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» Clarin
Fecha: 28/01/2026 08:13
El auge de la Inteligencia Artificial Generativa reactivó un viejo temor de la segunda mitad del siglo XX, ahora amplificado por pantallas, audios de WhatsApp y algoritmos de recomendación: ¿estamos ante el fin de la lectura? Lo cierto es que los libros no murieron ni están amenazados pero lo que está cambiando, de manera profunda y silenciosa, es quiénes leen, cómo leen y qué tipo de esfuerzo estamos dispuestos a sostener para comprender de verdad. En palabras de Mark Twain, los reportes de la muerte del texto son exagerados, pero vivimos en una cultura cada vez más visual, más rápida y más superficial. Como señaló hace poco el historiador Adam Mastroianni, el texto es una tecnología extraordinariamente robusta. Sobrevivió a la radio, a la televisión, a Internet y probablemente también sobreviva a la Inteligencia Artificial. Hay razones estructurales para eso: escribir y leer siguen siendo las mejores herramientas que inventamos para pensar con precisión, sostener ideas complejas y dejar nuestra propia huella. Pero una cosa es que el texto exista y otra, muy distinta, es cómo fue cambiando la experiencia de leer. Estas nuevas tecnologías están cambiando nuestra relación con el esfuerzo, la paciencia y la atención. Es fácil sentirse identificado con la sensación de tedio que hoy nos genera algo que no responde de inmediato o la capacidad de mantenernos concentrados. Quienes están en las aulas confirman que no es que ya nadie lea sino que cada vez cuesta más poder leer en serio sin saltarse líneas, sin escanear por conceptos específicos y sin abandonar a los pocos párrafos para ir al teléfono a ver qué sucedió en WhatsApp, qué notificaciones recibimos. Y aunque es un fenómeno transversal en la sociedad, parece relevante pensar en los más jóvenes ya que estamos formando subjetividades en un ecosistema atencional radicalmente distinto. Un mundo diseñado para minimizar el roce, la espera y la frustración. Es un mundo donde todo compite por ser lo más urgente, lo más atractivo o lo más estimulante. En este contexto, la lectura profunda no va a desaparecer pero sí parece destinada a convertirse en una práctica exigente y a contrapelo de lo digital. El riesgo, entonces, no es el fin de la lectura sino que leer bien, escribir bien y pensar en texto se conviertan en habilidades cada vez más desigualmente distribuidas. La lectura profunda no va a desaparecer, pero sí parece destinada a convertirse en una práctica exigente y a contrapelo de lo digital. Mastroianni confía en que las personas sabremos distinguir entre lo que nos da placer superficial y lo que nos gusta en profundidad. Esa sería la guía para poder distinguir entre la dopamina rápida de ver cien videos de TikTok en una hora y la satisfacción de una buena historia que nos roba la atención por largos minutos. Incluso si tiene razón, esa distinción no es natural: se aprende, se ejercita y se sostiene socialmente. Leer siempre fue un acto un poco incómodo que exige silencio, tiempo y una cuota de soledad. Hoy no ser interrumpido es un privilegio tal como poder soportar que hay mesetas en el texto y que hay partes más difíciles que otras. Tal vez por eso la lectura sigue siendo tan potente y justamente por eso mismo debemos cuidarla y cultivarla cada vez más. Mirá también Sobre la firma Newsletter Clarín
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