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Fecha: 28/01/2026 23:00
Encontrá resultados de fútbol en vivo, los próximos partidos, las tablas de posiciones, y todas las estadísticas de los principales torneos del mundo. Quintero ata las puntas: River quiere que el futuro tenga el aura de lo mejor del pasado En el Monumental, el reencuentro del equipo con su público después de un final de año muy malo encendió la ilusión a partir del talento y los goles del 10, protagonista del 2-0 ante Gimnasia - 6 minutos de lectura' Si la tarde fue dominada por el ronroneo que despertó Kendry Páez, un aspirante a estrella del fútbol de 18 años que River traerá en los próximos días desde Europa, la noche le perteneció exclusivamente a Juan Fernando Quintero, un hombre de 33 años que ya no necesita hacer más para quedarse a vivir en la memoria de este club. Quizás allí anide su mérito: ahora mismo transita su tercer ciclo en el club con la certeza de que nada será como fue en aquel comienzo, que tuvo su punto culminante en Madrid. ¿Qué lo motiva, entonces? Quizás, la sencilla certeza de que la vida sigue, que quedarse anclado en el pasado no detiene el presente, y que si el sol sigue saliendo cada día, es suficiente motivo para volver a intentarlo. Lo impulsa, seguro, el desafío de ser la locomotora que vuelva a darle a River los brillos extraviados en los últimos tiempos. Algo de todo eso, o todo junto, le reconocieron sus fieles cuando el 2-0 ante Gimnasia quedó patentado y él, sonrisa puesta, fue el último en perderse en las entrañas del estadio: habían pasado cinco meses del último triunfo de River en el Monumental La noche condensaba el espíritu de primera vez y la sensación de que el borrón y cuenta nueva debía venir con nuevos atributos. Habían pasado 87 días del último partido de River en su cancha: aquella vez, luego de una derrota justamente ante Gimnasia, los hinchas habían cantado estentóreamente contra los jugadores. Nunca contra el tótem, claro, ahora otra vez primero en el ranking de aprobación que se desprende genuinamente cuando la voz del estadio anuncia a los protagonistas. Después de casi tres meses, River necesitaba devolver una imagen que distara miles de kilómetros de la versión empobrecida y derrotista del final de 2025. Un retrato que incluía a su entrenador. Por todo eso, la ocasión exigía un cambio rotundo. Inmerso en el camino de la reconversión, el estadio sabe bien en quién depositar sus mayores esperanzas: si el más querido es Gallardo, entre los jugadores esa distinción le pertenece con amplia diferencia a Juanfer Quintero. La ovación sostenida a Nacho Fernández, con entrega de plaqueta antes del comienzo del juego, fue también una manera de pasar el testimonio de la vieja a la nueva época. Y en ese tránsito, el líder es el 10 del equipo. Capitán mientras Armani termina de ponerse a punto para volver, su protagonismo parece querer revivir sus mejores épocas con esta camiseta. Sus destellos de talento, siempre a la orden, se transformaron en este inicio de año en un compromiso más constante. Casi que no hay jugada de ataque en la que su pie izquierdo, pero sobre todo su lucidez conceptual, no intervengan. Este Gimnasia mejorado desde que lo conduce Zanirato cometió un pecado grosero en el inicio: a los 11 minutos sufrió la expulsión de Panaro por una entrada temeraria contra Fausto Vera. Primero sancionado con amonestación, la intervención del VAR invitó a Dóvalo a revisar la jugada y advertir que había sido benévolo en su apreciación. Obligado por el protocolo a explicar por micrófono su decisión final, el árbitro demostró que igual puede pelearse con el reglamento que con la lengua española: Comete una fuerza excesiva, balbuceó, dejando para otro día la asignatura que debe adeudar del secundario. Uno no sabe muy bien qué conviene mandar a estudiar primero a Dóvalo, un hombre dado a las trapisondas con el silbato en la mano, siempre cercano al poder de la AFA. ¿Y qué hizo River una vez que quedó 11 contra 10? Lo primero fue no querer anotar el segundo gol antes que el primero, una idea saludable si la pausa no se transforma en tedio. Por momentos, la falta de movilidad le hizo más fácil la tarea defensiva a Gimnasia, que no se metía atrás pero tampoco ofrecía un escaparate al contragolpe, muy aislado Marcelo Torres en ataque. Colidio rompió un par de veces con gambeta y velocidad en diagonal de la izquierda hacia el medio, un movimiento que a veces le permitió conversar con Driussi en alguna pared. Pero el 9, que ahora lleva ese número y la confianza de Gallardo para que el reclamo por la contratación de un centrodelantero amaine, falló en una resolución en el corazón del área. Eso no le rebajó el espíritu; mostró movilidad para asociarse. Ese dominio tibio, que siempre contó con las subidas en simultáneo de Montiel y Viña por los laterales, necesitó de Quintero para destrabar el empate. Insfrán le sacó un primer tiro libre, pero ya no pudo con el segundo: el 10 juntó dirección con potencia y se fue feliz a un costado con la lengua afuera, tirando besos mientras el Monumental se entregaba a él. Definitivamente, el fútbol le pertenece a esta clase de jugadores, capaces de cambiar el curso de un partido con un pase, una gambeta, un amago. Un gol. ¡O dos! Fue suyo el segundo de River, con una definición de zurda y de primera entrando por atrás a ponerle el moño a un pase de Colidio, en el arranque del segundo tiempo. Entonces, el nuevo atractivo de la noche a estadio lleno fue esperar si, además de hilvanar la segunda victoria en dos partidos, River iba a ser capaz de golear a un rival entusiasta y siempre ordenado. La correcta expulsión de Viña por doble amonestación le quitó fuerza a la idea, o al menos la puso en duda. Gallardo corrigió la táctica colocando a Aníbal Moreno como líbero en una línea de tres defensores que completaban Martínez Quarta y Rivero. No importó tanto el cambio de posición: Moreno tiene buen criterio e inteligencia para jugar, un intangible que por sí solo ya lo eleva a eje de un equipo en construcción. Un amago para desairar a un delantero le valió un aplauso cerrado. Un paso más adelantado, Gimnasia latía con el corazón de Max, el mejor del Lobo, con diferencia. Pero no encontraba un camino que lo acercara a Santiago Beltrán, el arquero de 21 años que recordará este día toda su vida; más por haber jugado su primer partido en River en este estadio que por las atajadas que debió hacer: no fue posible contabilizar siquiera una. El asunto pareció sellarse cuando, en la rueda de los cambios, Gallardo incluyó a Quintero, el rey de la noche. Quedaron algunos minutos más bien reglamentarios, porque Gimnasia se había entregado a la derrota y River sintió que ya estaba bien: al final, empezar a amigarse con los triunfos mientras busca su nueva identidad supo a misión cumplida. Por ahora.
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