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  • Prevenir no es exagerar: la culpa y el rol de los padres a la hora de ponerles límites a los hijos

    » TN

    Fecha: 26/01/2026 09:51

    Un accidente grave que involucra a un nene siempre conmueve. Pero cuando ocurre en un contexto cotidiano, sin intención de daño y en medio de una situación de disfrute, el impacto emocional se multiplica. El caso del chico accidentado en un UTV en Pinamar volvió a poner en primer plano una escena que, aunque extrema, no es ajena a la vida diaria: adultos que toman decisiones, niños que confían, y consecuencias que nadie imaginó. Más allá de las pericias judiciales, el foco se desplaza inevitablemente hacia otra dimensión menos visible y menos hablada: qué pasa psicológicamente con los adultos cuando sienten que fallaron en su función de cuidado. Cuando la culpa aparece antes que cualquier explicación Cuando un hijo sufre un accidente, los padres se sienten culpables incluso cuando no tuvieron nada que ver, explica la psicóloga María Silvia Dameno (M.N. 16260), integrante de la Asociación Gestáltica de Buenos Aires, más allá del caso puntual en cuestión. Mucho más cuando existe la sensación de que una decisión propia pudo haber influido, aunque no haya habido ninguna intención de daño. La culpa parental es una respuesta casi automática. Forma parte del lazo de responsabilidad que une a adultos y niños. El problema aparece cuando esa culpa se vuelve aplastante, paralizante o se transforma en una condena permanente. El impacto psicológico es enorme, advierte Dameno. No solo por el estado del hijo, sino porque el adulto queda atrapado en la idea de que tenía que haber previsto, evitado o controlado lo que pasó. En estos casos, señala, es frecuente la necesidad de abordajes específicos de trauma, especialmente en las primeras etapas, a través de profesionales formados en emergenología psicológica. Responsabilidad no es castigo No solemos pensar en responsabilidad adulta y cuidado, sino directamente en castigo, señala la licenciada en Psicología y Psicopedagogía Viviana Kelmanowicz (M.N. 20286). Las reglas no están para arruinar la diversión: están para proteger. Según explica, como sociedad tendemos a vivir sin anticipar consecuencias. Creemos que los accidentes les pasan a otros, que a nosotros no nos van a tocar. Esa fantasía de invulnerabilidad nos expone al riesgo. Kelmanowicz remarca que muchos accidentes ocurren en contextos de excitación, vértigo y disfrute, donde el cuidado queda relegado. Hay una confusión muy extendida entre divertirse y cuidarse, como si fueran ideas opuestas. Y no lo son. Desde esta mirada, el problema no es individual sino cultural. En otras sociedades, la conciencia colectiva del cuidado está mucho más integrada. Acá predomina una lógica más individual: hago lo que me gusta, sin medir tanto el impacto en el otro. El límite como acto de amor incómodo Ser señalado como responsable cuando un hijo está gravemente herido puede vivirse como un doble derrumbe, explica la psicóloga clínica y organizacional Sofía Paola Martinoglio (M.N. 73494). No solo se sufre por lo ocurrido, sino por el quiebre profundo de la identidad parental. Según Martinoglio, cuando existió un descuido concreto, el dolor no se apoya en una fantasía sino en una responsabilidad real. Aparece la frase obsesiva del si hubiera. Elaborar ese trauma no implica negar el error, sino evitar que el reconocimiento se transforme en autoaniquilación. En ese proceso, es clave diferenciar culpa de responsabilidad. La responsabilidad ordena; la culpa sin elaboración destruye, sostiene. La especialista también pone el foco en una pregunta incómoda: por qué a veces los adultos evitan poner límites incluso cuando está en juego la seguridad. Porque decir ´no´implica aceptar que el peligro existe. Sostener una medida de cuidado requiere tolerar la frustración propia y la del niño. El límite no es poder ni autoritarismo, aclara. Es responsabilidad. Es aceptar que cuidar también duele. Lo que estos casos pueden enseñarnos como sociedad Más allá del dolor singular, estos episodios funcionan como espejos colectivos. La función adulta es anticipar por el niño, subraya Martinoglio. Un chico no puede dimensionar riesgos ni decidir sobre su seguridad. Esa es una responsabilidad indelegable del adulto. Leé también: Luego de los accidentes en La Frontera, las picadas se trasladan a Villa Gesell y hay 3 vehículos secuestrados En la misma línea, Dameno advierte que naturalizamos situaciones que no deberían serlo. He visto chicos muy pequeños expuestos a riesgos enormes en contextos recreativos. Muchas veces, por no frustrarlos o por no ser los aguafiestas, los adultos los ponemos en peligro. Los especialistas coinciden en que el aprendizaje no está en buscar culpables, sino en revisar prácticas. Hay mentes que buscan a quién acusar, otras que se enfocan en resolver, y otras que se preguntan qué podemos aprender, resume Dameno. Ese es el nivel más transformador. Prevenir no es exagerar. Cuidar no es arruinar. Y poner límites no es fallar como adulto, sino asumir el rol más difícil y más necesario: el de proteger incluso cuando incomoda.

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