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  • Soy más feliz sin Instagram: es psicóloga, abandonó las redes sociales e impulsa un reclamo para regular el celular en las aulas

    Buenos Aires » Infobae

    Fecha: 27/01/2026 00:58

    ¿Qué pasaría si el celular, como el tabaco o el alcohol, tuviera atrás, en su dorso, un etiquetado que pudiera informar y advertir a la población sobre las consecuencias de su uso?, se preguntó la psicóloga, psicodramatista y coordinadora de grupos Clara Oyuela (44) durante una charla TEDx que dio en Bariloche en 2023. Para ese momento, Oyuela llevaba seis años mirando de cerca los efectos del exceso de pantallas y el impacto de las redes sociales en la vida cotidiana. Arrancó en 2018 con un experimento personal: apagó su smartphone durante un mes y registró la experiencia día por día. Pasé por muchísimos estados, al punto de que, al día diez, me hice trampa a mí misma y encendí el celular. Después volví a apagarlo, recuerda. Su experiencia quedó plasmada en el libro Crónicas de una abstinencia. Un experimento fuera de línea que publicó en 2022. Ese mismo año postpandemia trasladó el ejercicio a la escuela donde trabajaba en San Martín de los Andes. Les propuso a un grupo de adolescentes y adultos hacer una desconexión breve, de cuatro días, y registrar la vivencia. Lo interesante fue que, entre un chico de 16 y un adulto de 40, aparecieron los mismos síntomas. En su mayoría, síntomas de abstinencia, cuenta. En diciembre de 2025, Oyuela redobló la apuesta y se bajó de Instagram. Lo hice por una cuestión de coherencia personal, para estar en sintonía con lo que vengo exponiendo, le cuenta a Infobae. Llamativamente, no me está costando. Pensé que iba a tener mucha abstinencia y no. Soy más feliz, suma. La semana pasada, Oyuela se reunió con autoridades del Ministerio de Salud de la Nación y de la Secretaría de Niñez, Adolescencia y Familia. Lo hizo de la mano del neurólogo infantil Mauricio Pedersoli, autor de Adictos en pañales, con quien viene trabajando para visibilizar lo que describen como una crisis de salud pública provocada por el exceso de pantallas y la entrega anticipada de celulares a niños y preadolescentes. Llevamos cuatro propuestas concretas: regular por ley el uso del celular en las escuelas, incorporar educación digital obligatoria, impulsar campañas masivas de concientización en espacios públicos y abrir un debate nacional sobre edades mínimas: primer celular inteligente a los 14 años y redes sociales recién desde los 16, dice. En la charla TEDx citada al inicio de esta nota, Clara enumeró lo que podría decir el etiquetado acerca del uso excesivo del smartphone: adicción, depresión, ansiedad, irritabilidad, baja autoestima, déficit de imaginación, trastornos del sueño y de la autopercepción, problemas en la vista y falta de concentración, entre otros. Para el cierre, dejó una propuesta flotando: Como adultos tenemos un gran desafío por delante y es el de asumir la responsabilidad de cuidar y de contener la exposición de nuestros niños frente a las pantallas. También la de desnaturalizar hábitos, como es la entrega de un primer celular, y preguntarnos hasta qué punto esta problemática, que empieza por nosotros, no termina afectando, como siempre, a los más chicos. ¿El celular puede volverse un objeto de adicción? ¿Qué consecuencias tiene la exposición a las pantallas y hiperconexión en niños y adolescentes? ¿Por qué el mayor foco de daño parece estar en las redes sociales? En diálogo con Infobae, Oyuela contesta esas y otras preguntas. ¿Somos adictos al teléfono? Cuando en 2018 se desconectó durante 30 días, Clara dice que se transformó en una observadora del mundo y empezó a notar que el uso excesivo del teléfono no era una cuestión personal sino social. Y aún persiste. En cada sala de espera, parada de colectivo o fila de supermercado todo el mundo está agarrado al celular, describe. Después de la pandemia, la tendencia se potenció y, a esta altura, tiene respaldo en números. De acuerdo con el informe ¿Nos dominan las pantallas? que presentó la Defensoría del Pueblo bonaerense en diciembre de 2025, el 36 % de las personas encuestadas considera que tiene un uso problemático y/o desmedido del celular, y un 30,6 % cree que su uso afecta negativamente su vida. La situación se vuelve aún más sensible cuando el foco se pone en niños, niñas y adolescentes (NNyA): el informe indica que el 34,4 % reconoció usar el celular más de seis horas por día y el 31,3 % entre cinco y seis. Ese exceso de vida virtual también se metió en las aulas: el 69 % dijo que usa el celular en el colegio, un 27,4 % para mandar mensajes en clase y un 17,7 % para mirar redes sociales. Para Clara, el exceso de vida virtual en NNyA se gestaba de manera subterránea antes de 2020 y empeoró después de la pandemia. En ese marco, durante 2022 y 2023, propuso un experimento de desconexión por cuatro