27/01/2026 11:00
27/01/2026 11:00
27/01/2026 11:00
27/01/2026 11:00
27/01/2026 11:00
27/01/2026 11:00
27/01/2026 11:00
27/01/2026 11:00
27/01/2026 11:00
27/01/2026 11:00
Paraná » 9digital
Fecha: 27/01/2026 09:36
Los campos vacíos Los campos vacíos, las piernas golpeando el camino, el aire moviendo de lugar los gestos de la cara. El verano era inagotable, no había con qué llenarlo y eso que le poníamos bombuchas a las canillas y dejábamos el anillo de goma colorido en el pico como una liga en la pierna de una novia. Pequeños despistes para marcar huella o bodas inconclusas con la frescura del agua salada y las abejas que nos zumbaban entre los pelos sueltos. Poníamos colchonetas bajo la arboleda y nos tirábamos al suelo en cualquier sombra, comprábamos helados, recortábamos jeans, usábamos ojotas hasta reventarlas, gastábamos el dorso del pie en la parte áspera de la pileta. Jamás la sangre nos puso un límite. Encontrábamos botiquines abiertos en cualquier casa o espuma de la semilla del palo borracho. Nos fregamos las caídas con chistes y un boluda jajajaja. Engrasábamos las manos con las cadenas de las bicicletas que se descolocaban y que poníamos de boca contra el suelo. Arreglábamos todo lo que descalzábamos entre nosotras y nos avergonzaba que nos descubrieran caídas. Teníamos poca música porque los aparatos se enchufaban a la luz y las tomas estaban prendidas de las casas que nos queríamos sacar de encima como prendas de lanilla que pica, pero sabíamos de chicharras y de tuca-pan, de libélulas como broches de ropa encima de nosotras. Podíamos imitar a los zorzales y benteveos, nombrar cardenales y canarios. Si llovía, cocinábamos tortas en grasa que derretíamos encima de una garrafa azul. Hacíamos de la amistad una antorcha y cruzábamos el pueblo en Zanellitas buscando la cara del chico que nos gustaba. Había casas bajas y un mástil lleno de flores. Había calles abiertas por el uso hasta que las asfaltaban y buscábamos otras como hormigas que hacen estrías encima de la tierra. Teníamos un cancionero para ir a la misa y cantábamos en la parte alta con el coro, reíamos y disimulábamos la impostura detrás de las guitarras de los viejos. Conocíamos el sonido del motor de cada auto y recordábamos patentes pero no la marca, ni el precio, ni nos enterábamos de las cosas rotas. Nombrábamos por colores y velocidad. Y nos llamaban por ser las hijas de o las hermanas de tal que vivían cerca de otro Fulano. Tomábamos leche como terneros y dejábamos migas a los pájaros. Acariciábamos gorriones y perros, saltábamos como liebres las puertas de nuestras casas. Nos sentábamos en la falda de nuestros padres y escuchábamos la radio en la vereda. Mojábamos los pies en las cuneta. Pintábamos las caras de las abuelas y les hacíamos peinados como si fuesen muñecas. Teníamos buen modo con todos los parientes de cada una y agradecíamos si nos invitaban a comer, aunque no comiéramos por vergüenza. Deseábamos que los grandes se fueran más lejos para hablar de fiestas y de chismes. Recortábamos revistas, estudiábamos bailes, nos movíamos como barriletes sueltos en el cielo. Trepábamos a camas encimadas como fichas de un juego que se está por derrumbar y levantábamos carpas en los patios. Duraba para siempre el calor. Y anotábamos en la despensa los fiambres y los panes, la gaseosa con el envase que devolvíamos rigurosamente. Y la más avispada sacaba la cuenta y cada una ponía la misma cantidad de billetes. Y jamás pensamos, que ese tiempo invencible que duraba siglos, terminara para siempre.
Ver noticia original