24/01/2026 10:58
24/01/2026 10:54
24/01/2026 10:54
24/01/2026 10:54
24/01/2026 10:52
24/01/2026 10:51
24/01/2026 10:50
24/01/2026 10:50
24/01/2026 10:48
24/01/2026 10:47
» Clarin
Fecha: 24/01/2026 07:27
Hacerse el vivo suele venir alentado por una sensación engañosa: la de creer que uno puede moverse con habilidad por el borde de las reglas y sentir, de algún modo inexplicable, que siempre saldrá bien parado. Pero cuando uno adopta esa lógica en otros lugares del mundo, se suma el agravante de creer que en ese otro país nadie conoce los trucos de hacerse el vivo. Y descubre de mal modo que la actividad está pésimamente catalogada por la idiosincrasia del mundo. Y cuando ese otro lugar del mundo es Berlín, la cosa se complica bastante. Mirá también Habíamos caminado la ciudad sin descanso. Cuando nos dimos cuenta ya no había sol, estábamos lejos del hostel y decidimos terminar el día escabiando en un bar. Nos sentamos y se nos cayó el día encima, pero éramos siete pibes de 23 años girando por primera vez en Europa y el cansancio no tenía voz ni voto en estas actividades. Conocimos a un francés al cual convencimos de que yo jugaba en las inferiores de River, lo cual lo entusiasmó al punto de invitarnos cerveza durante toda la noche. Con la impunidad digital que se manejaba en 2014, no había una necesidad imperativa de mostrar pruebas de la mentira. Las redes sociales todavía no dominaban el escenario de lo real. Le mostramos alguna foto del plantel y le marcamos al Pity Martínez para que creyera que él era yo. Mirá también Mis amigos le relataban jugadas históricas que yo asentía con falsa melancolía como si fuesen mías, y las acompañaba moviendo las manos dibujándolas en el aire. Y el francés se emocionaba, pedía más birra, y me escuchaba mentir anécdotas futbolísticas con mis compañeros de plantel inexistente. Al rato, convocados bajo el orgullo nacionalista, le pedimos al dueño del bar que nos deje poner música, y sonaron Los Piojos por un buen rato en un bar de Berlín. El francés estaba extasiado. Cuando ya se hizo demasiado tarde, nos fuimos. El francés amagó a venirse con nosotros, pero no prosperó. En algún punto empezamos a dudar de las intenciones del tipo. Queríamos hacer las cosas bien. En Roma habíamos comprado una tarjetita para usar el transporte público y segundos antes de abordar el primer colectivo de línea, los pasajeros nos sugirieron cómplices que entremos por la puerta de atrás y nos acomodemos sin pagar. Imposible pensé yo. Esto es Europa. En ese momento estaba con mi amigo Germán (el resto de la banda llegaría pronto) y nos miramos, pero cometimos el crimen. Un día después, los ciudadanos nos iniciaron en su segundo ritual de desobediencia invitándonos amablemente a saltar el molinete del subte. Europa, por lo visto, también tenía cositas de CABA. Nos habíamos alejado de nuestro hostel lo suficiente como para no repetir la hazaña de la caminata todo el trayecto de vuelta, así que leímos un poco los carteles en alemán (o interpretamos los dibujitos, mejor dicho) y bajamos al subte para descubrir que no había molinetes. Era tarde, no es excusa, pero no entendíamos la dinámica del transporte público y estaba todo cerrado, así que la decisión fue simple: subamos al vagón, viajemos y mañana averiguamos bien. Cruzábamos por las arterias de la ciudad viéndolo todo. Cuando uno es turista, los estímulos valen la pena. Todo es nuevo: los carteles en alemán, la textura de los asientos, los nombres de las estaciones, las caras de los tipos y las tipas que vuelven viajando después de tener un día normal en su ciudad normal, o la cara de mis amigos cansados, pero cansados en un subte de Berlín, lo cual es diferente. Nos faltaba el Negro que decidió no salir, pero el resto estábamos todos: El chino, Pipi, Ger, Miguelito, Nato y Julieta. - Es acá Dijo Juli. Nos encausamos y bajamos en la estación que nos dejaba a dos cuadras del hostel. Se abrieron las puertas y teníamos a la policía frente a nosotros intentando ingresar al vagón que estábamos desalojando. Tickets exclamó uno. Ellos eran cinco. Cuatro tipos y una mujer con cara de que las cosas estaban a punto de salirnos mal. Hicimos la mímica innecesaria de buscar alguna tarjeta escondida entre los pliegues de los camperones que llevábamos para contrarrestar el frío. Hicimos el acting posterior de revisar el vagón a ver si se nos habían caído por ahí. En algún punto nos bajamos del chiste: el subte arrancó, nos quedamos cara a cara con la policía y la opción de haber perdido siete tarjetas en un tramo de diez minutos empezaba a resultar inverosímil para todos. We dont know dijo uno de los chicos, agitando el dedo en el aire. Intentó explicarle al policía que parecía más amable que estábamos buscando la ventanilla para poder sacar las tarjetitas y poder viajar, y en un segundo nos señaló un cartel en alemán donde los dibujitos, lamentablemente para nosotros, se entendían perfecto. Its too late right now nos respondió el