días con adolescentes y, en paralelo, con adultos. Mi pensamiento era el siguiente: si saco al objeto de la escena y observo sus reacciones físicas, emocionales y psicológicas, voy a poder ver el tipo de relación que tienen con el celular y con las redes sociales. Si la relación es sana, retirar el aparato no debería mostrar demasiados síntomas, dice. Pero, según cuenta, ocurrió lo contrario: Aparecieron síntomas similares a los de la abstinencia. Desde: Me tiembla la pierna o Me sudan las manos, hasta irritabilidad o crisis existenciales. Cuando hablás de crisis existenciales, ¿a qué te referís? Desde el momento en que nos desconectamos aparece una pregunta que se repite: ¿Se acordarán de que existo?. Y eso apela a la necesidad humana más básica: necesitamos ser vistos. En muchos otros casos, sobre todo en adultos, afloró otra cuestión muy llamativa: Apagué el celular, pero lo llevé conmigo a todos lados porque me hace sentir a salvo. Ahí es donde, para mí, aparece el celular como un objeto de apego, como ese peluche o mantita que necesita un bebé para no sentir tanta angustia. Simbólicamente, el celular pareciera cumplir esa función. ¿Qué pasa si mantenemos el teléfono encendido y solamente desinstalamos las redes sociales, como Instagram, TikTok, Facebook y X? La mayoría de los síntomas que estamos viendo hoy en día, sobre todo en niños, niñas y adolescentes, como ansiedad, depresión, irritabilidad, baja autoestima o trastornos de la autopercepción, se reducen. No creo que se trate de hacer una desconexión radical, sino de encontrar estrategias para estar dentro de este mundo tecnológico sin perder calidad de vida. La manera en la que estamos usando las redes es totalmente desbordada: no hay persona que logre regularlas. A todos nos gustaría y nos cuesta muchísimo, como en su momento pasó con el tabaco. Por eso digo que es una problemática de salud pública, a nivel nacional y mundial: países como Australia ya decidieron ponerle un freno a las empresas tecnológicas y regulan el acceso a redes sociales desde los 16 años. Te bajaste de Instagram hace un mes y decís que tu vida mejoró. ¿Hay algo de ilusión en lo que creemos que nos dan las redes sociales versus lo que terminamos experimentando? Antes de tomar la decisión, pensaba que tenía tres salidas. Algo así como Elige tu propia aventura. Una opción era dejar todas las redes sociales, con el costo que eso implica: por momentos te transformás un poco en una marginada del mundo, te perdés la posibilidad de compartir cosas importantes, de visibilizar tu trabajo. A mí me costó. Tuve que trabajar en terapia la idea de que seguía existiendo aún sin existir en la vida virtual. La segunda opción tenía que ver con la regulación: pasar las redes sociales a la computadora, por ejemplo, y dedicarles media hora por día. El problema es que regular es dificilísimo, porque estamos ante un producto que fue creado para ser adictivo. Y la tercera opción era asumir que uno es y será adicto de acá al resto de su vida, con lo que eso conlleva: ansiedad, depresión, irritabilidad, baja autoestima. La información nos da la posibilidad de tomar decisiones. Mi planteo es que hay muchos adultos que no la tienen. Entonces, frente a la falta de información o de gravedad de lo que está pasando, les están entregando celulares a sus hijos. En este contexto, ¿qué tendría que hacer Argentina? Ante una emergencia social y de salud hay que actuar desde diferentes frentes. Hay medidas urgentes, como una Ley Nacional de Educación Digital y políticas de prevención para las generaciones que vienen. Pero también está la pregunta incómoda: ¿qué hacemos con los chicos que ya están viviendo este entramado de exceso digital? Necesitamos que los ministerios de Educación y Salud le pongan nombre a esta problemática y tomen medidas: regular por ley el uso del celular en las escuelas (NdR.: por ahora las únicas provincias que tienen una normativa son Buenos Aires, Neuquén, Salta y Catamarca), incorporar educación digital obligatoria, impulsar campañas masivas de concientización en espacios públicos y abrir un debate nacional sobre edades mínimas para tener el primer celular inteligente y perfiles en redes sociales. ¿Cuál sería la edad recomendada para esto último? Primer celular a los 14 años y acceso a redes sociales a partir de los 16. Entregarle un celular a un niño es equivalente a dejarlo solo en una gran ciudad: si uno es consciente de eso, no debería sorprenderse de los riesgos que aparecen en la vida digital. Hay estudios que muestran una relación directa entre el uso desbordado de redes y la crisis de salud mental en niñez y adolescencia, con un aumento pronunciado de casos de suicidio, depresión y ansiedad. Otro tema que preocupa es la autoestima de todos estos chicos que están creciendo bajo una mirada excesiva y constante de las redes sociales.

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