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  • La guerra de los tubos: el jefe de la UIA salió a defender a Paolo Rocca

    » Clarin

    Fecha: 30/01/2026 00:11

    La transformación del país exige empresarios líderes globales y un nuevo prestigio social para quien produce. Cuando uno habla en serio de progreso, hay una verdad simple que los países exitosos entendieron hace décadas: el desarrollo tiene líderes con nombres y apellidos. En todos los países capitalistas que lograron niveles altos de ingreso per cápita, cohesión social y estabilidad, el progreso tiene estructura, tiene sistema y tiene protagonistas. En primer lugar, esos países construyeron una clase dirigente empresarial, una burguesía moderna. Una burguesía que es, simplemente, el conjunto de empresarios que lideran la inversión, la innovación, la producción y la generación de empleo. Empujan la frontera productiva de una sociedad: la conectan con el mundo. En esos países también se da un fenómeno muy concreto: cuando se piensa en Alemania, Italia, Corea o Estados Unidos, automáticamente aparecen sus grandes marcas, sus empresas líderes, sus compañías insignia. Y eso no es casualidad. Hay una relación directa entre el prestigio internacional de un país y la calidad de sus empresas. Las marcas de un país son su gran capital y, en cierto modo, su carta de presentación: representan su tecnología, su eficiencia, su cultura industrial, su capacidad de competir y su reputación como sociedad productiva. Detrás de esas empresas hay, además, una característica clave: no son solamente grandes. Son empresas comprometidas. Comprometidas con la comunidad donde operan, con el empleo que generan, con las cadenas de valor que arrastran, con la innovación tecnológica, con la formación de talento, con la calidad y con la exportación. Por eso, cuando un país decide dejar atrás un modelo donde todo dependía del Estado y aspira a construir un modelo moderno donde el sector privado sea el motor del desarrollo, aparece una condición básica: necesita empresarios que lideren. No alcanza con tener miles de pequeñas unidades. No alcanza con tener esfuerzo individual. Se necesita un entramado completo: el 1% de empresas líderes que empujan la escala, la tecnología y la exportación, y el 99% de PyMEs que forman el tejido territorial, el empleo cotidiano, la capilaridad industrial y la movilidad social. Ese es el modelo que se repite en todo el mundo desarrollado: grandes empresas líderes más un enorme entramado PyME. Y, sobre todo, una cultura que respeta el rol del que produce, invierte, emprende y compite. Esto también es, en el fondo, un cambio cultural. Ya lo decía Alberdi el primer liberal argentino y arquitecto de la Constitución moderna cuando defendía la idea de que una nación próspera debía dar prestigio social a los empresarios, porque son quienes organizan el trabajo productivo, multiplican la riqueza real y sostienen el progreso. La nueva política debe tender a glorificar los triunfos industriales, a ennoblecer el trabajo, a rodear de honor las empresas, escribió en sus Bases el célebre tucumano. En una sociedad moderna, los empresarios somos los protagonistas de la solución a construir. Un empresario comprometido, además, no es solo alguien que dirige desde un escritorio: es alguien que vive su empresa. Que trabaja. Que recorre plantas. Que se involucra en la mejora continua. Que entiende que la competitividad no se declama: se construye todos los días. Y por eso, el ejemplo personal también importa: la disciplina, la vocación de trabajo, la obsesión por el detalle y la cultura industrial. Todo eso es Paolo Rocca. Un empresario que con más de 70 años sigue levantándose cada día para estar desde temprano en su empresa, recorriendo plantas, conociendo procesos, liderando equipos, con una dedicación de 12 horas diarias. Un ejemplo de los muchos grandes empresarios que por fortuna tiene la Argentina. Ese tipo de actitud es lo que explica por qué algunos países prosperan: porque construyen una cultura donde producir es honorable y competir en el mundo es un objetivo nacional. Y justamente por eso, si Argentina quiere convertirse en un país moderno, competitivo y con movilidad social, no puede hacerlo sin fortalecer este modelo: más Roccas, más empresas líderes globales, y un entramado PyME más grande, más productivo y más integrado. El desarrollo se hace con empresas, y detrás de esas empresas tiene que haber una clase empresaria que lidere el progreso. Sobre la firma Newsletter Clarín

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