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  • Marie Curie: la ganadora de dos premios Nobel que recibió una condena pública por amar a un hombre casado

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    Fecha: 28/01/2026 05:55

    En la vida no hay nada que temer, solo cosas que comprender. Marie Curie Había ganado dos premios Nobel. Había desafiado a la ciencia, al machismo y a la muerte. Pero nada preparó a Marie Curie para el juicio más cruel de todos: el del amor. Cuando Pierre Curie murió atropellado en una calle de París, en 1906, Marie quedó viuda a los 38 años. No solo perdió a su marido: con él se fue su cómplice, su par intelectual, el único hombre que la había mirado sin miedo. Desde entonces, el mundo la veneró como genio y la vigiló como mujer. Y a veces uno no quiere ser un ídolo, sino un corazón que siente con pasión. Leé también: El amor gay prohibido de Oscar Wilde por el que fue a la cárcel, perdió su dinero, su carrera y a sus hijos Pierre Curie le llevaba 8 años a Marie. Cuando se conocieron, esa diferencia no fue un tema; al contrario: su marido fue uno de los pocos hombres de su época que no se sintió intimidado por la inteligencia de Marie y la trató desde el primer momento como una igual. París era un escenario que miraba y opinaba. La misma capital que celebraba el progreso, los descubrimientos y las ideas nuevas, exigía a sus damas una moral antigua. En sus cafés se discutía el futuro de Europa; en sus diarios se vigilaba la vida privada. Marie Curie vivía en el centro de ese contraste: admirada en público, observada en privado, siempre al borde de una falta que nadie terminaba de definir. Marie Skodowska había nacido en Varsovia en 1867, en una Polonia entonces sometida al Imperio ruso. Hija de docentes, creció entre libros, pérdidas tempranas y una vocación feroz por el estudio. A los 24 años, con pocos recursos y una determinación inusual, se mudó sola a París para estudiar en la Sorbona. Allí conoció a Pierre Curie, se casó, formó una familia y, juntos, revolucionaron la ciencia. Tras la muerte de Pierre en 1906, Marie quedó viuda, con dos hijas pequeñas y una cátedra universitaria que aceptó sin cambiar una sola palabra del programa que había dictado su marido. Para entonces, ya era una figura respetada y observada en un mundo que no terminaba de aceptar a una mujer en ese lugar. Tras la muerte de Pierre, la vida de Marie se volvió una sucesión de responsabilidades sin refugio. Enseñaba, investigaba, criaba, cumplía. De noche, cuando el ruido del día se apagaba, quedaba una ausencia que nadie veía. No había espacio para el duelo en una mujer convertida en símbolo. El mundo esperaba excelencia; ella necesitaba compañía. Paul Langevin había nacido en París en 1872, en una familia obrera, y su talento lo llevó pronto a la élite científica francesa. Se formó en la École Normale Supérieure, fue discípulo directo de Pierre Curie y se destacó como uno de los físicos más brillantes de su generación. Casado desde joven y atrapado en un matrimonio infeliz, Langevin compartía con Marie algo más que intereses académicos: una misma intensidad intelectual, una curiosidad insaciable y una manera apasionada de pensar el mundo. Cuando se reencontraron como colegas, ya adultos, ya heridos, el vínculo fue inevitable. No nació del escándalo, sino del pensamiento compartido. Paul era brillante. Inteligente hasta la incomodidad. Tenía alrededor de 32 años cuando se conocieron con Marie. Él había empezado a frecuentar el círculo de los Curie a comienzos del siglo XX, cuando ya era discípulo y colega cercano de Pierre. Marie tenía entonces unos 37 años. La relación amorosa vendría después, tras la muerte de Pierre, pero el vínculo intelectual y la admiración mutua empezó cuando Paul todavía era un científico joven, bastante rebelde para su época. Leé también: La relación abierta más provocadora: el día que Simone de Beauvoir rechazó casarse con Jean-Paul Sartre La esposa de Paul, Jeanne Desfosses, no era una figura lejana ni silenciosa. Era una presencia constante, áspera, desconfiada. El matrimonio llevaba años atravesado por discusiones violentas, escenas domésticas y reproches que no encontraban salida. Paul vivía dividido entre el deber familiar y una vocación intelectual que lo absorbía por completo. Jeanne, celosa del mundo que