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Concordia » El Heraldo
Fecha: 24/01/2026 17:32
En tiempos de vertiginosos, efímeros y líquidos mensajes por medios electrónicos, el contacto personal físico y directo es cada vez menos frecuente. La comunicación es codificada, reducida y persigue, normalmente, que el receptor esté informado de lo que se le quiere anoticiar sin esperar respuesta ni intercambiar opiniones. En esta realidad de virtualidad explícita y excluyente, el escribir y remitir cartas supone un ejercicio retrógrado con reminiscencias de aspiraciones quiméricas, propias de personas detenidas en el tiempo u, obstinadamente, sujetas a ideales subsumidos en un pasado ya inexistente. Es entonces que, Ya nadie escribe cartas. Justamente, ese es el título del libro de la autora coreana, Jang Eun-Jin. En él, Jihun, un joven de 32 años, es el personaje central y casi exclusivo. Ha decidido dejar su casa y acompañado de un libro, un reproductor MP3 y un lápiz junto con el viejo perro ciego Wajo, se ha lanzado a recorrer las carreteras, conociendo gente. A cada una de las personas con los se interrelaciona, le asigna un número. Lo hace para recordarlos, considera más conveniente que vincular los nombres, para no repetirnos (habida cuenta que, en la cultura coreana, el nombre influenciará el carácter y la personalidad de la persona, por lo que es reducida la variedad de nombres que se utilizan) y así poder identificarlos con precisión. Al comienzo de la novela, Jihun lleva más de tres años, deteniéndose en moteles de rutas, pequeños pueblos o ciudades, donde pernocta, escribiendo a lápiz, antes de dormir, todas las noches una carta, que al día siguiente remite. No escribo cartas solo porque quiera contar a alguien las historias de esa gente, sino para hacerle saber a alguien que también existió ese día para mí () las cartas se comparten, dice en un momento el protagonista. En otro párrafo afirma la vida es soportable cuando se tiene a alguien a quien escribir. Dirige las cartas a alguna de las personas que conoce en el periplo, a las que les ha pedido su dirección postal. Las lleva, al otro día, hasta un buzón (que no siempre le resulta fácil encontrar). Cada dos días, llama, por intermedio de teléfonos de monedas (en otra clara identificación por lo analógico) a un vecino, preguntándole si el cartero le ha llevado alguna carta a su antigua casa, desencantándose cuando aquel le responde, en todas las llamadas, que no hay ninguna carta recibida. En su recorrida, utiliza un ardid para ingresar en un vagón de subterráneo y evitar que la masa humana que sube o baja del vagón pise a su perro. Usa para ello ropa amarilla fluorescente para Wajo y él se coloca gafas negras. De esa forma se transforma en un ciego guiado por su perro lazarillo y de esa forma, nadie lo pisa. Toda esta actuación es por Wajo, no por mí. No es para engañar a otras personas, sin para protegernos, dije el personaje. Una vez ingresado, se sienta y mantiene la treta. Una mujer que está parada en el vagón, llama la atención de los pasajeros ofreciendo a la venta ejemplares de su libro Pasta de dientes y jabón, dejando un ejemplar en la falda de cada pasajero. También a Jihun. Luego que la mujer recupera los libros no vendidos, se sienta frente al protagonista. Le presta atención y percibe lo artificioso de su actitud. Cuando bajan, terminan relacionándose y Jihun le asigna el número 751 y comienzan a viajar juntos. En ese viaje, se alojan en moteles, algunos, de mala muerte. En ocasiones lo hacen en habitaciones separadas y en otras, en una misma. No hay implicancias emocionales ni sexuales entre ellos. En la intimidad, la mujer no solo ve el ejercicio de escritura diaria de Jihun, sino, a veces lo ayuda llevando, al otro día, la carta a algún buzón. Se conforma a partir de las mutuas soledades, una interrelación respetuosa. En sus diálogos, se aprecian momentos de hondas reflexiones, cuando uno viaja se convierte en una persona filosófica sin darse cuenta; recuerdos del maltrato recibido en su infancia, su relación con sus padres y abuelos. La autora describe solamente el texto de las cartas con sus familiares. En una de ellas, se dirige a su madre, profesora de matemáticas, sumamente exigente y en cierta medida, intolerante, lo que en persona no fue capaz de decirle: creías que toda la verdad del mundo estaba en las matemáticas. () cada vez que tenía un problema mal me golpeabas. Pero creo que tú, mamá, eras el problema más difícil de resolver para mí. En otra, le describe a su hermana, su preocupación por el tartamudeo que lo martirizaba y se evidencia el desvelo de ella por la belleza física exterior, si no tenías belleza era como no tener nada. En otra instancia de la novela, Jihun se encuentra con un ex novia, quien luego de terminar la relación con él, se ha casado. Se queda una noche con ella, con remordimiento, alguna incomprensión y cierta expectativa de encontrar las razones del alejamiento, sin que se pueda recomponer lo que ya está terminado. Eun-Jin, nació en 1976 en Gwangju, al sur oeste de Corea del Sur, la ciudad natal de la Premio Nobel de Literatura Han Kang y donde en mayo de 1980, el ejército reprimió violentamente un levantamiento popular, encabezado por estudiantes y sindicatos contra la dictadura de Chun Doo-Hwan y que Kang reflejó en su libro Actos Humanos. Eun-Jin se graduó en Geografía en la Universidad Nacional de Cheonam; ha escrito cuatro novelas y una colección de cuentos. La autora surcoreana en Ya nadie escribe cartas (galardonada con el prestigioso Premio de la revista Hyundae Munhak), aborda la incomunicación que la sociedad actual impone a partir de un ensimismamiento individual y desapego de las voluntades, carencias, necesidades y deseos del otro. Y lo hace, a partir de Jihun, un personaje con actitudes antagónicas a las mayoritarias, rescatando la sutil ceremonia de magnificar el tiempo reservado a aquel que sea el destinatario de la comunicación. La redacción de una carta, tradicional, por otra parte, supone destinar el tiempo imprescindible para poder pensar cada una de las palabras que componen las frases; no improvisar, reflexionar, considerar que repercusión podrá tener lo expresado en el receptor; valorar la respuesta que se reciba y tener la suficiente bizarría (en su acepción positiva) para cavilar, respetar y aceptar la opinión divergente. Es una interpelación a estos tiempos líquidos. Ads
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