27/01/2026 07:02
27/01/2026 07:02
27/01/2026 07:01
27/01/2026 07:01
27/01/2026 07:01
27/01/2026 07:01
27/01/2026 07:01
27/01/2026 07:01
27/01/2026 07:01
27/01/2026 07:00
» TN
Fecha: 27/01/2026 05:58
En febrero de 2020, Lucas Fasciglione viajó con amigos a Mendoza. Recorrió bodegas, vivió la vendimia de cerca y se quedó mirando una escena que le quedó grabada en la retina: una familia entera trabajando la uva, con música de fondo y gente de distintos paÃses colaborando en la cosecha. Me quedé hipnotizado. Me vibró de una manera especial. Aunque mis amigos seguÃan en la suya, yo me desconecté y la cabeza se me empezó a ir sin entender bien qué me pasaba, recordó. Poco después volvió a Mar del Plata un dÃa antes de que cerrara todo por la pandemia y, sin saberlo, ya habÃa encontrado el camino que lo iba a sacar del trabajo bajo relación de dependencia para llevarlo al corazón de la industria del vino. Leé también: De buscar retazos en La Salada a vestir a las estrellas del trap: la historia detrás de Aldi Vega Del empleo municipal al primer paso emprendedor Fasciglione es ingeniero civil. Hasta ese momento trabajaba como empleado municipal, inspeccionando obras, armando pliegos técnicos y especificaciones. El hormigón era su mundo profesional. El vino, una pasión incipiente. El cruce entre ambos apareció casi por accidente, ya de regreso en su casa, cuando vio un vivo de Instagram de la hija de un enólogo que habÃa conocido en su viaje a Mendoza. En el posteo, contaba que hacÃa vino con un huevo de hormigón que le habÃa pedido prestado al padre porque eran muy caros. Ahà me hizo un clic en la cabeza. Pensé: huevo de hormigón, soy ingeniero civil, me gusta el hormigón, me gusta enroscarme con los proyectos y soy emprendedor. Esa noche no durmió. A la mañana siguiente empezó a investigar quién fabricaba esas vasijas ovoides que empezaban a ganar espacio en las bodegas más innovadoras. Descubrió dos cuestiones clave: que las originales eran francesas y se hacÃan en una sola pieza, y que en la Argentina habÃa un único fabricante que las producÃa en dos partes, con una junta central. El problema es que en esa junta o unión suelen tener fallas. Al año o año y medio empiezan a perder y las bodegas tienen que hacerlas reparar, explicó. Diseñar sin capital y en plena pandemia La idea tomó forma rápido: diseñar un huevo de hormigón en una sola pieza, adaptado a la escala y a los costos de la industria local. Pero el desafÃo era enorme. No tenÃa capital, no conocÃa a nadie en el mundo del vino y cada vasija pesaba tres toneladas. Nunca tuve un inversionista ni salà a buscarlos. Me autofinancio y voy pagando con lo que gano. Mis crecimientos son sufridos, pero son buenos sufrimientos, resumió. Durante los meses más duros de la pandemia, mientras seguÃa trabajando en la construcción de un hospital sanitario, Fasciglione se encerró a diseñar. Ideó un sistema de moldes completamente reutilizables que permite fabricar la vasija, desarmar el molde en el lugar y volver a armarlo sin mover el producto terminado. El molde interior lo pensó en segmentos, como una mandarina, para poder retirar los gajos por la boca superior del huevo. Es un invento que decidà patentar, porque no existÃa ese tipo de molde para crear formas ovoides, contó. El material, la señal y la patente El desarrollo no fue solo estructural. También tuvo que crear un hormigón especial. Interpreté que el vino tiene un ácido que degrada el hormigón convencional, asà que dediqué gran parte de la pandemia a diseñar un material extremadamente exigente. Buscando en sus viejos apuntes de la facultad, se encontró con anotaciones sobre el ataque del ácido tartárico, que es el ácido propio del vino. Me largué a llorar. Cuando escribà eso, 15 años antes, no sabÃa qué significaba. Para mà fue una señal clarÃsima de que tenÃa que seguir. Con el diseño listo, necesitaba validar la idea sin alertar a la competencia. Se movió en silencio, hizo preguntas anónimas en vivos de Instagram de