lo alejaba de ella, sospechaba de todo y de todos, pero especialmente de Marie Curie: la mujer admirada, libre, inaccesible. Mucho antes de que el amor se volviera escándalo, la casa de los Langevin ya era un campo de batalla. Y cuando las cartas salieron a la luz, no hicieron más que incendiar lo que ya estaba roto. Entre Paul y Marie no hubo escándalo inmediato: hubo conversación. Encuentros que empezaban en los laboratorios y se estiraban en caminatas largas por París, discusiones que seguían en cartas privadas, una intimidad que se construía en voz baja. Hablaban de ciencia, pero también del cansancio, de la soledad, de las vidas que no habían salido como esperaban. Había miradas que se demoraban, silencios que decían más que cualquier declaración, una cercanía que ya no podía explicarse solo como trabajo compartido. Las cartas fueron, al principio, un modo de seguir pensando juntos cuando no podían verse. Luego se volvieron una catarsis. No estaban pensadas para ser leídas por otros: eran íntimas, vulnerables, escritas sin defensa. En ellas no había estrategia ni provocación, solo un hombre y una mujer que se decían lo que no podían expresar en voz alta. Nadie escribe imaginando un tribunal. No fue un arrebato. Fue una relación que creció despacio y con culpa, sostenida en la discreción. Marie tenía una reputación intachable y una herida que todavía ardía desde la muerte de Pierre. Paul vivía atrapado en un matrimonio hostil y en una casa donde cada paso era vigilado. Durante meses quizás años intentaron convencerse de que podían controlarlo. Que nadie lo notaría. De que el amor podía quedar a resguardo. Se enamoraron como se enamoran los adultos: con miedo, con conciencia del riesgo y con la certeza de que todo podía perderse; sabiendo todo lo que podía salir mal. Y salió. En 1911, en el corazón intelectual de París, cartas privadas entre Marie y Paul fueron robadas y filtradas a la prensa. No ocurrió en cualquier escenario, sino en el mismo ambiente donde se cruzaban científicos, filósofos y escritores que estaban cambiando el siglo: Henri Poincaré, Jean Perrin, Paul Valéry, Anatole France. La Francia que celebraba a la científica se volvió de pronto un tribunal. No se discutía su inteligencia. Se debatía su moral. Y aunque Paul también era parte de la historia, el foco fue ella: la extranjera llegada desde Polonia, atacada en un clima de xenofobia y antisemitismo que la señalaba incluso por prejuicios que no le pertenecían. La viuda. La mujer que no sabía quedarse en su lugar. Los diarios la llamaron destructora de hogares. Se organizaron protestas frente a su casa. Hubo pedidos explícitos para que abandonara el país. Todo mientras Marie estaba a punto de recibir su segundo Premio Nobel, por haber cambiado para siempre la comprensión de la materia, esta vez sola. Leé también: El día que la reina Victoria se enamoró de su sirviente 42 años menor y desató una guerra en la Corte Le sugirieron no ir a la ceremonia. Para evitar el escándalo. Para no incomodar. Marie fue igual. Viajó a Estocolmo. Recibió el premio. No pidió perdón. El romance con Paul no sobrevivió al linchamiento público. No porque no se amaran, sino porque el mundo no les dejó espacio. Él siguió su vida. Ella siguió su trabajo. Nunca volvió a hablar públicamente del tema. A Marie Curie la historia la recuerda por la radiactividad, los laboratorios improvisados y los descubrimientos que cambiaron el siglo. Pero hubo un amor real, imperfecto, condenado que también la definió. A Paul Langevin se lo cuestionó. En cambio, a Marie Curie se la condenó. Él fue visto como un hombre en conflicto; ella, como una amenaza al orden. El escándalo no puso en duda la ciencia: juzgó el derecho de una mujer a desear. El precio que pagó no fue solo personal, fue simbólico. Porque incluso las mentes más brillantes pagan un precio cuando se atreven a amar fuera de lo que la crítica social permite. Y a veces, ese precio no es el escándalo. Es la pena de vivir en el desamor. Escribinos y contanos tu historia: amoresverdaderos@artear.com @cynthia.serebrinsky Amores Verdaderos es una serie de historias reales, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas. Amores históricos cuenta romances reales de personajes que marcaron el devenir de nuestra historia.

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