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» Clarin
Fecha: 27/01/2026 06:27
La geo estrategia parte de una premisa: el espacio condiciona el poder. La ubicación, los accesos, las distancias y la capacidad de sostener presencia determinan las posibilidades reales de un Estado. Yves Lacoste lo sintetizó de forma brutal la geografía sirve, en primer lugar, para hacer la guerra, recordando que comprender un territorio es comprender las formas de influencia posibles. Ratzel, Kjellén y Mackinder mostraron que la posición y la continuidad territorial estructuran todo proyecto estatal. En la tradición argentina, Juan Carlos Puig advirtió que un país solo puede actuar estratégicamente si reconoce su lugar en el sistema internacional y construye autonomía a partir de sus propias capacidades; y Carlos Escudé sostenía que toda política exterior es, en última instancia, inserción en un sistema de poder que condiciona márgenes de maniobra. Ideas estas oportunas al pensar el futuro del extremo austral. Como recuerda Rosendo Fraga, la geografía no cambia, pero el valor estratégico de un territorio sí. El Ártico demuestra cómo los espacios extremos pueden adquirir un peso global inesperado, y el extremo austral no será la excepción. Lo que durante décadas fue considerado margen remoto del sistema internacional, se transformó en escenario central de disputas donde convergen intereses en rutas marítimas emergentes, recursos estratégicos, escudos defensivos y creciente presencia militar. Mirar el Ártico como espejo no implica asumir escenarios idénticos, océano en el norte, continente en el sur, sino comprender una lógica común: cuando el cambio climático transforma condiciones y reduce barreras naturales, y grandes potencias relativizan consensos multilaterales, los espacios extremos dejan de ser periferia y pasan a integrarse a dinámicas centrales de poder, energía y seguridad. En el Ártico, la expansión de capacidades y presencia precedió a la discusión y reinterpretación de las normas. Esa secuencia constituye una advertencia directa para el extremo sur. El punto de partida es comprender al extremo austral como un sistema geoestratégico ampliado que articula la Antártida periférica y profunda, las islas subantárticas, la Isla Grande de Tierra del Fuego y los tres corredores bioceánicos del sur: HocesDrake, el Estrecho de Magallanes y los accesos auxiliares que los conectan. No se trata de espacios aislados, sino de un continuo geográfico y operativo cuya fragmentación debilita la capacidad de control y proyección de los Estados ribereños. Ese triángulo austral adquiere un nuevo valor ante potenciales crisis del Canal de Panamá. Restricciones por sequía, congestión y limitaciones operativas podrían requerir rutas alternativas. En ese escenario, los pasajes australes recuperan centralidad estratégica como corredores comerciales y como espacios de control, monitoreo y proyección marítima. Tierra del Fuego deja de ser así fin del mundo para convertirse en un nodo bioceánico relevante, siendo fundamental la capacidad de anticipación estratégica y presencia efectiva propia. A su vez, conforma los accesos más inmediatos a la Antártida, pudiendo potenciarse consolidando servicios científicos, logísticos y de monitoreo. Ello adquiere una dimensión adicional en un contexto donde la ciencia vuelve a operar como instrumento de poder y legitimación política. El Ártico ofrece una lección central: las capacidades estratégicas se construyen con antelación, mucho antes de que los contextos políticos y marcos jurídicos se modifiquen o sean abiertamente cuestionados. Ante el retorno del unilateralismo y la erosión de las reglas, la expectativa de estabilidad normativa resulta insuficiente como política de resguardo territorial. Juan Tokatlian señala que ningún Estado mediano amplía su autonomía actuando en soledad; requiere coaliciones que potencien capacidades. El Cono Sur representa, en ese sentido, una oportunidad singular. Sin embargo, la fragmentación austral constituye hoy una vulnerabilidad estructural. Mientras el Reino Unido articula Atlántico Sur, territorios insulares y proyección antártica como un espacio operativo coherente, Argentina y Chile continúan desarrollando estrategias en gran medida paralelas. Persisten enfoques, prioridades nacionales y asimetrías estimuladas en cierta forma por interese extrahemisféricos que disocian un espacio que debe funcionar con unidad estratégica. La geografía impone otra lógica: ambos países comparten cercanía, continuidad geológica, responsabilidad sobre los pasajes interoceánicos y una condición singular: son los únicos Estados capaces de estructurar una postura regional del Cono Sur frente a intereses externos. La cohesión estratégica argentinochilena no es una consigna idealista, sino un desafío inconcluso, cuya ausencia debilita la capacidad de negociación y proyección regional. Integrar capacidades logísticas, coordinar infraestructura portuaria y aérea, articular agendas científicas y presentar posiciones convergentes en ámbitos internacionales transformaría ventajas dispersas en poder efectivo. No hacerlo es aceptar que otros definan, de facto, la gobernanza futura del extremo sur. El espejo ártico deja una enseñanza: los espacios extremos no se preservan con declaraciones, sino con presencia, conectividad y coordinación. Donde hay continuidad y sinergia, hay influencia. La tesis central es que, en ausencia de una postura geopolítica común liderada por Argentina y Chile, el extremo austral quedará inevitablemente subordinado a agendas definidas por actores extrahemisféricos. Convertir ese todo en una estrategia compartida es condición necesaria para enfrentar un escenario global inestable y competitivo. Un Cono Sur consciente de su unidad geográfica podrá sostener su lugar en el mapa del siglo XXI. Newsletter Clarín
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