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  • Un mundo sin reglas: ¿qué hacer en medio del derrumbe?

    » Clarin

    Fecha: 27/01/2026 06:27

    Un hecho histórico poco conocido ha sido la activa interacción entre América Latina y el Caribe (ALC) y Estados Unidos (EE.UU) en la construcción de muchos aspectos legales e institucionales del actual sistema internacional. Desde la perspectiva de EE.UU esa interacción ha reflejado el interés permanente de limitar las influencias externas en las Américas, con tres componentes: seguridad (presencia militar de competidores); político (estructura de gobierno e ideología) y económico. Un ejemplo muy citado, y usualmente malinterpretado, es la doctrina Monroe de 1823: su objetivo era bloquear a Rusia, que había declarado su soberanía sobre Alaska y parte de la costa oeste de EE.UU, y evitar que Rusia, Austria y Prusia le dieran apoyo a España para recuperar las excolonias latinoamericanas. Por su parte, el corolario de Theodore Roosevelt en 1904 fue resultado del bloqueo y la amenaza de invasión de Alemania, Italia y el Reino Unido a Venezuela por haberse negado a pagar sus deudas. Es en ese contexto que Roosevelt dijo: Una mala conducta crónica, o una impotencia que resulte en un debilitamiento general de los lazos de la sociedad civilizada, puede requerir. la intervención de alguna nación civilizada, y en las Américas la adhesión a la Doctrina Monroe puede obligar a Estados Unidos, por muy reticente que sea, en casos flagrantes de tal mala conducta o impotencia, a ejercer un poder policial internacional. Esto llevó a la ocupación de la República Dominicana en 1905 por el pago de deudas, y a similares problemáticas intervenciones en otros países, que motivaron críticas y reacciones en ALC (una fue la doctrina Drago para limitar el cobro de deudas por la fuerza, que fue adoptada con la enmienda Porter en la convención de La Haya en 1907). Por su parte, los países latinoamericanos han interactuado con EE.UU tratando de asegurar la independencia política, la soberanía territorial y el progreso económico y social. Hubo fracasos obvios como la guerra en la que México perdió una parte importante del territorio, y otras intervenciones militares y políticas a lo largo de la historia. Pero ALC también ha procurado mantener la participación económica de EE.UU en la región de una manera más equilibrada, una tarea complicada considerando las diferencias de tamaño económico evidentes desde principios del siglo XIX. En general, ALC ha buscado ese doble objetivo de mantener a EE.UU comprometido positivamente en la región, pero reduciendo las asimetrías con estructuras legales e instituciones multilaterales. Las décadas de 1930 y 1940s fueron de activa diplomacia entre EE.UU (con la doctrina del buen vecino de Franklin Delano Roosevelt) y ALC en un contexto de crisis económica y conflictos mundiales. Nuestros países influyeron, en diferentes grados, en la configuración de instituciones regionales que luego fueron extrapoladas por EE.UU al ámbito global. Un ejemplo es el Banco Inter Americano de 1940 (no el BID que aparece después) que sirvió de base para la creación del Banco Mundial y el FMI en 1945. La Sociedad de Naciones de 1919, antecedente de las Naciones Unidas, tomó los principios discutidos en la Conferencia Interamericana de 1916. Varias décadas después, el Tratado de Seguridad de Río en 1947 fue el precedente inmediato de la OTAN en 1949. Y el acuerdo de comercio conocido como GATT tiene en parte su origen en la resolución de la Séptima Conferencia Interamericana de Montevideo (1933) sobre negociaciones regionales para reducir los aranceles comerciales. Latinoamérica fue también el principal bloque de países (alrededor del 40% del total) en las negociaciones de Bretton Woods en 1944 (que llevó a la creación del FMI y el BM) y en la conferencia de San Francisco en 1945 que dio origen a las Naciones Unidas. La región hizo valer su peso en las negociaciones articulando posiciones comunes. En resumen, los países de ALC tuvimos un papel central en la construcción de la arquitectura internacional que dio lugar a un período de casi 80 años de relativa paz y avances económicos y sociales inéditos en la historia de la humanidad. Es obvio notar que esa arquitectura, y los avances logrados, se están derrumbando. Pensando en esta historia, me preocupan las reacciones de nuestros países a lo que está sucediendo en Venezuela, el debate sobre Groenlandia, Ucrania, y otros conflictos en el mundo. Mi sensación es que estamos actuando como espectadores y comentaristas externos de los hechos, y además con grandes divisiones ideológicas y personales entre nuestros gobiernos, cuando lo que tenemos que hacer es focalizarnos pragmáticamente en buscar soluciones para los enormes problemas comunes que afectan a la región y al mundo y que ningún país puede resolver individualmente. Esto es particularmente relevante en Venezuela (y también en Haití) donde por desidia, impotencia o ideologismo, permitimos como latinoamericanos un debilitamiento general de los lazos de la sociedad civilizada (usando las palabras de Theodore Roosevelt). Nuestros países deberíamos actuar en conjunto para aliviar el sufrimiento de las migraciones forzadas, volver a la democracia y controlar el flagelo de las drogas y el crimen internacional que están destrozando nuestras sociedades. Y debemos trabajar a nivel global para repensar la arquitectura internacional en esta nueva etapa del mundo. En estas tareas, ojalá nos centremos en resolver problemas concretos, recordando el consejo de Lord Palmerston que los países no tienen amigos o adversarios inmutables, sino solamente intereses permanentes. Sobre la firma Newsletter Clarín

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