es como renunciar a la propia religión. Más adelante continúa: No hay solución al problema palestino salvo la yihad (la guerra santa contra los infieles). Los terroristas no quieren paz, quieren la destrucción de todo judío, ese es su propósito. Ese es su uso de la libertad. Ese primer voluntariado fue en Shlomi, un pequeño poblado al norte, cerca de la frontera con el Líbano. La foto es hermosa, el Mediterráneo visto desde el mirador, el agua pegando en las rocas, el sol, como si nos hubiera estado esperando, a la altura perfecta, con la saturación ideal de amarillo, escapando estratégicamente de a rayitos entre una nube. Con lo justo para que sean hermosamente fotogénicos esos haces de luz solitarios. Es Dios, me dice uno. Ahora las fotos no son la realidad, son ese instante, no tienen historia. Pero Israel sí la tiene. Esa foto no muestra que a pocos metros de ahí hay un edificio del ejército cuidando la frontera, que en las columnas del mirador hay stickers con caras de jóvenes muertos recordados por familiares, ni que desde el 7 de octubre de 2023, desde ese mismo espacio de belleza fotográfica llovieron misiles, un poco más de 17.000 desde esa fecha a hoy. Decisiones, propósitos. En ese mismo período, solo Taglit llevó más de 17.000 personas a voluntariar a Israel. Decisiones, propósitos. Esas manos judías, de las que tanto se ha hablado, llegan desde todo el mundo a enderezar pepinos para que crezcan como fruto recto, otras prefieren tirar misiles. El segundo voluntariado fue en Kriyat Shmoná, un pueblo que durante los atentados tuvo que ser evacuado por completo. Ahora retornaron, pero también se sumaron personas que no vivían ahí, pero como habían nacido en ese pueblo decidieron volver. Allí hicimos huertas y canteros para un centro de jubilados. Los abuelos nos recibían con sonrisas y luchaban con la tecnología y el idioma para poder grabarnos y agradecernos. Al día siguiente fuimos a Yerushalaim. Entrando a la ciudad, uno de esta familia ensamblada de treinta comenzó a cantar. Hipnóticamente, todo el bus cantó emocionado. No fue una canción de cancha. No era una consigna política. No pedíamos vencer a ningún enemigo. Cantamos Jerusalén de oro, de bronce y de luz, para todas tus melodías, yo soy tu violín. Luego visitamos el Muro de los Lamentos, lloramos y rezamos todos, sin decir nada, pero todos sentimos lo mismo. Hoy fue el día más duro, física y emocionalmente. Arrancamos a las cinco de la mañana, camino a una granja en Nir Moshé, a ocho kilómetros de la franja de Gaza. Nos tocó trabajo de agricultura y lo que debíamos hacer era sacar de la tierra las plantas de morrones que ya habían dado sus frutos para que ese suelo pueda volver a ser plantado. Quien manejaba la granja nos contó que hasta allí llegaron los terroristas, que arrancaron de esta tierra a su hermano. Nosotros arrancamos morrones para que otros nuevos crezcan, ellos la vida de tantos judíos, con el objetivo de que no existamos más. Trabajamos junto a voluntarios israelíes, transpiramos juntos, cantamos. Me invitaron a venir a vivir acá, a trabajar, a buscar una esposa. Propósitos de vida. De ahí nos fuimos al momento más duro del viaje, el lugar donde se realizó el festival Nova, en el que los terroristas llegaron e hicieron cosas inhumanas. Cerca de mil chicos participaban de una fiesta de música. 350 murieron. 