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  • El valor de la inteligencia ante el uso expansivo de la inteligencia artificial

    » La Nacion

    Fecha: 25/01/2026 03:13

    El uso masivo y diario de la IA, que ha instalado como valores indiscutidos la aceleración y la productividad, nos lleva a un interrogante clave: ¿cuál es el valor que le damos a nuestra propia inteligencia ante el uso irrestricto de una herramienta a la que nombramos inteligencia artificial? Para la antropología, toda solución técnica que extienda nuestra corporeidad es una herramienta. Puede ser un palo para abrir nueces, un abrelatas o una computadora. La IA es una herramienta que utiliza lenguajes como soporte de su utilidad y entonces se vuelve una herramienta dialógica, donde tenemos interacción. Esto también nos pasa con las mascotas, ya que utilizamos un lenguaje para comunicarnos con ellas. Los gestos, la cola, el pelaje, los ladridos y maullidos estructuran un lenguaje de comunicación que se vuelve tangible y útil. Nadie piensa en su mascota como una herramienta, pero sí es común decir mi perro es re inteligente, este gato es un genio. La inteligencia animal en interacción con la humana genera un lenguaje que cumple una función precisa entre animales y humanos: establecer comunicación para convivir, para sostener vínculos. En el caso de los ordenadores que llamamos IA, las interacciones electromagnéticas que ocurren en las plaquetas, transistores y circuitos de sus procesadores como Gemini, Alexa, Siri... los lenguajes son provistos por inteligencias humanas que programan la herramienta para obtener resultados humanos, que la capacidad de cómputo en red permite multiplicar y acelerar la compilación de las respuestas. Los lenguajes cumplen una función de vinculación entre seres, entre existencias. No dejamos de ser humanos cuando usamos tecnologías, y nuestra inteligencia no se vuelve un artificio cuando suponemos que la velocidad y la productividad son los únicos valores que hoy pueden definirnos. Productividad ¿Cómo es posible repensar la productividad en este contexto de aceleración artificial? Veamos dos posibles respuestas. Primero, Internet y la IA son tecnologías polirrítmicas, es decir, posibilitan el trabajo en simultáneo por la superposición de acciones que generan los canales digitales y virtuales. Esto nos conduce al segundo aspecto: repensar qué es productividad. La productividad concebida como un proceso lineal de concentración de riqueza y aprovechamiento del tiempo converge en arritmias personales y sociales extremas que ya conocemos: estrés, saturación, burnout, crisis económicas, guerras. Concebida como un proceso rítmico que requiere un balance entre lo que se hace y su impacto, implica producir valor sin dejar de producir bienestar; generar oportunidades de negocios que no se agoten en acumular riqueza, sino en sostener las condiciones de vida, al sincronizar las personales, ambientales y sociales. Recordemos que la IA, como ejemplo de sistema que tiene la capacidad de trabajo simultáneo, virtual y físico, global y local a la vez, se basa en principios físicos de la materia, como las propiedades de comportamiento múltiples y simultáneas. El electromagnetismo y la electricidad constituyeron el primer paso para explorar y desarrollar estas capacidades físicas de la materia que hoy se aplican a la tecnología que usamos a diario, como la fibra óptica que usamos para enviar mensajes por chat, o los satélites que permiten enviar tu ubicación a otro contacto utilizando los GPS. La física cuántica ha descubierto propiedades de simultaneidad de las partículas, como el entrelazamiento y la superposición de estados. La inminente computación cuántica está utilizando estas propiedades para dar el próximo paso en el desarrollo de inteligencias cuánticas. La IA, Internet y toda la tecnología electrónica y cuántica son posibles porque se basan en el manejo de propiedades naturales de la materia. Por lo tanto, no es necesario sobrevalorarlos como si fueran una cosificación de la naturaleza diseñada para salvar o aniquilar a la humanidad y a todo el planeta. Necesitamos reordenar el modo en que interactuamos con la materia y sus manifestaciones, sean animales, computadoras, robots o "no humanos" como los nombró Bruno Latour. Tampoco es necesario infravalorar nuestra inteligencia suponiendo que todo lo artificial es más rápido. Necesitamos asumir que nuestros marcos interpretativos necesitan revisión para compatibilizar tecnologías sincrónicas con ideologías monocrónicas. Nuestro bienestar cotidiano en el contexto expansivo de la IA requiere cuidar el valor de nuestra propia inteligencia. Esto implica balancear la velocidad de nuestras decisiones digitalizadas con el sentido que les damos y su impacto en nuestros ritmos de vida.

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