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Parana » AnalisisDigital
Fecha: 28/01/2026 11:43
Sergio Elizar Las relaciones laborales no son una variable más de la economía: son el andamiaje social sobre el que se organiza una sociedad. Definen cómo se distribuye la riqueza, cuánto poder real tienen las mayorías, qué nivel de cohesión social existe y hasta qué tipo de ciudadanía se construye. Cuando hay trabajo estable, colectivo y con derechos, la sociedad tiende a ser más igualitaria, más integrada y más democrática. Cuando el trabajo es precario, individualizado y desprotegido, la sociedad se vuelve más desigual, más violenta y más inestable. Eso no es un postulado ideológico, es evidencia histórica. Por eso, la reforma laboral que impulsa Javier Milei, de ser aprobada, constituirá un retroceso con consecuencias profundas sobre todo el pueblo argentino. Se trata de el avance definitivo del capital sobre el trabajo, el intento más desembozado de cumplir el sueño dorado de la derecha en el país: desarticular toda normativa que resguarde a los trabajador y desandar las conquistas y derechos adquiridos para poner definitivamente de rodillas a la clase trabajadora. Nada de lo que el presidente y sus socios proponen es nuevo. Todo se ha probado y fracasado tanto en nuestro país como en otros. Esta reforma no posibilita la creación de trabajo --más bien lo contrario-- ni apunta a mejorar los problemas o los posibles anacronismos que puede tener el régimen actual. El único objetivo es maximizar ganancias de unos pocos, desamparar a los asalariados y generar negocios derivados financieros con recursos de los propios trabajadores. Además quieren eliminar la ultraactividad de los convenios colectivos, un principio fundamental del derecho laboral que impide que un nuevo acuerdo sea inferior al anterior. Suprimir implica obligar a los trabajadores a empezar de cero cada negociación, como si la historia, las conquistas y las luchas previas no existieran. Es una regresión jurídica y política de enorme magnitud. Hoy, las nuevas tecnologías, la inteligencia artificial, la robotización y automatización de procesos podrían enfocarse en mejorar las condiciones de los trabajadores con más libertad, oportunidades, con jornadas más cortas y más personas empleadas. La perspectiva del gobierno es la contraria:jornadas más largas y empleo precarizado. Se busca aplicar un modelo de trabajo fragmentado, individualista, mediado por aplicaciones, donde el trabajador corre detrás de una pantalla sin derechos, sin protección y sin organización. No se trata de incorporar tecnología para un trabajo liberador, sino de utilizarla como herramienta de autoexplotación. Por si todo eso no fuese suficiente, el nuevo esquema va a contribuir a darle el último golpe a las obras sociales y al sistema previsional, desfinanciados, por lo que además de las consecuencias nefastas sobre los asalariados, va a romper la salud y las jubilaciones. Por eso, para avanzar así sobre la clase trabajadora, tienen perfectamente en claro dónde golpear: el embate se dirige con especial crudeza contra un entramado que aún resiste: el movimiento obrero organizado. Y justamente por eso recibe el mayor ataque: porque allí se encuentra la columna vertebral de cualquier proyecto nacional con capacidad de resistencia. No se trata de una batalla menor. Es estratégica. Es crucial para los destinos del movimiento nacional y popular y de nuestro pueblo. El objetivo es claro: dejar anémica toda capacidad de organización y fuerza colectiva de la clase trabajadora, para liberar sin obstáculos las fuerzas más salvajes del capital. Por eso, la discusión no puede escindirse de la actitud sindical. La coherencia es clave. Un sindicalismo que claudica abre la puerta a un proceso de disciplinamiento social profundo, que no solo degrada derechos sino que desarma políticamente a los trabajadores, está en contra de los trabajadores. No hay neutralidad posible en este debate. Las condiciones laborales son uno de los elementos decisivos en la calidad de nuestra vida y la de nuestra familia. Determinan en buena medida cómo vivimos. El objetivo de la reforma de Milei es claro: trabajadores cansados, exigidos al límite, obligados a sobrevivir. Esa no es la libertad como la entendemos. La reforma laboral no es modernización. Es retroceso. Y entenderlo no es sólo ideológico: es histórico.
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