enólogos, les consultó sobre si el uso de las vasijas de hormigón era una moda o si necesitaban sistemas de refrigeración, entre otras dudas. Me mantuve en las sombras hasta que tuve la marca registrada y el trámite de la patente iniciado. El primer render en 3D lo presentó a la familia de la bodega que habÃa conocido en aquel viaje iniciático a Mendoza. La respuesta fue directa: si lograba fabricarlo, se lo compraban. Esa fue la señal que necesitaba para arriesgar mis ahorros. El salto definitivo y el nacimiento de Rupestre El empujón final llegó con un concurso del Ministerio de Desarrollo Productivo, que le permitió cubrir la mitad del costo del molde. El resto salió de su sueldo y de una lógica artesanal: vender una vasija para poder comprar los insumos de la siguiente. Al principio le compraba a la empresa fabricante de acero más grande del paÃs un solo juego de canillas para un huevo. Hoy, soy su cliente más grande en la Argentina, dijo. Un año después de aquel viaje a Mendoza, volvió a la vendimia, esta vez para trabajar un mes entero en una bodega. Pisó uva, limpió tanques y convivió con enólogos. Me di cuenta de que era más feliz limpiando una bodega que haciendo un cálculo estructural. A los dos meses renunció a su trabajo como empleado público y se dedicó de lleno a su proyecto. Un nombre, un lugar y una escala propia El nombre no fue casual. Remite a las cavernas con pinturas rupestres que Fasciglione visitaba de chico en Villa Traful, donde pasaba cuatro meses al año, porque su madre tiene cabañas. Me imaginaba las vasijas como pequeñas cavernas donde el vino se gesta, crece, madura y sale al mundo. Busqué qué significaba rupestre y, cuando leà hecho en roca, se me puso la piel de gallina. La empresa nació y creció en Mar del Plata, lejos del epicentro vitivinÃcola de Mendoza. La decisión fue personal y estratégica. Tengo una conexión muy fuerte con el mar. Además, acá tenemos excelentes materiales para el hormigón y cercanÃa a los puertos para exportar. Desde un primer galpón de 100 metros cuadrados, Rupestre fue escalando producción y precisión: de tardar una semana en fabricar un huevo, pasó a hacer uno por dÃa por cada modelo. Bodegas, exportación y un proyecto de vida Hoy sus vasijas están presentes en más de 140 bodegas de todo el paÃs. El boca en boca entre enólogos hizo el resto. En el mundo del vino se conocen todos. Nadie arriesga su uva en algo en lo que no confÃa, explicó. Ese mismo circuito abrió las puertas de la exportación: España, México, Uruguay, Brasil y nuevos mercados en camino como Chile. Rupestre factura entre US$600.000 y US$900.000 por año, tiene ocho empleados fijos y una red de proveedores que se expande con el proyecto. Fasciglione sigue siendo el único dueño. Este proyecto representa mi independencia, afirmó. Más allá de los números, Rupestre le permitió unir sus pasiones: el vino, los viajes, la naturaleza y una forma de vida que prioriza el tiempo y la experiencia. Hace poco recorrió 7200 kilómetros por la ruta 40, visitando bodegas, compartiendo comidas y copas y buscando nuevos clientes. Mi vida ya es eso, dijo. Leé también: Del café y la yerba al diseño: el emprendimiento que convierte residuos en productos únicos A los 39 años, mira hacia adelante con la idea de consolidar la exportación y diseñar su propio galpón, pensado exclusivamente para la producción. No sueña con diversificarse en otros rubros. Me apasiona la industria del vino. No tengo grandes ambiciones económicas. Mi ambición es que mi vida esté conectada con la naturaleza, con un plato de comida, con un restaurante, con un enólogo. Si tuviera que resumir su recorrido en un consejo, no habla de certezas. Todos los dÃas tengo miedo. Hay que atravesarlo y confiar en que voy a saber resolver los problemas que no puedo predecir. Si esperás tener todo claro, no arrancás nunca. En su caso, ese miedo se transformó en una vasija de hormigón que hoy guarda vinos en todo el paÃs y empieza a viajar por el mundo.
Ver noticia original