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» Clarin
Fecha: 26/01/2026 00:16
Cada inicio de año, el Papa recibe al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede y pronuncia un discurso en el que ofrece una reflexión sobre el estado del mundo. Aunque no evita mencionar los principales conflictos y disputas geopolíticas del momento, el mensaje se inscribe en una mirada de más largo aliento sobre la paz, la libertad y la dignidad humana, y revela tanto elementos de continuidad con la tradición diplomática de la Iglesia como acentos propios del naciente pontificado de León XIV. Aunque se tiende a leer estos discursos en clave coyuntural o de alineamientos inmediatos a favor de unos, en contra de otros, su intención es más profunda: ofrecer criterios que interpelen a la comunidad internacional en un plano moral y antropológico más exigente, menos dependiente de la urgencia política del momento. León XIV, agustino, se inscribe sin dificultad en la tradición pontificia sobre la paz, fundada en la definición de San Agustín como tranquilidad en el orden. Como en sus antecesores, ese orden no se concibe como el resultado automático de diseños institucionales ni de equilibrios de poder, sino de condiciones de justicia y de caridad. Pero si en Juan Pablo II el acento estuvo puesto en la dignidad humana, en Benedicto XVI en la verdad y en Francisco en la fraternidad, en León XIV aparece con particular fuerza la exigencia personal de optar por la paz en todos los ámbitos de la vida social. Al retomar la doctrina agustiniana de las dos ciudades, el Papa recuerda que los cristianos están llamados a habitar la ciudad terrenal con la mirada puesta en la ciudad celestial. Leída en clave política, esta referencia introduce una nota distintiva: la paz no se delega exclusivamente en estructuras, acuerdos o liderazgos, sino que compromete la responsabilidad moral concreta de cada actor en su vida social, familiar y pública. Esta clave agustiniana no aparece aislada en este discurso. Atraviesa también otros textos de León XIV, como la exhortación Dilexit Te y el reciente Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, en los que la caridad y la paz son presentadas como una exigencia moral que compromete a la persona y a las comunidades. Desde esta lectura de la paz se entiende, además, la insistencia de León XIV en la libertad de conciencia, de expresión y religiosa: sin libertad real, la responsabilidad moral se vacía y la paz solo puede imponerse como un orden externo, frágil y carente de justicia. Una de las preocupaciones centrales del Papa es el progresivo debilitamiento de la libertad de conciencia. Advierte que esta libertad se encuentra hoy doblemente amenazada: por un lado, por Estados que invocan un presunto interés colectivo para justificar restricciones a la dignidad individual; por otro, por la imposición de un nuevo lenguaje estilo orwelliano que, bajo la apariencia de inclusión, termina excluyendo y discriminando a quienes no se ajustan a las ideologías dominantes. En ese contexto, libertades básicas como la libertad religiosa y la libertad de expresión aparecen cada vez más condicionadas, incluso en sociedades que se perciben a sí mismas como democráticas. León XIV vincula explícitamente estas restricciones con la persistente persecución de los cristianos en diversas regiones del mundo, pero también con formas más sutiles de discriminación que afectan su capacidad de expresar públicamente sus convicciones en Europa y América por razones políticas o ideológicas. El Papa señala así una paradoja inquietante: libertades fundamentales como la de conciencia, expresión o religión e incluso el derecho a la vida terminan siendo restringidas en nombre de supuestos nuevos derechos formulados de manera autorreferencial. Cuando esos derechos se desconectan de la realidad, de la naturaleza humana y de la verdad, el propio edificio de los derechos humanos se debilita, dejando de proteger al individuo frente al poder y creando nuevas formas de opresión. Esta preocupación se extiende al plano multilateral. León XIV recuerda que los organismos internacionales solo conservan legitimidad cuando se mantienen fieles a su misión fundacional. Cuando se transforman en vehículos de agendas ideológicas, se debilita su capacidad de promover la paz, de proteger derechos fundamentales y de servir a la unidad de la familia humana que justificó originalmente su existencia. Retomando la tradición de sus antecesores y en una línea que recuerda el discurso de la Madre Teresa de Calcuta al recibir el Premio Nobel de la Paz, el Papa vincula la paz a la tutela del derecho a la vida desde la concepción hasta la muerte natural, como fundamento imprescindible de cualquier otro derecho humano. En esa misma lógica, resalta a la familia como escuela de paz, de convivencia y de concordia. Como es habitual, León XIV revisó en su discurso el estado de los principales conflictos del mundo y planteó las posiciones de la Santa Sede a la luz del magisterio y la tradición de la Iglesia. Pero fue más allá. En un contexto internacional marcado por tensiones crecientes y por la confusión entre valores e intereses, su mensaje propone una mirada más exigente: la construcción de la paz como responsabilidad personal, una concepción del orden fundada en la justicia, una defensa firme de la libertad de conciencia y expresión, y una reafirmación de la dignidad humana como límite infranqueable de cualquier acción política. Sobre la firma Newsletter Clarín
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