240 fueron secuestrados. Escuchamos el testimonio de Daniela, una chica de 22 años en el momento del ataque. Escuchaba un grupo de norteamericanos y nosotros. Ella hablaba, nosotros llorábamos. Contó cómo huyeron, cómo vio correr por un campo abierto a cientos de chicos que iban desapareciendo, cayendo en el campo. Sólo podían correr. Dijo que pensó solo en salvar a su hermana. No voy a decirle a mis padres yo vivo, pero Hamas mató a mi hermana. Vio a la lejanía un chico de remera negra correr desesperado y, a unos metros, uno de remera verde caminando con absoluta tranquilidad. Pensó, ¿qué le pasa? ¿Cómo puede estar así tranquilo? El de negro cayó, se levantó unos segundos y se desplomó de nuevo para no resurgir. Vio el arma del de remera verde y entendió que había sido su verdugo. Agradeció no haber tenido que ver, como otras personas que estuvieron allí, a chicas violadas ahí mismo en el campo mientras estaban escondidos sin poder hacer nada. Habiendo escapado entre misiles y terroristas que los perseguían hacia una comisaría de un pueblo, escuchó en el búnker a un muchacho que llegó agitado mostrándole a un policía su teléfono. Estaba desesperado. Su hermano estaba en un Kibutz, los terroristas les sacaron sus teléfonos y transmitían desde las cuentas de Facebook de las víctimas, en vivo, cómo los perseguían, violaban, quemaban, descuartizaban y mataban. A pesar de esto, muchos trataron a Daniela de mentirosa, según ella misma contó. Sin embargo, me mostró desde su celular los videos que grabó mientras escapaba de la muerte. Daniela regresó esa noche a Tel Aviv, dos días después se calzó su uniforme de soldado y se puso a disposición de los reservistas para defender a su pueblo. El agua moja y el odio mata Debiera terminar aquí, no habría que agregar nada más. Eso si en el mundo existiera la coherencia. Pero, desgraciadamente, incluso ante lo evidente, hay que seguir explicando que el agua moja y que el odio mata. No creo, sinceramente, que unos pepinos, unos canteros o remover plantas de morrones cambien el mundo. Pero sí creo que dice algo sobre el propósito de las manos judías. Creo que para muestra de cómo se usa la libertad bien valen estos pequeños botones. El verdadero efecto del voluntariado, y perdónenme el lugar común, no es lo que hacemos, sino lo que dejamos y lo que nos llevamos, para ponerlo en los términos transaccionales en los que a tantos les gusta ubicarnos a los judíos. Dejamos a los que habitan esta tierra la seguridad que estamos con ellos, que tenemos el propósito de la vida y la bandera de la libertad. Nos llevamos vivencias concretas. Estoy seguro de que cada uno de los que se vayan de acá será embajador. Podrán decir con conocimiento lo que vieron. Un pueblo que quiere vivir en paz. Un pueblo que es confrontado al horror y es condenado por defenderse. Una democracia donde musulmanes, armenios, judíos, católicos y ateos son iguales, rezan a quien quieren, o no rezan, viven como quieren y gozan de los mismos derechos. No hablo de política, hablo de personas. Mi voz no es un tuit a miles de kilómetros a la distancia, les cuento lo que vi, a una señora musulmana rezando tranquilamente a Alá. No flameo una bandera en una marcha de una situación de la que no entiendo nada, les cuento que toqué con mis manos pepinos que deseo crezcan rectos y jugosos. No les intento vender una fake news, les cuento que recogí plantas de morrones para que el suelo siga dando vida y que vi a Daniela correr por la suya. Sé que es un tiempo extraño el moderno, donde la verdad no existe, sino que existen verdades. Verdades que no son fundadas en datos, sino en sentimientos. Valoro la libertad de sentir lo que uno siente, pero no puede estar todo en juego todo el tiempo. Tiene que haber un piso en que pararse que sea firme, una tierra firme que labrar. El pueblo judío quiere vivir en paz. Los terroristas de Hamas quieren destruir a los judíos. Lo dicen. Lo escriben. Intentan hacerlo. Es un dato. La única venganza que el pueblo judío persiguió toda su existencia fue vivir. Desgraciadamente, a muchos les duele. Pasarán sus vidas de odio y nosotros seguiremos acá, llorando y rezando en el kotel, creando y labrando con nuestras manos, persiguiendo el propósito de la vida, con la libertad como bandera y cantando Jerusalén de oro, de bronce y de luz, para todas tus melodías, yo soy tu violín.
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