29/01/2026 08:01
29/01/2026 08:01
29/01/2026 08:01
29/01/2026 08:01
29/01/2026 08:00
29/01/2026 08:00
29/01/2026 08:00
29/01/2026 08:00
29/01/2026 08:00
29/01/2026 08:00
» Clarin
Fecha: 29/01/2026 06:31
Tengo un TOC lector: sólo puedo entrar a una saga policial por el libro que la comenzó. Si bien los autores proponen una historia auto conclusiva en cada novela, es en la primera cuando componen el universo de personajes, rasgos y conexiones al que tributarán las siguientes. Al saltearme el episodio inicial, corro el riesgo de perderme lo fino por falta de conocimiento. Es como llegar al cine con la película empezada. Hay que decir, también, que algunos autores, ya en los libros finales de una saga, pueden estar más pendientes del éxito comercial que del espesor literario, por lo que el riesgo de decepción es altísimo. Me pasó, por ejemplo, con "Huesos en el jardín", de Henning Mankell, la undécima novela de la serie del inspector Wallander. Un bluff: protagonista chato y enigma que se resuelve al estilo de la serie Batman de los años 60. Mi TOC lector, entonces, me llenó de asignaturas pendientes. Una de ellas, la que más me dolía, era la de no haber leído nunca al italiano Andrea Camilleri y su saga del comisario Salvo Montalbano, iniciada en 1994. Es más: ni siquiera me había animado a ver la versión televisiva protagonizada por Luca Zingaretti. El año pasado llegó a la Argentina la última novela de Montalbano, publicada originalmente en 2020, luego de la muerte de Camilleri. Se llama Riccardino y es el vigésimo octavo volumen de la colección. Durante meses lo tuve en el freezer y siempre buscaba una excusa para correrlo de mis prioridades de lectura. Mi TOC, claro. En un momento pensé: así como de los laberintos se sale por arriba, bien podemos empezar una saga por su historia final y definitiva. Me animé y fue una maravilla. Descubrí un protagonista encantador, simpático, profundamente humano, y a su alrededor una fauna de personajes entrañables, como el desopilante Catarella, con su dicción enrevesada y sus portazos, que me llevó a pensar en Biscuter, el ladero del detective Pepe Carvalho, de Manuel Vázquez Montalbán (saga de la que sí fue fiel lector). Esta asociación no es casual, porque Camilleri admiraba al autor español y lo homenajeó poniéndole un apellido similar a su comisario. En Riccardino, Montalbano debe resolver el asesinato de un hombre en plena calle y delante de sus tres mejores amigos. Lo investigará contra su voluntad, presionado por sus superiores y por el episcopado, y además arrastrando como un yunque la fama que le ha dado la serie de TV basada en sus casos, en un divertido juego intertextual que lo llevará a reconocerse como personaje de ficción y discutir con su autor, el propio Camilleri. La novela atrapa y se disfruta desde la primera página, aunque uno sea un recién llegado a la saga, lo que demuestra la pericia narrativa del escritor italiano. No hay que leer veintisiete novelas previas para entender el rol de Catarella o por qué actúa como actúa Montalbano. Iré entonces por más de sus aventuras, ahora que ya sé que resultó un buen antídoto contra mi TOC. Sobre la firma Newsletter Clarín
Ver noticia original