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» Clarin
Fecha: 24/01/2026 06:32
Hay libros que nos esperan. No se leen: se atraviesan. Uno cree elegir el momento de abrir una tapa, pero a veces es el tiempo el que decide cuándo estamos listos para llegar hasta la última página. Me pasó con Almas Grises, de Philippe Claudel. Lo empecé al pie de una cama en el Hospital Fiorito, en Avellaneda, y lo terminé recién este verano. Entre el primer capítulo y el punto final, pasaron diez años y una vida entera. Aquella madrugada en el Fiorito, el tiempo tenía el espesor de la vigilia. El libro me lo regaló el hijo de un hombre que compartía sala con mi papá; me lo entregó como quien pasa un amuleto cuando a su padre le dieron el alta y el mío, en cambio, se hundía en el desenlace. En ese pasillo de hospital, donde el olor a desinfectante se mezcla con la espera, las jerarquías del mundo de afuera se esfuman: se es menos periodista, menos abogado, menos contador, menos comerciante, menos funcionario. Es ahí, en el punto exacto del dolor, donde perdemos las armaduras y se diluyen nuestros roles prosaicos. Es ahí cuando aparece lo que Claudel llama lo muy humano: esa fragilidad que nos vuelve más leves, más reales. La novela nos lleva a una pequeña ciudad francesa donde un policía intenta desentrañar el asesinato de una niña, mientras a pocos kilómetros se libra la Gran Guerra, la del 14 al 18. Pero la verdadera investigación no es sobre el crimen, sino sobre los pliegues del alma. El narrador no escribe para los lectores, sino para su mujer amada, con la certeza de que ella nunca podrá leerlo. Escribe en un acto de fe y de soledad, porque toda escritura es, en el fondo, un intento de poner orden al caos. Y también un ruego íntimo: ser absueltos de nuestros propios errores. La novela adquiere así el aspecto de un gran juicio en el que desfilan varios testigos ante un jurado y un juez: nosotros. Almas grises está escrita con la mirada puesta en los combatientes por la vida. Es una denuncia descarnada contra quienes hacen de la vida un negocio y de la muerte una especialización, en un contexto donde la guerra trivializa el dolor, lo hace cotidiano, casi familiar. Durante una década, el libro quedó en mi biblioteca como una herida abierta o como una conversación interrumpida. Recién pude cerrarlo este verano, bajo una luz muy distinta a la de Avellaneda. Entonces entendí que Claudel escribe sobre la muerte solo para rodear la vida, para revelarla por contraste, porque es en la vida donde la muerte late, agazapada. Terminarlo fue, finalmente, dejar que esos dos mundos se tocaran. El frío de aquel pasillo de hospital y el calor de este enero. Cerré el libro y me quedé un rato en silencio, con la mano sobre la tapa, sintiendo que algunas historias solo se completan cuando el dolor se vuelve memoria. Al final, somos eso: almas grises que caminan entre la sombra y la luz, con la certeza de que mientras haya libros que nos esperen, siempre existirá un tiempo posible para permanecer de este lado. Sobre la firma Newsletter Clarín
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