corpulento menos amable de ellos, en un inglés durísimo con notas agresivas alemanas. No money le dijo Julieta. El policía le señaló la riñonera entreabierta y le dijo que veía que tenía plata ahí adentro. Se nos terminaban las técnicas. Nos miramos una vez más con los policías. El intercambio se hacía largo: nosotros no queríamos pagar y ellos querían ser ellos. Y si cinco policías no alcanzan para que sean ellos, será necesario que se sumen los otros cuatro que están dando vueltas por la estación. Y de pronto sentimos que la cosa se nos estaba complicando al pedo. Fifty Euros nos dice la mujer policía. Cincuenta euros de multa. Nos representaba por lo menos tres o cuatro días de comida de hostels y salidas económicas que elegíamos para poder estirar la poca guita que habíamos ahorrado para el viaje. No había fifty euros. Only twenty regateó Pipi. Yo ya estaba desembolsando los cincuenta sin pensarlo. Tener a nueve policías que hablaban por radio en alemán con cara de orto mientras nos tenían acorralados no era mi plan inicial de visita a Berlín. El tipo más ortiva se le acercó a Pipi y le preguntó si lo estaba jodiendo. Ya está, amigo le dijo Migue. No, es que no está claro en ningún lado cómo hay que pagar discutía Pipi. Algunos más ya estaban contando los billetes para pagar. Pipi seguía en modo discusión, y como vio que no la iba a ganar, fue por otro camino: les dijo que no tenía plata, les mostró la billetera vacía y volvió a repetir que no sabíamos dónde se emitía la tarjeta. El policía que lo escuchaba asintió y sacó un anotador. Le pidió la dirección de Argentina, anotó dos o tres cosas más, y le entregó un papelito. Si no pagaba antes de que nos fuéramos de Berlín, no podía volver a ingresar a Alemania. Y, evidentemente, si la multa no la pagaba antes de salir, de alguna forma se la harían llegar a Capital Federal. Realmente algunos no llegábamos a los fifty euros: empezamos a contar billetes chicos y monedas frente a la policía para llegar a saldar una deuda devenida de querer torcerle el brazo a un sistema implacable. Empezamos a cambiarnos euros entre nosotros, a contar en voz alta (creo que esperábamos generarle cierta pena a la autoridad que claramente no logramos) hasta juntar el monto final: trescientos euros. Muchísima plata. De muy mala gana contamos los billetes con la policía, les pagamos la deuda y cada uno siguió su camino. Nos fuimos a las puteadas. Subimos del subte a la calle discutiendo quién tenía la culpa de todo esto. Yo me quedé pensando en el francés: pensé que se había generado algún tipo de deuda con el destino. Un todo vuelve que volvió demasiado rápido y con intereses. De hecho, una vez que llegamos al hostel me sentí bastante peor con el francés que con la idea de haber puesto cincuenta euros de multa. Porque son ventajismos distintos, en primer lugar, y porque en términos económicos en uno salimos ganando y en otro perdiendo. Pero esa victoria se sentía incompleta, como si hubiésemos jugado con la buena fe de un pibe que se sentó a pasar el rato con nosotros. Realmente no teníamos la necesidad de tomar cerveza gratis más allá de lo anecdótico que resultó algunos años después contárselo a nuestros amigos. En algún punto descubrimos que el aval tácito del engaño fue que todo esto haya pasado lejos de casa. Porque, coincidimos, en los bares de nuestro barrio o de Palermo no haríamos tal boludez. Al otro día teníamos todos nuestras tarjetitas para poder viajar. Cruzábamos por la senda peatonal, nos cuidábamos de no estar colándonos en alguna fila sin querer, y dejamos de inventarle historias a extranjeros para obtener beneficios. Se nos sumó el Negro para recorrer la ciudad, que la noche anterior no había estado con nosotros. Le contamos lo que nos pasó y se cagó de risa. Nos dijo que era porque se notaba que éramos demasiado turistas, y que éramos unos boludos, y no se qué y no se cuánto. Le sugerimos que sacase una tarjeta para viajar y nos respondió que ya éramos siete con tarjeta, que él no iba a sacarla porque no creía que tengamos tanta mala suerte como para que nos paren de vuelta. Que entre todos nosotros, él podría pasar desapercibido. Subimos a un nuevo subte y en la mitad del viaje aparecieron dos inspectores pidiendo tarjetas. Nos miramos, pero sobre todo miramos al Negro, que estaba paranoiqueando. Todos sacamos nuestra tarjetita, hasta que llegó el turno del Negro y empezó con excusas. Todos abajo. El negro la hizo más complicada. Dijo que no tenía un mango, no les quiso pasar la dirección de su casa en Argentina, le discutió al policía durante un buen rato, pero perdió. Fifty euros menos. A pagar antes de salir de la ciudad. Si tenía un rato más se la ganaba dijo, riéndose, un rato después de la puteada. Parece que hacerse el vivo es la opción ganadora hasta que sale mal, y ahí el vivo nunca reconoce la derrota: el problema siempre es un sistema que, cada tanto, funciona bien. Sobre la firma Newsletter Clarín
Ver noticia original