25/01/2026 08:59
25/01/2026 08:59
25/01/2026 08:59
25/01/2026 08:59
25/01/2026 08:56
25/01/2026 08:56
25/01/2026 08:55
25/01/2026 08:48
25/01/2026 08:46
25/01/2026 08:45
» Clarin
Fecha: 25/01/2026 07:18
La imagen de este título representa, en cierta medida, los acontecimientos que estallan en Estados Unidos se prolongan hacia el mundo y atañen a la abusiva prepotencia y al renacimiento del espíritu imperial que encarna Donald Trump. De Venezuela a Groenlandia, pasando por Gaza y Ucrania y el temor que despierta la potencia emergente de China, todo pasa por el comportamiento de un presidente que genera graves episodios y palabras no menos descalificantes. En estos días, el análisis internacional parece predominar sobre el análisis interno de los conflictos que agitan, como antes se decía habitualmente, a la primera democracia en el mundo moderno. Datos conocidos: Trump atacó la educación y a las universidades, a las ciencias y al cambio climático desvinculando a los Estados Unidos del Acuerdo de París, a la salud pública y a la inmigración, reprimiendo a todo trance con la intervención de las fuerzas armadas, como otros presidentes ya lo habían hecho, para controlar disturbios populares provocados por medidas anti migratorias. Estamos pues en presencia de dos arremetidas con vocación imperial que se dirigen hacia fuera y hacia dentro En el orden exterior, la vocación imperial empezó en el pasado muy pronto cuando los Estados Unidos ocuparon el vasto territorio que se extendía desde el Atlántico al Pacífico, y luego lo expandieron en el mundo, especialmente al término de la segunda guerra mundial. Si hay Imperio (o imperium en sentido subjetivo), no tarde en aparecer la tentación del cesarismo por dominar e imponer la voluntad propia. Tal el ímpetu de Trump para trastocar un sistema internacional que, pese al multilateralismo y al conjunto de reglas de las Naciones Unidas, no ha logrado abolir la guerra entre los Estados. Como Raymond Aron expuso en términos clásicos, siempre habrá que afrontar la alternancia de la guerra y la paz, de los medios violentos y no violentos que utilizan los Estados con el objeto de alcanzar sus objetivos y defender sus intereses. Aron siempre recordaba la lección de Hobbes: en ausencia de una autoridad común y efectiva entre las naciones la guerra acecha. El acecho se materializa si en el mundo brotan liderazgos del tipo de los de Trump y Putin a quienes enlaza un reconocimiento mutuo, mezcla de admiración y rivalidad. Con esto queda en claro que el sueño de Kant de abolir la guerra y gozar de una paz perpetua, solo es posible en el plano regional, según destacan la Unión Europea y el Mercosur que han firmado un acuerdo lamentablemente sometido a un interminable y desgastante proceso con vistas a su aceptación definitiva. Trump y Putin empujan, en consecuencia, esta regresión al antagonismo sin reglas entre los Estados. Para justificar este empeño reaparece un concepto típico de la mentalidad reaccionaria que alude a la crisis de la civilización decadente de occidente. Trump irrumpe en los Estados Unidos para purificarlo de los males de la inmigración, de la difusión de unos nuevos derechos repudiables, de los agentes del mal que debilitan su destino de grandeza, del peligro que entraña el libre comercio entre las naciones, y de la utilidad estratégica del proteccionismo entendido como un arma de combate. Por su parte Putin ha montado una autocracia clerical con designios imperiales y guerreros que, al arraigar en valores antiguos, condena una Europa occidental en plena decadencia, adicta a costumbres blandas y seculares. En cierta medida, Milei no les va en saga. En sus discursos en Davos, aún en el último más moderado, con un estilo para nada atento a la complejidad de las corrientes políticas, condena a un occidente decadente, preso de los males del socialismo y el wokismo. Si estas cosas han pasado en menos de un año, ¿es acaso durable la experiencia de Trump? El tropel de sus decisiones cruciales (la última es la de un Consejo de Paz consagrado no solo a Gaza y sujeto a la preminencia de Trump mientras afirma que no piensa invadir Groenlandia, pero guarda en el bolsillo otra clase de intervención) ¿podrían en efecto chocar con las restricciones que impone la Constitución de los Estados Unidos, con la obsesión que guiaba a los Padres Fundadores de que aquella república naciente no descendiera al abismo del despotismo? Por este motivo estamparon en aquel texto los pesos y contrapesos que deben contener a raya a una presidencia ejecutiva que comanda a las fuerzas armadas. Naturalmente a ello se sumó el desarrollo inclusivo de la democracia en el último siglo. Este segundo mandato de Trump está respaldado por el rotundo triunfo electoral que le dio el control de ambas cámaras del Congreso. Apoyado en ese sufragio y en la legitimidad democrática que deriva de la mayoría, Trump edificó este ejecutivismo desbordante, que pone al mundo en ascuas, colocándose por encima de las instituciones republicanas. Para peor, quizá podría repetirse la circunstancia en que la democracia electoral no le fue propicia al término de su primer mandato, Trump alentó entonces, con el frenesí de quien no admite derrotas, que una turba (hoy por él mismo indultada) asalte al Congreso para impedir el recuento definitivo del escrutinio. Fracasó, pero nada indica que esa pasión permanezca en estado latente. Debido a este antecedente, podrían ser cruciales las elecciones intermedias para renovar el tercio del Senado y la totalidad de la Cámara de Representantes previstas para noviembre de este año. Si Trump ganara, el impulso imperial hacia dentro y hacia fuera se haría más intenso, ya que podría poner en juego la reforma de la Constitución -o vaya a saber que otra trapisonda- para bregar por un tercer mandato. Si, en cambio, el electorado pondría freno a tanta desmesura, Trump quedaría debilitado, al menos en minoría en una de las cámaras, y abriría la incógnita de qué efectos provocará una personalidad peligrosamente inestable, según opinión de Thomas L. Friedman (pensemos, por ejemplo, en la insólita carta que le envió Trump al primer ministro de Noruega como un niño ofendido porque no le dieron el juguete del Premio Nobel de la Paz). Este es otro aspecto, quizás risueño, de una crisis mucho más amplia plagada de mentiras y atropellos, semejantes a unas lecciones de Maquiavelo emanadas de El Príncipe, por cierto diferentes de la sabia recreación del republicanismo perteneciente a otro texto magistral del mismo autor. ¿Cómo se compagina el brutal comportamiento del señor Trump, al modo de un Príncipe contemporáneo según Maquiavelo, con la ferviente crítica al maquiavelismo, pronunciada en estos días por Milei en Davos, mientras él mismo sigue marcando el paso al servicio de ese Príncipe contemporáneo en tanto miembro sobresaliente del séquito de Trump? Contradicción que, al cabo, muestra cómo la ideología se subordina al dictado del poder. Natalio R. Botana es Politólogo e Historiador. Profesor Emérito de la Universidad Torcuato Di Tella Sobre la firma Newsletter Clarín Newsletter Clarín
Ver noticia original