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  • El capitán del mundo libre

    » Clarin

    Fecha: 25/01/2026 07:18

    ¡Hay partido! Tras un año de juego tímido y defensivo, Europa empezó a recuperar las pelotas, agarró confianza se lanzó al contraataque y marcó un gol. Estados Unidos, que pensaba tener la victoria asegurada, parpadeó y perdió esta fase del encuentro, la que se recordará como la batalla de Groenlandia. La política internacional, como el fútbol, es imprevisible. Quedan tres años para que sepamos el resultado final. Quizá más. Pero hay razones para pensar que Europa, aún sabiendo que dispone de menos armas, jugará de ahora en adelante sin miedo. Una de las razones es que tiene un gran capitán. No proviene del viejo continente sino del nuevo y se llama Mark Carney, primer ministro de Canadá y flamante líder del mundo libre. En el escenario mundial de Davos, Carney dio el martes lo que será recordado como el discurso más inspirador de lo que va del siglo XXI. Definió los valores en juego, trazó las líneas de batalla y lanzó un grito de guerra. Algo de Churchill desafiando a Hitler, algo del discurso de Enrique V de Shakespeare antes de la batalla de Agincourt en la que las tropas inglesas lucharon en desventaja contra las francesas. Somos los pocos, los felices pocos, una banda de hermanos, dice Enrique V, porque quien hoy derrame su sangre conmigo será mi hermano; por humilde que sea su condición, este día la ennoblecerá. Las potencias intermedias no son impotentes, declaró Carney. Tenemos la capacidad de construir un nuevo orden que incorpore nuestros valoresLas potencias intermedias debemos actuar juntas, porque, si no estamos en la mesa, estamos en el menú. El discurso de Carney será recordado ante todo por señalar que la política del rey bufón que esta semana cumplió un año en el trono ha conducido a una ruptura, la ruptura del orden mundial, del fin de una ficción agradable y del comienzo de una realidad dura, en el que la geopolítica de las grandes potencias no está sometida a límites ni a restricciones. El público le ovacionó y, acto seguido muchos de los presentes aceptaron el desafío. Líderes de Reino Unido, Francia, Bélgica y Alemania, antes cautelosos, se ennoblecieron sumándose a sus filas con palabras y hechos. El día después del discurso de Carney, el miércoles, el monarca naranja llegó a Davos y dio marcha atrás. Suspendió su proyecto imperialista y respondió con rencor a Carney, habiendo entendido perfectamente que el día anterior el canadiense lo había identificado como el gran peligro a batir. Interpretando otro de sus papeles habituales, el del gángster. que amenaza con incendiarte el negocio si no le pagas su tributo, dijo: Canadá vive gracias a los Estados Unidos. Recuerda eso, Mark, la próxima vez que hagas tus declaraciones. El día siguiente, el jueves, siguió la fiesta en Davos con la celebración de un evento en el que el rey lunático demostró que las palabras de Carney habían sido no solo acertadas sino proféticas. Al inaugurar lo que él llama su Consejo de Paz, definió más claramente que nunca sus propias líneas de batalla y la identidad de sus aliados en la gran guerra fría mundial que se está librando entre la democracia y el autoritarismo. La misión declarada del Consejo de Paz es traer la paz a Oriente Medio convirtiendo Gaza en un resort de lujo en el que los palestinos cumplirán alegremente el papel de camareros, botones y lavaplatos. La misión no declarada es que el nuevo bloque usurpe el papel de Naciones Unidas como instrumento de armonía mundial. Con este noble objetivo su majestad trumpista invitó a Vladímir Putin a formar parte de su nuevo club, integrado de momento por Javier Milei, seis monarcas absolutos (siete si sumamos a su fundador y presidente), los líderes de dos regímenes militares y un líder buscado por la Corte Penal Internacional por crímenes de guerra, Benyamín Netanyahu. Si Putin se suma, serían dos. ¿Qué hace Milei participando en un club de dictadores y asesinos presidido por ya saben quién? Es indigno pero tristemente comprensible. Me recuerda, no por primera vez en esta columna, un diálogo de la película My Fair Lady. Un gentleman rico, escandalizado ante la falta de vergüenza de un barrendero, le pregunta: ¿Pero, hombre, no tiene usted principios?, y el barrendero le contesta: No me puedo permitir el lujo de tenerlos, jefe. Con lo cual Argentina se incorpora al club de un señor que invita a Putin a ser miembro y que retiró la invitación a Canadá después del discurso de Carney. Habrá calculado Milei que los mil millones de dólares que Don Trumpeone exige como cuota de entrada representan una buena inversión. Evidentemente no le importa que la creación del Consejo escenifica la ruptura a la que se refería el primer ministros canadiense. Evidentemente no comparte la opinión de Carney y los europeos de que hay que cambiar de actitud y tácticas con EE.UU., que enfrentarse con tenacidad al rival no ofrece ninguna garantía de triunfo pero someterse es garantía de fracaso. Y bueno, el partido sigue y lo que está en juego está retratado en los curriculums y en las personalidades de los dos capitanes. Carney estudió en Harvard, tiene un Masters y un Doctorado de la Universidad de Oxford, fue gobernador del Banco de Inglaterra y del Banco de Canadá. Es un hombre erudito, sagaz, honesto, respetuoso y tan cool, me decía un amigo esta semana, como Humphrey Bogart. Y, por cierto, escribió él solo la totalidad de su discurso en Davos. El otro, bueno, le cuesta formular una frase en su lengua materna sin cometer un error gramatical y, ya saben, es a la vez un chico malcriado de cinco años, un promotor inmobiliario amoral, un acosador sexual, el Joker resentido de Batman y un capo mafioso. La guerra de civilizaciones que vivimos se encarna en la rivalidad entre estas dos figuras. Lástima el que Argentina no tuvo más remedio que elegir como su capitán. Sobre la firma Newsletter Clarín Newsletter Clarín

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